Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4) 6 de septiembre
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6 de septiembre

Hace una semana que Agnes parece preocupada. No para de hacer mermelada. Lo cual, según me informa Parian, es señal de que algo la tiene inquieta.

—Qué considerado por tu parte darte cuenta, Parian —dije bastante sorprendida.

Su rápida mueca de desprecio me puso en mi sitio.

—Solo lo sé porque el resto de su comida se resiente.

La mirada de reojo que le lancé le dio a Parian motivos para mantenerse en silencio.

Más tarde

Por suerte para Agnes, ¡se ha abierto un claro entre las nubes!

Porque, justo cuando ella volvía del mercado, ¿quién estaba a punto de llamar a la puerta de Lapis Lazuli Minor? Nada menos que la personificación de la elegancia de St. Crispian’s, el duque de Islington.

—Me miró, señorita. Luego se llevó la mano al sombrero y dijo: «Buenas tardes».

—¿De verdad? —respondí—. ¿Y tú qué hiciste?

—Me quedé allí plantada como si los pies me hubieran echado raíces y, tras un silencio lo bastante prolongado como para ser respetuoso, respondí: «Buenas tardes, Su Excelencia». Y entonces el señor Pierce abrió la puerta y el duque entró.

Me relató el incidente con tan ferviente solemnidad que me mordí el interior de la mejilla para no sonreír.

—Bien hecho, Agnes. Muy bien hecho.

Poco después, al pasar por el vestíbulo, oí unas risas bastante masculinas procedentes del estudio. Esto plantea una pregunta. ¿En qué momento se le permite a una sentirse excluida?