Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 3) 31 de agosto #4
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31 de agosto #4

Striker tomó la iniciativa.

—La señorita Lion es conocida de Islington, divertida, encantadora y, según ha referido el Formidable Nigel Hawkes, tiene su propio historial de proezas. ¡Creo que hemos encontrado una Lady Marian!

Se oyeron vítores.

Hawkes abrió los ojos. Cruzó una mirada con Striker y negó con la cabeza.

—¿No? ¿Y qué tal una Scheherazade?

Hawkes indicó de nuevo que no.

—¿Por qué no Lady Marian? —pregunté, pero nadie me oyó.

—¿Una María Tudor, la reina sanguinaria?

Esta vez, Hawkes levantó ambas cejas en un gesto de desaprobación.

—¡Si no es la reina sanguinaria, a buen seguro que es una Leonor de Aquitania! —declaró Quality Jones.

Hawkes no se mostró disconforme.

—¿Aquitania? —dije, muy confusa.

Pero Charlie Cross me interrumpió.

—Caballeros. Hemos encontrado nuestro penique de la suerte. Una auténtica L de A, la señorita Emma Lion. Todos los que estén de acuerdo que digan «sí».

Hubo nueve síes.

Hawkes no votó.

—Venga, Hawkes.

—Me abstengo por ser el líder espiritual de la señorita Lion.

—Ah, sí.

—Un tema un poco delicado.

—¿Te refieres a que porque ella es… A que tú… Y si…?

—Exactamente —dijo el Joven Hawkes.

—¡En ese caso, hay unanimidad!

—¿Y yo no tengo voto? —objeté—. No pienso ser una L de A para nadie sin conocer las consecuencias.

—Lo sentimos. Estas cosas son solo para miembros.

Justo en aquel momento, lady Trewartha invitó a todos los presentes a pasar a la sala de música.

Cuando me levanté, Los Diez Réprobos —un caos de gritos y risas— se levantaron también y fui transportada por el invernadero en medio de todos ellos.

Hawkes desapareció. Y, debo dejar constancia, ya no volvió a aparecer en toda la noche.

Al llegar a la puerta, me sacaron de allí.

No sé muy bien cómo lo hicieron, pero Pierce e Islington estaban cerca del umbral, con las manos en los bolsillos, hablando de alguna cosa, y uno de ellos simplemente extendió el brazo y me arrancó de en medio del grupo de «los paganos con los que había cenado», y aquí cito literalmente a Islington.

—Hola, Emma —dijo Pierce en cuanto me encontré a su lado—. Evidentemente, puede seguir con sus eufóricos compañeros, pero a Islington y a mí nos gustaría también solicitar su compañía. ¿Le agradaría sumarse a nosotros para la parte musical?

Miré hacia la sala de música con cierta sensación de alivio.

—Son encantadores en pequeñas dosis. Como una camada de cachorros, cabría pensar.

—No se haga una imagen muy romántica de ellos —murmuró Islington.

Encontramos un sofá hacia el fondo. Había espacio suficiente para que todas las damas y la mayoría de los hombres permanecieran sentados, así que de alguna manera terminé sentada en el medio, con Pierce e Islington flanqueándome.

Fue una velada curiosa, una especie de revista musical. Varios intérpretes excelentes, incluyendo un pianista profesional —el momento culminante de la noche— y un número de lo más estrafalario interpretado por Los Diez Réprobos dedicado a una servidora.

—¿Por qué la llaman Leonor de Aquitania? —preguntó Pierce en voz baja.

—Porque soy su Penique de la Suerte —respondí, como si fuese lo más natural del mundo.

La música continuó, o eso creo, puesto que me quedé adormilada hasta que me despertó Pierce, cuyo hombro había pedido prestado.

Pero ¿se había acabado la velada? No. Porque después hubo juegos, bebidas y conversaciones de todo tipo. Muchos «¡Cielos! ¿Nos conocemos?» y «Ah, mira, veo por allí a lady tal y cual».

El general Braithwaite me reconoció y monopolizó una buena cantidad de mi tiempo.

Islington fue invitado a ver el retrato de lady Trewartha, algo que yo esperaba no perderme.

Pero oh, desventura. El general había decidido contarme la historia completa de su tercera década.

Y entonces observé que la señora y la señorita Rushton habían conseguido llegar al lado de Pierce una vez más.

