5 de septiembre
Tía Eugenia iba a pasar toda la tarde ocupada con una reunión de su sociedad benéfica: Féminas Loables para la Oblitera ción de los Pobres .
O, más bien, FLOP , que es la nomenclatura que preferimos Arabella y yo.
Una vez le pregunté a mi tía si eso significaba que intentaban eliminar la pobreza o a los propios pobres. Su respuesta fue rápida.
—No estoy segura de que sea necesario hacer distinciones, Emma. Ambas cosas conducen al mismo fin. Si por mí fuera, no habría gente muy pobre, solo una clase baja limpia y bien vestida que viviera para servir. Ahora deja de hacer preguntas impertinentes.
Así las cosas, dado que disponía de varias horas de libertad, Arabella vino a Lapis Lazuli a visitarme y a pasar una tarde de té doble y conversación. El té doble significa que enmarcamos la visita entre dos topes.
Té para empezar. Té para terminar.
No me resulta particularmente excesivo.
La tarde se desarrolló en cinco actos.
Acto I
Arabella y yo comentamos La Temporada
—¿Y considera mi querida tía que tu Temporada ha sido un éxito? —inquirí.
—Así es —respondió Arabella desde el sillón rosa—. Creía que, a estas alturas, ya te habría puesto al corriente.
Crucé los dedos e hice una mueca.
A modo de respuesta, Arabella me dedicó una sonrisa suave y pareció perfecta.
—Mi madre ha elaborado una lista de siete hombres que son muy buen partido y de nueve que son un partido decente.
Espera mover algunos hilos discretamente durante el invierno, con la esperanza de que el año que viene se dispute una competición mixta; tras ella, me comprometeré a mediados de agosto y la boda se celebrará en mayo o en Navidad del año siguiente, dependiendo de diversas variables, como puedes imaginar.
—Inquietante —dije estremeciéndome.
—Esperable —repuso Arabella sin darle importancia—. Y, como todos los candidatos están muy bien situados, presumo que no habrá más que comodidad y entretenimiento.
Parecía que la perspectiva de tener dieciséis posibles maridos entre bastidores no la afectaba. Era antinatural. Ni siquiera yo creo que a Arabella le importe tan poco su destino. Sin embargo, no lo dije en voz alta.
Acto II
El primo Archibald impone su presencia
Habiéndome acostumbrado a su ausencia física en la casa, verlo abrir la puerta fue una conmoción lamentable.
—Veo que estás infestando esta habitación —bufó.
—De muy buen grado —repliqué.
Fue entonces cuando posó la mirada en Arabella.
Hay que señalar que el primo Archibald no había vuelto a encontrarse con mi prima desde que éramos niñas, y dudo que entonces se fijara siquiera.
Pero esta tarde, al verla con su vestido azul, sentada en el sillón rosa, con los rizos dorados impecablemente peinados…
Bueno, mi primo abrió la boca y luego volvió a cerrarla.
—No me habían avisado de que tenía visita —balbuceó mientras entraba en la habitación apoyándose en el bastón.
—¡No tienes visita, primo Archibald! —Sonreí exageradamente—. Arabella y yo estamos disfrutando de un momento a solas.
Mi prima envolvió su voz en seda y dijo:
—Primo Archibald. Ha pasado muchísimo tiempo.
—¡Es verdad! —exclamó él mientras se pasaba la mano plana por la cabeza para aplastarse los poco entusiastas pelos que intentaban sobrevivir.
—Qué buen aspecto tienes —le dijo ella con voz melosa.
—¡Es cierto! —respondió él con una euforia hipnótica.
—Qué bastón tan distinguido.
El primo Archibald introdujo un dedo entre el cuello de la camisa y la piel y tiró para ganar algo de espacio.
Arabella se inclinó hacia él con aire cómplice.
—He venido a pasar un rato entre hermanas con mi querida Emma. Seguro que ambos estamos de acuerdo en que necesita orientación moral, pero ¿quizá te apetezca acompañarnos la próxima vez?
