7 de septiembre
Estaba esperándola. La orden de acudir a casa de tía Eugenia, donde hablaríamos tanto de los fantasmas de La Temporada Pasada como de los de La Temporada Futura.
Mi imaginación lo representa como un asunto inevitable y serio.
A veces, voy vestida de negro.
Por la mañana, recibí un sobre de color melocotón con la orden de acudir a Spencer House antes de las once.
Fui.
No iba vestida de negro.
En lugar de ser conducida al salón de recibir para someterme a un interrogatorio exhaustivo, me encontré a tía Eugenia en el vestíbulo, rodeada de sirvientes y baúles, dando órdenes.
—Hola, tía —dije—. ¿Se va de expedición al Yukón?
(Por la enorme cantidad de equipaje, me pareció una pregunta razonable).
(Además, ¡oro!).
Tía Eugenia no respondió de inmediato. No, dio media docena de órdenes más a su pequeño y aterrorizado ejército antes de dirigir su energía de generalísimo hacia mí.
—Nos vamos de la ciudad ahora que ha terminado La Temporada.
—Eso ya lo veo.
—No seas impertinente.
—Me sale de manera natural, tía.
Me miró de arriba abajo y dijo:
—Hum. —Luego añadió—: Nos vamos al campo. Entre varios fines de semana de caza y diversas fiestas, pretendo tener a los hombres de mi lista preparados y dispuestos para La Temporada .
— La Temporada en la que Arabella se comprometerá.
—Exacto. Tengo planeadas seis propuestas de matrimonio.
Quizá siete. Ocho me parecían excesivas y de mal gusto.
Mientras estemos fuera, espero que mantengas los ojos y los oídos bien abiertos y que me envíes cualquier noticia relevante.
Tengo amigos, amigos importantes de la alta sociedad, que me hacen las veces de informantes fiables; sin embargo, espero que tú también pongas de tu parte.
Y así es como lady Napoleón despliega a sus espías.
O más bien a su caballo de tiro, una tal Emma M. Lion.
—Si ya tiene amigos, amigos importantes de la alta sociedad, cumpliendo esa función —le pregunté en tono desafiante—, ¿qué podría aportar yo?
Me miró con Decepción.
—Espero que estés a la Altura de las Circunstancias, Emma, y que por una vez hagas algo por tu prima.
¿Hacer algo por una vez? ¡Será posible!
Que conste en acta que apoyo el desafortunado empeño de casar a Arabella con un hombre por el que no siente más aprecio del que debería sentir yo. ¿Qué más quiere que haga esta mujer?
Y, así, le dije:
—He sido Valiente en el apoyo a su causa, tía. Valiente con V mayúscula.
—Hasta donde alcanza mi memoria, has sido adecuada. No me mires así. Una debe tener siempre presente que la gratitud se desvanece. Depende de ti que no me olvide de por qué te consideré valiosa en un primer momento.
—En ese caso, deje que le recuerde que he sido una maravilla. No lo habría conseguido sin mis enormes contribuciones. Me acuerdo de una tarde en la que se habló largo y tendido del guisante de olor.
Gruñó, le dio unas cuantas instrucciones a su ama de llaves y luego dijo:
—Espero que estés preparada.
—¿Preparada para qué?
—¡Por si necesito llamarte para que acudas al campo! ¿Cómo puedes ser tan tonta? ¡Y después de haberte pagado esa escuela tan cara!
No estoy mintiendo.
Mi respuesta no se hizo esperar.
—La pagué yo, tía. Me costó todo el dinero de mis padres y un gran sacrificio.
Al final de mi libro Frases en latín para los impenitentes hay listas de palabras útiles, como los «-cidios».
Es decir, todas las palabras que describen con exactitud cómo uno ha matado a otra persona o cómo desea hacerlo; por ejemplo, «regicidio», el asesinato de un rey.
Cuando he llegado a casa hace un momento, le he echado un vistazo al libro y he buscado en la lista.
¿Cuál, me preguntaba, era la palabra para la eliminación de la propia tía?
No la he encontrado. Al parecer, «avunculicidio» —el asesinato del propio tío— es lo más parecido que hay.
¿Por qué? ¿Acaso no merece la pena tomarse esa molestia con las tías?
¿Son inmortales debido a algún pacto que no debe mencionarse en los círculos sociales respetables?
«Parricidio» es el asesinato de un pariente cercano.
¿Serviría eso? Mi pregunta ha quedado sin respuesta.
Una palabra bastante atractiva interesante es «vaticidio», que es el asesinato bien de un profeta, bien de un poeta.
Violento, sí, pero ¡qué combinación! ( Frases en latín para los impenitentes cita como fuente el diccionario de 1755 del doctor Johnson y advierte que hay que tomárselo con cierto escepticismo. ¡Vaya!).
Estoy divagando.
Volviendo al vestíbulo de Spencer House:
—¿Dónde está Arabella? —le pregunté a mi pariente formidable y posiblemente inmortal por todas las razones equivocadas.
Fue entonces cuando dicha prima bajó las escaleras.
—Buenos días, Emma. Veo que mamá sigue vapuleándote.
—Así es.
Tía Eugenia, que se había acercado al espejo para colocarse bien el sombrero, dijo en tono brusco:
—¡Emma!
