Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 3) 31 de agosto #5
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31 de agosto #5

—Margaret es mi hermana menor.

A Pierce casi se le cae el café.

Y yo, que jamás había visto a Maggie en mi vida, arqueé ambas cejas.

¡Su hermana!

¿Qué hacía la hermana de un duque casada con un ciudadano estadounidense y criando caballos de carreras en Maryland?

Por la cara que ponía Pierce, deduje que estaría pensando lo mismo.

—Me toma el pelo —dijo riendo.

Islington no dijo nada.

—Jamás me lo habría imaginado.

—No, por supuesto que no. Lo que explicamos es que está en el extranjero y que, ahora que ha terminado sus estudios de arte, se encuentra de gira por Europa con una acompañante adecuadamente mayor.

Pierce soltó una carcajada monosilábica.

—¿Maggie? ¿Dando vueltas por Europa con una solterona? Antes que hacer eso sería capaz de comerse una silla de montar. Está loca por Jonathan.

—Eso me dijo —replicó el duque— cuando me escribió desde Estados Unidos después de fugarse.

Pierce rio a carcajadas de verdad, algo que creo que se vio favorecido por las muchas copas que había consumido a lo largo de la noche.

—¿Y por qué esa historia de que está en el extranjero? —pregunté.

Islington dejó la taza y la servilleta en la bandeja, que habíamos saqueado a conciencia.

—Mi hermana mayor no desea verse envuelta en un escándalo.

Maggie solo tiene diecinueve años. En seis meses, conocerá a un estadounidense llamado Jonathan Revel y, con mi permiso, se prometerá en matrimonio con él.

Se tomará la decisión de contraer matrimonio en Estados Unidos, puesto que la madre de él está enferma y no se encuentra en condiciones de poder soportar el viaje.

Yo estaré tan ocupado con la gestión de mis fincas que me resultará imposible asistir al enlace, pero les enviaré un exquisito servicio de té de plata dándoles mi bendición.

—¡Cielos! —exclamé—. Qué bien elaborado.

—Y todo muy correcto, que es lo que desea por encima de todo mi hermana mayor.

Se hizo el silencio. Pierce apuró su café.

Fue Islington el que primero miró su reloj de bolsillo, y Pierce el que dio por terminada la noche.

—Es tarde —dijo pasándose la mano por el pelo—. ¿Vamos, Emma?

Islington hizo un gesto de asentimiento y luego nos miró con curiosidad, primero a mí y luego a Pierce.

O eso creo.

Eran casi las dos de la mañana.

Y en una noche solo se puede interpretar un número determinado de expresiones.

Nos despedimos de forma amistosa: un apretón de manos para Pierce, una pausa y, acto seguido, un apretón de manos para mí. Islington echó a andar hacia su casa y Pierce y yo hacia Sterling Street, para bajar luego por la Diagonal.

—Me parece increíble que Maggie sea su hermana —comentó Pierce, divertido, cuando ya estábamos a punto de llegar a casa.

—¿Tan poco se parecen? —pregunté.

—No tengo ni idea, ya que a él solo lo he visto esta noche, pero lo que sí puedo decir es que ella es una persona de carácter férreo. Una mujer que sabe lo que quiere. Capaz de dejar a cualquier hombre sin palabras. La he visto disparar y atravesar un as de corazones montando a caballo.

—¡Dios mío! —no pude evitar exclamar. Francamente, sonaba demasiado mítico para ser real—. Suena como una Forajida del Lejano Oeste.

—Supongo que ha encontrado el lugar al que pertenece.

Nos paramos al llegar delante de Lapis Lazuli.

—Imagino que es lo que todos deseamos —dije.

—¿Humm…? —dijo Pierce en tono interrogativo, como si sus pensamientos estuvieran en otra parte.

—Encontrar el lugar al que pertenecemos. Es lo que deseamos todos —dije.

—¿Y usted? ¿Es eso lo que desea?

Creo que me daba miedo plantearme de verdad esa pregunta, ya que toda mi vida he creído que mi lugar estaba aquí. De modo que respondí muy rápidamente:

—Yo lo he encontrado, Pierce. Pertenezco a este lugar, a Lapis Lazuli House. Es un lugar mío por derecho de nacimiento.

—Supongo que puede considerarse afortunada por haberlo encontrado tan pronto.

—Supongo que sí —le confirmé.

Y, antes de que me diera tiempo a preguntarle a Pierce si él había encontrado el lugar al que pertenecía, se pasó una mano por los ojos.

—¿Está abierta su puerta? —preguntó.

—Creo que sí, pero llevo también una llave.

Subí los peldaños, giré el pomo, cedió y abrí la puerta.

—Buenas noches, Emma —dijo Pierce.

—Buenas noches.

Y, sin volver la vista atrás, Pierce desapareció por la puerta de Lapis Lazuli Minor.

No lo he oído al otro lado de la pared, de modo que imagino que se ha parado un momento en su estudio y se ha quedado allí dormido.

Ahora son casi las tres de la mañana y estoy segura de que, cuando se haga de día, pagaré mis transgresiones.

Un final inesperado para un agosto extraño.

Memorable.

Parecían amigos de toda la vida, ¿verdad?

Ay, Dios. Hablando de amigos. Teobaldo acaba de entrar en mi lado de la buhardilla, con las pupilas dilatadas y listo para una noche de cacería de ratones.

Abriré la puerta de la buhardilla oeste y lo dejaré suelto para ver qué encuentra.

Y, por lo que a mí se refiere, no tengo ningún deseo de cazar otra cosa que no sean mis dulces sueños.

Ojalá los encuentre antes de que amanezca.