Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 4) 3 de septiembre
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3 de septiembre

Mary, que ha estado espantosamente ausente durante las últimas semanas debido al exceso de trabajo que le imponen tanto la compañía telefónica como su profesor, ha salido a pasear conmigo por Regent’s Park esta tarde.

Sus pasos eran largos, señal de que está contenta con cómo le van las cosas en la vida a pesar del ritmo riguroso.

Le pregunté si estaba haciendo alguna otra actividad, aparte de trabajar.

—Oh, sí —respondió—. Jack me ha llevado a ver una obra de teatro, dos museos y una revista de variedades.

La señorita Lamb tiene una norma estricta respecto a que sus huéspedes no deben asistir a revistas de variedades.

Sin embargo, él (me refiero a Jack, claro) se mostró tan encantador que ella accedió.

En cuanto salimos a la calle, le di un pescozón y le expliqué que la próxima vez tenía que decir que me llevaba a la iglesia.

—Si dice eso, es posible que la señorita Lamb te interrogue sobre el sermón —advertí.

—Solo tendré que recurrir a mi comodín.

—¿Que es…?

—Los panes y los peces, Emma, los panes y los peces. Una puede parecer tan santurrona como sea necesario si es capaz de hablar con autoridad sobre los panes y los peces. Es irrefutable.

(No estoy segura de que esto sea válido para todas las ocasiones. No obstante, revisé el capítulo correspondiente cuando llegué a casa. Irrefutable es irrefutable).

—¿Y tú, Emma? —preguntó Mary—. ¿Has hecho algo digno de mención?

Así que le narré los acontecimientos más significativos: el baile de los Bedford, la cena de lady Trewartha, el desafortunado regreso del primo Archibald a la tierra de los vivos, etcétera, etcétera.

Mary me aplaudió cuando correspondía.

—Sigo asombrada de que tu inquilino e Islington se llevaran tan bien. ¿Es algo normal en el caso de dos subespecies de hombres de ese tipo?

Con la intención de adoptar un tono de comedia frívola, respondí:

—Los ricos y nobles suelen entablar amistad con artistas.

Hace que se sientan interesantes. —Y luego, como la mitad de las veces la sinceridad no es una idea tan horrible, añadí—: En realidad, hicieron tan buenas migas porque a ambos les convenía, y se convirtió en una velada bastante memorable.

Durante aquella última hora junto a la fuente, me sentí como si los tres fuéramos amigos desde hacía siglos.

Aunque ellos dos estén al tanto de lo que ocurrió en París y yo no.

Una nota de mordacidad impregnaba esta última frase.

Mary sonrió.

Y con un brillo pícaro en los ojos dijo:

—Has andado de aquí para allá, Emma, dedicándote a todo tipo de juegos, acertijos y diversiones.

Pero, si mal no recuerdo, en casi todas las cartas desde que saliste de la escuela hace tres años te has quejado sin parar de que no tenías tiempo suficiente para estudiar.

Ahora que por fin vives en Londres, no oigo ni una sola palabra acerca de lo que estás leyendo.

Para aspirar a convertirte en literata, eres tremendamente sociable.

Era cierto.

Me di por reprendida.

—Tengo un libro de ensayos de un estadounidense llamado Emerson —me defendí—. Además, estoy estudiando frases en latín.

—¿Como por ejemplo?

—Credo quia absurdum .

—¿Qué significa?

—«Creo porque es absurdo».

Mary reflexionó sobre la expresión durante un momento y luego afirmó:

—Sí, diría que eso describe bastante bien tu vida.

A lo que respondí:

—Veritas .

Así, continuamos con nuestro paseo —aunque se me prohibió emplear cualquier frase en latín— y estábamos riendo alegremente cuando, al doblar una esquina, nos topamos con un bigote conocido, que resultó estar fijado al rostro de mi banquero, el señor Penury. A su lado, iba una mujer.

Estuve a punto de no reconocerlo de tan… despreocupado como parecía.

Nada típico de un banquero.

(¿Debería una sentirse avergonzada al ver a su banquero en tal estado de desnudez financiera?).

Antes de que yo pudiera reprimir la risa por completo, me reconoció.

—¡Ah! Hola, señorita Lion. Parece que está disfrutando del día.

—Buenos días, señor Penury. —A continuación, haciendo gala de mis excelentes modales, tendí la mano hacia el lado y dije—: Mi estimada compañera en todas las cosas, Mary Bai­rrage.

Mary sonrió.

—Hola.

—Un placer —respondió el señor Penury—. Permítanme que les presente a mi esposa, la señora Rebecca Penury.

A primera vista, la señora Rebecca Penury era una mujer sencilla: cabello castaño, ojos castaños, nariz fácil de olvidar. No obstante, una segunda mirada me reveló que era atractiva a su manera.

—Encantada —respondió Mary.

—¿Cómo está, señora Penury? —dije yo justo a la vez.

Sin embargo, no recibí respuesta. La mujer se limitó a permanecer allí quieta con una sonrisa tranquila en el rostro y la mirada afilada. Como si fuera lo más normal del mundo.

—Mi esposa no habla, señorita Lion. Ya no —aclaró el señor Penury.

¿Ya no?

Sentí una obvia curiosidad.

No me dio tiempo a preguntar si se debía a un accidente —como que unas monjas le hubieran cortado la lengua— antes de que ella le apretara el brazo. Entonces el señor Penury dijo:

—Una noche, tras un agotador evento social, la señora Penury me informó de que llevaba más de cuarenta y cinco años hablando de su vida y, habiendo dicho ya todo lo que quería decir, abandonaba tal actividad por completo. Lleva casi una década en silencio, y le ha ido de maravilla.

—¡Qué genialidad! —exclamamos Mary y yo al unísono, lo cual nos provocó una carcajada a los tres. (La señora Penury solo sonrió).

Aunque no estoy segura de si yo sería capaz de elegir lo mismo —¿quién se imagina a una mujer decidiendo que ya no tiene nada más que decir?

—, brava ! , por ser tan resuelta. Así se lo dije a la señora Penury, y su sonrisa se ensanchó.

Luego, le apretó el brazo al señor Penury con los dedos enguantados y asintió. A lo que este respondió:

—Ha llegado el momento de seguir adelante, por lo que veo. Bien, tenemos fijada una reunión para dentro de quince días, señorita Lion. No la habrá olvidado, ¿verdad?

—¿Cómo dice?

—Le envié una nota.

—Me temo que no ha llegado a mis manos.

—Entonces, este encuentro ha sido realmente providencial. La tengo apuntada para el 17 de este mes a las tres en punto —dijo Penury—. Repasaremos los detalles de sus cuentas.

—Sí, capitán.

Y saludé llevándome una mano a la sien.

Ni que decir tiene que el estado poco convencional de la señora Penury dio pie a una larga conversación entre Mary y yo.

—Serías del todo incapaz de hacer algo así, Emma —proclamó Mary—. Y yo también. Las dos estamos demasiado entregadas a escuchar nuestras propias opiniones.

Se me escapó la risa por la nariz.