—¿Sí?
—Espero que no te hayas estropeado la figura.
Voy a volver a mandarte a madame Tasset.
Si vas a pasar todo el invierno en Londres, no puedo permitirme que ninguna persona importante te vea con ropa que no esté a la altura.
Una vez que Arabella esté casada, eres libre de ir tan desaliñada y harapienta como quieras.
Pero por ahora no queremos que mancilles nuestro nombre por asociación.
Encarga todo lo que sea necesario, y me refiero a todo lo que sea necesario para una persona de riqueza y categoría, no para alguien como tú.
Tienes una cita la mañana del 22. Anótalo. No lo olvides.
Música para mis oídos. Quizá el parricidio sea un destino demasiado injusto para mi querida tía.
¿Encarcelamiento más bien?
—Obedeceré.
—Por supuesto que lo harás. Bien, ¿qué piensas hacer mientras yo no estoy?
Nada rompe tanto la ilusión de que una se ha librado de las obligaciones familiares como la pregunta de qué piensa hacer con su propio tiempo.
—Pretendo estudiar, tía. Y mantener un espíritu alegre.
Una respuesta impecable, pensé. Inofensiva.
Me equivoqué.
—¿Estudiar? —Tía Eugenia pronunció la palabra como si fuera una cucaracha—. De todo lo que… ¿Estudiar qué, si no te importa decírmelo?
—Mucho de algo.
—O de alguien —murmuró Arabella.
La miré con ira. Ella me devolvió una sonrisa.
—Con eso no me vale —insistió mi tía—. ¿Qué dice tu Agnes?
Mi verdadera Agnes dice muchas tonterías.
Mi falsa Agnes —la acompañante inexistente— dice muy poco.
—Considera que es prudente que no descuide mis estudios bíblicos, en particular la saga de los israelitas esclavizados por los egipcios, dado que tengo mucho que aprender sobre la humildad.
Tía Eugenia resopló.
—Sí, bueno, si solo lees el Éxodo, lo apruebo. Pero, si me entero de que le dedicas tiempo al Nuevo Testamento, tendré que quitarte la Biblia entera.
—¿Por qué, tía?
—Pablo.
—¿Pablo?
—Pablo. Pablo, con su caridad por encima de todo. Pablo, que se siente con derecho a reprendernos a todos como si fuéramos niños pequeños. Pablo, hablando sin parar sobre la presencia de ánimo ante las adversidades. No tengo paciencia para eso.
—Entendido. Leeré el Éxodo hasta que quede reducido a polvo y evitaré al apóstol Pablo tanto en su estado anterior como posterior a la conversión —respondí—. Queda zanjado.
—¿Zanjado? Ni mucho menos. Solo hemos acordado que leerás repetidamente el libro del Éxodo, pero no he aprobado ningún otro tipo de estudio.
—Tía, tengo veinte años y no sé decir más de media docena de raíces latinas. Debería saber latín y mil cosas más.
—La palabra «raíces» es, decididamente, de Clase Baja, Emma.
Incluso para alguien como tú. No quiero volver a oírtela decir jamás.
Y, en cuanto a tu errónea determinación de mantener un espíritu alegre, te lo prohíbo.
Una persona de rango medio no puede permitirse mostrarse feliz por todo en todo momento. Ese es un estado de ánimo muy caro.
—¿Cómo debo mostrarme entonces?
—Con ser frívola bastará. Una apariencia de agradable estupidez prepara a una mujer para el matrimonio. Podrías estudiar eso en lugar de latín, griego o cualquier otra cosa. Cuando las lenguas están muertas es porque merecen estarlo. ¿Me he explicado bien?
No aproveché la oportunidad para decirle que en Grecia seguían hablando griego.
Una vez que todo estuvo preparado, seguí a tía Eugenia y a Arabella hasta el exterior de la casa y esperé a que subieran al carruaje.
—Puede que te mande llamar, Emma. Es vital que Arabella cuente con todo tu apoyo, por muy menesterosa que seas. La sangre no miente. Aunque la tuya se haya contaminado.
A lo que respondí:
—¿Qué linaje la ha contaminado? ¿El irlandés o el portugués?
—No seas tonta. Si no crees que ambos han causado grandes daños, imagino que no entiendes mucho de este mundo. Estudia eso en mi ausencia. E intenta hacer todo lo que esté en tu mano para fortalecer tu sangre inglesa.
Arabella cerró los ojos y sonrió hacia el otro lado.
—Escríbeme, Emma —dijo.
Y se marcharon.
No puedo decir que vaya a echar de menos a tía Eugenia, por más entretenimiento que me proporcione. Hace que me sienta como un caballo de carreras. Un caballo de carreras al que han sometido a los mismos ejercicios una y otra vez y al que, finalmente, han dejado salir a pastar.
El alivio.
La bendita distancia.
Berkshire, como encantador condado que es, no se merece las maquinaciones invernales de tía Eugenia.
No obstante, dado que está decidida a vestirme, debo reconocer que una ampliación del guardarropa —por muy insultantes que sean sus motivaciones— no me vendrá mal.
Adenda
En el Diario personal de Emma M. Lion , el 6 de julio, consta que lady Eugenia Spencer utilizó la palabra «raíz». ¡Ja!