—Por supuesto. —Frunció el rostro entero en lo que creo que pretendía ser una especie de sonrisa. El hombre ha perdido la práctica por completo en ese arte—. Mi salón se ve honrado por tu presencia. No permitas que Emma te incomode. A veces su naturaleza puede resultar de lo más cruel.
—No lo permitiré, primo Archibald. ¿Podrías cerrar la puerta al salir, por favor?
Asintió y agachó la cabeza, que comenzó a balanceársele bajo el peso de una sonrisa grotesca mientras retrocedía hacia la puerta —con bastón y todo— y la cerraba.
Me volví hacia Arabella con los ojos abiertos como platos.
—No se merecía un rechazo tan benévolo. Aun así —admití—, en lo que al arte de despachar a alguien se refiere, lo has hecho muy bien.
—Emma, he descubierto que el mundo solo me quiere por mi apariencia. Si no la utilizara en mi beneficio, sería una necia. —Luego añadió—: Es un hombre realmente horrible, ¿no?
Acto III
Hablamos de mi acompañante inexistente
Arabella : Mamá se huele algo, Emma. Ha mencionado a tu acompañante ficticia tres veces solo en las dos últimas semanas. Creo que desea conocerla.
Emma : Dile a tu madre que mi acompañante tiene verrugas. Puede que eso la mantenga alejada.
Arabella : Pese a lo feliz que haría a mamá la idea de que una acompañante tenga verrugas, eso dificultaría bastante la selección en caso de que necesitaras a alguien para interpretar el papel.
Emma : ¡Oh, cielos! No creerás que llegará a eso, ¿verdad?
Arabella : Cosas peores han pasado.
Emma : ¿En serio? ¿Cosas peores?
Acto IV
Hablamos de los polisones
Arabella : Tus vestidos de tarde no tienen mucho polisón, Emma. Estás guapa, pero desde luego no vas a la última. Ni siquiera a la penúltima, de hecho.
Emma : La petición de que madame Tasset me hiciera los vestidos con un corte más clásico fue deliberada.
Tengo que seguir poniéndome esta ropa más allá de cualquier moda pasajera de esta Temporada o de la siguiente.
De ahí mis polisones casi inexistentes. Los tuyos son bastante extraordinarios. Te quedan muy bien, no obstante.
Arabella : Me aseguro de estar guapa con todo lo que me ponga.
Acto V
Arabella vislumbra al enigmático Pierce
Tras varias horas de descanso en nuestros respectivos asientos, nos trasladamos a la mesa redonda que hay al lado de la ventana para disfrutar de la segunda ración de nuestro té.
Mientras estábamos allí, oímos un rumor de voces masculinas al otro lado del cristal.
Como es costumbre hacer, nos asomamos a la calle.
Allí estaba Pierce, que por lo visto acababa de salir de su estudio para reunirse —por desgracia para él— con El Pirata, el extraordinario señor Ben Chambers.
Estaban hablando de algo y dieron unos cuantos pasos distraídos hasta detenerse no muy lejos de nuestra ventana.
—Ahí lo tienes, Arabella. Un atisbo del Ángel Vengador. Es el que no parece un bucanero. Bueno —me corregí—, al menos no de los que solo tienen una pierna y llevan un parche en el ojo.
Arabella apartó la cortina de encaje con el dorso de la mano enguantada y posó la mirada engañosamente despreocupada en la figura de Pierce.
En aquel momento, este causaba muy buena impresión.
Tenía los brazos cruzados, pero una media sonrisa en el rostro.
A Arabella se le curvaron las comisuras de los labios hacia arriba.
—Vaya, vaya, Emma.
—¿Es como te lo imaginabas?
—Es mucho más. —Sonrió, luego dejó caer la cortina y me miró—. Lo apruebo. Podría ser feliz contemplando a un marido así. Deberías casarte con él. Podríamos pasar los fines de semana de caza contemplando a tu marido mientras el mío paga la cuenta.
—Ese comentario ha sido terrible, Arabella.
—¿Terrible? Y yo que pensaba que era bastante práctico.