Por regla general, la antipatía debería basarse en algo más que el simple hecho de que una persona esté hablando con tu amigo.

Por regla general.

Aunque quizá no sea una regla inflexible.

La velada llegó a su fin. Y poco después, bostezando, me encontré de nuevo en la compañía de Islington y Pierce (que ahora estaban hablando de fotografía y deporte) y despidiéndome de lady Trewartha.

Salí por la puerta principal, descendí la amplia escalinata blanca y me despedí de los demás invitados, que regresaban a su ca­sa en Baron’s Square, o que bajaban hacia Sterling Street y otras zonas de St. Crispian’s.

Islington y Pierce estaban hablando de alguna cosa cuando Los Réprobos se congregaron a mi alrededor y se despidieron de mí besándome la mano.

—Buenas noches, Penique de la Suerte.

—Feliz noche, señorita Lion.

—Dígale a Islington que es la Royal Mile, la calle más importante de Edimburgo.

—Adiós, L de A.

—¡Buenas noches! —les dije a todos. (Presumo que no volvieron a casa, sino que se fueron a algún club a jugarse una suma tremenda).

Tenía la cabeza confusa y los pies cansados a pesar de que no había bailado.

De modo que, mientras la conversación pasaba del deporte a Viena, nada menos, crucé la calle para acercarme a la fuente de la Medusa llorona y el arrogante Perseo.

Y, haciendo algo que sería completamente inaceptable en cualquier otra circunstancia, me quité zapatos y medias y me senté en el borde de la fuente, con los pies en el agua.

Los hombres, distraídos con lo suyo, me siguieron y se quedaron a menos de tres metros de donde yo me había instalado.

Y allí permanecimos, yo chapoteando en la fuente y escuchando el ir y venir de las voces masculinas y moviendo los dedos en el agua. Cuando llegó el momento en que me pareció que mis pies estaban ya lo suficientemente refrescados, me volví y me quedé sentada de cara a ellos.

—Eso fue hace años —estaba diciendo Pierce—. Estuve en Damasco con Jonathan Revel, uno de mis amigos de Estados Unidos.

—Fue precisamente Jonathan quien me habló de su trabajo —fue la réplica de Islington.

Alejé la atención del estudio de mis zapatos abandonados bajo la luz de la luna y la dirigí a la conversación que se estaba desarrollando delante de mí.

—¿Conoce a Jonathan? —preguntó Pierce, a todas luces muy satisfecho.

—Lo conozco, sí.

—¿Y conoce también a Maggie?

A pesar de la penumbra, vi que la sonrisa de Islington se volvía rígida.

—Sí.

Pierce sonrió.

—Acabo de recibir una carta de Maggie contándome lo bien que están los nuevos potros.

—¿Y ella sigue bien?

—Por supuesto. Si conoce a Maggie… Tiene un ojo excepcional para los buenos caballos. Wins the Day es un semental magnífico para sus establos.

—Estoy de acuerdo —repuso Islington.

Y entonces fue cuando un abanico de luz dorada barrió la calle oscura y el mayordomo de lady Trewartha y un lacayo aparecieron portando, nada más y nada menos, que una bandeja con quesos, pan, pastitas, fruta y una jarra de café recién hecho con tres tazas.

Nos sirvieron en silencio mientras les dábamos las gracias.

Y acto seguido dejaron la bandeja en una mesita plegable que habían instalado cerca de la fuente y volvieron a casa.

Cualquiera pensaría que ninguno de los tres acababa de disfrutar de una cena de siete platos hacía apenas unas horas. Y la extraña sensación de comodidad que reinaba entre nosotros pasó a concentrarse entonces en enfriar el café y comer lo que más nos apeteciera.

—¿Conoce bien a Maggie? —preguntó por fin Islington exhibiendo de nuevo su tono más cortante.

—Jonathan nos presentó después de que se casaran. ¿Cuánto hará de eso? ¿Tres años? El último invierno pasé unos meses con ellos en California. Y de allí viajamos a Maryland para visitar los establos de caballos de carreras.

—Ah.

—Ah —repetí en voz alta por puro divertimento.

Islington me miró por encima del borde de su taza de café.

—¿Cómo es que conoce a Maggie? —preguntó Pierce.

Mientras bebía un sorbo de café y comía un trozo de queso, vi que Islington calculaba detrás de esa máscara suya tan impenetrable. Y entonces dijo: