4 de septiembre
Por la mañana Agnes subió a la buhardilla bastante temprano.
—¿Señorita Lion? —dijo vacilante.
—¿Sí? —logré contestar con un bostezo.
—Alguien ha dejado una cosa para usted, creo.
—¿A qué te refieres?
—Creo que debería bajar a verlo.
—¿Ahora?
—Ahora, señorita.
Me puse una bata vieja y la seguí hasta la puerta delantera.
La abrí esperando… Bueno, no sé. Agnes tenía la cara pálida como un fantasma y una expresión tan perpleja que me esperaba algo shakespeariano, como un hombre con cabeza de asno.
Pese a que no encontré nada así de sobrenatural, lo que vi podría haber sido el resultado de cualquier sueño de una noche de verano.
Esparcidas por las escaleras, había varias botellas de licor, todas ellas desprovistas de su contenido y sosteniendo una sola flor. Rosas de un tono rosa pálido abriéndose a la mañana.
Dos de las botellas se habían volcado. Una había rodado hasta la calle.
—¿Es una maldición, señorita? —preguntó Agnes con inquietud.
Mi risa se tropezó con un ceño fruncido mientras contaba las botellas.
Había nueve.
Nueve botellas. En cuanto recordé la cena de lady Trewartha, lo tuve claro.
—Agnes, creo que hemos sido bendecidas, por así decirlo, por Los Diez Réprobos.
—¿Los Diez Réprobos? —repitió ella con los ojos muy abiertos—. ¿Qué son?
—Supongo que son ese tipo de personas que dejan botellas vacías con flores en los escalones de una puerta. Como hay nueve botellas, apuesto a que fueron Los Diez Réprobos.
—¿Por qué no diez botellas entonces?
—Por la sencilla razón de que no me imagino a un vicario (ni siquiera al nuestro, por muy encantador que sea) dejando una botella de licor vacía en la puerta de una feligresa.
Nada de todo aquello tenía sentido para Agnes, que frunció aún más el ceño mientras recogíamos las botellas y nos retirábamos a la cocina, donde metimos todas las flores en un jarrón que sacamos de la sala del desayuno.
Mientras arreglaba y cortaba las rosas, comenté que tal vez fuera a hacerle una visita a mi pobre amigo inválido. (Me refería a Roland Sutherland del Brazo Roto). Al oír la palabra «inválido», Agnes adoptó una expresión grave y dijo:
—Haré una tarta para el pobrecito.
Me temo que se está imaginando una situación desesperada y melodramática en la que visito a una familia arruinada que pasa por grandes apuros.
Cuando lo cierto es que su humilde tarta —aunque sin duda será maravillosa— va a ir a parar a manos de uno de los hombres más ricos y apuestos de todo Londres.
Creo que dejaré que Agnes mantenga esa fantasía. Si le escribe a su madre que Emma M. Lion está visitando a los indigentes, es posible que eso compense parte de las absurdas realidades de mi vida.
Ah, qué bonito. Un pétalo de rosa acaba de caer sobre la página. Meteré mi diario debajo de mis libros para que se prense mientras estoy fuera.
Más tarde
Acabo de regresar de Sutherland House, donde he estado para ver cómo le iba a Roland con el brazo roto.
Su mayordomo —después de aceptar mi tarjeta y desaparecer— volvió y me condujo a un estudio en el que Roland se encontraba sentado a un escritorio imponente con un aspecto demasiado serio para su propio bien.
Eso cambió cuando levantó la vista y me vio allí de pie.
Dijo él:
—¡Emma Lion! Veo que no me has olvidado por completo.
Dije yo:
—Hola, Roland. Pareces un hombre de importantes negocios. Se podría llegar a pensar que no eres todo belleza frívola. Quedas advertido.
—Sí, mis asuntos requieren de ciertas gestiones —respondió mientras se ponía en pie.
Seguía llevando el brazo en cabestrillo, pero no mostraba ningún signo de dolor.
Tres hurras por ello.
Yo dije:
—Estás mucho mejor que la última vez que te vi.
Él dijo:
—He evitado todos los parques y a todos los niños. Y mi ama de llaves me ha alimentado con una cantidad asombrosa de sopa de pollo. Asegura que el caldo es bueno para sanar los huesos, pero empiezo a cansarme de él.
—Alma atormentada. Por suerte para ti, mi cocinera ha sido tan bondadosa como para preparar una tarta de limón con sirope de saúco, que también es bueno para sanar los huesos, según toda clase de leyendas completamente falsas. La he mandado a la cocina.
Fue un detalle muy considerado por parte de Agnes.
—Emma Lion, malcrías a tu némesis de la infancia.
Es verdad.
A pesar de que la belleza de Roland procede de la Edad de Oro, esta tarde su semblante tendía a la palidez.
Consideré que era mi deber comentarlo.
—Tienes cara de estar un poco pachucho.
—No he tenido cara de estar pachucho ni un solo día en toda mi vida.
—Claro que sí. Cuando teníamos quince años y estuviste a punto de cortarte el dedo de un tajo.
Su gesto fue casi de indignación.
Es posible que a causa del giro creativo que le había dado a nuestra historia común.
—¿Que yo estuve a punto de cortarme el dedo de un tajo? —replicó—. Si mal no recuerdo, eras tú la que se había hecho con la espada de su tío…
—Ese pequeño detalle no tiene excesiva importancia para el tema de qué cara tenías, Roland —insistí mientras me quitaba los guantes—. ¿Te quedó cicatriz?
—Sí. Un trabajo concienzudo.
—Parece que tengo cierto talento para eso. Para herir hasta dejar cicatriz. En cualquier caso, de verdad que deberías tomar un poco el sol. ¿Tienes jardín?
—La Temporada ha terminado, Emma —respondió Roland—. No tengo que impresionar a nadie.
—¿Ni siquiera a la señorita Hunt?
No pude contenerme.
Eso no es del todo cierto.
Supongo que podría haberme contenido.
Pero ¿por qué?
Roland esbozó una media sonrisa.
—La señorita Hunt, según tengo entendido, encandiló a Alphonso Dorring, conde de No Sé Qué o No Sé Cuántos, en la cena de lady Spencer.
Desde entonces, su hermano y ella se han trasladado a casa de su tío, que se encuentra a dieciséis kilómetros de la residencia campestre del conde.
Por ahora, me he librado de sus atenciones.
¡Menudo alivio!
—¡Estupendo! —respondí—. ¿Nos tomamos la tarta en el jardín con una taza de té?
Y eso hicimos.
Roland y yo nos contamos nuestras desventuras del verano y, después, lo informé de que me vería obligada a tacharlo de mi Lista de Enemigos en cuanto volviera a casa.
—Es una pena, pero, tras haber compartido una tarta en tu jardín, debe hacerse.
—¿Tienes una Lista de Enemigos? —preguntó con una sonrisa que le marcó los hoyuelos.
—¿No debería tenerla todo el mundo? Contigo en la lista, era un cuatro equilibrado. Ahora queda un poco coja. Le falta elegancia. Tendré que sustituirte en breve.
—Bueno, no te precipites a la hora de buscar a otro si puedes evitarlo. —Roland se arrellanó en su silla y sonrió mientras decía—: Yo no tengo enemigos.
—De ahí tu resplandor celestial, Roland. Bravo. Qué buen carácter has desarrollado después de haber sido un niño tan terrible.
—No es buen carácter, Emma. Es buena sangre.
Le lancé una mirada bastante exagerada.