Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 3) 31 de agosto #3
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31 de agosto #3

—Oh, sí, por supuesto.

Lo hizo, y el bullicio —que posteriormente supe que era lo que en Cambridge se entendía como «conversación general»— continuó a mi alrededor mientras el mayordomo me retiraba la silla, me ayudaba a tomar asiento y luego me abandonaba en aquel cubil de varones eufóricos.

Los había sentados, los había de pie, y absolutamente todos estaban hablando de algo.

Les llevó un momento percatarse de que me había sentado a la mesa.

—¡Oh! ¡Hola!

—¡Por Júpiter! ¡Una fémina!

—¡Estupendo! ¿Qué tal está usted?

—¿Alguien sabe cómo se llama?

—Basta con que se lo preguntes. La tienes sentada aquí mismo.

—No puedo. Perdí una apuesta con Foxy y me está prohibido hablar con cualquier mujer hasta el 7 del mes que viene.

Risas. Y entonces el tipo sentado a mi derecha me tendió la mano y dijo:

—Striker, a todos los efectos. ¿Y usted es…?

—Tengo aún por decidir si voy a revelar esa información —respondí.

—¡Bravo! —gritó un joven que estaba con un pie apoyado en su silla, el otro en el suelo y un cigarrillo colgando de la boca.

—¿Un juego, pues? —dijo Striker—. Nos gustan los juegos.

Tendremos que averiguar por nuestra cuenta quién es usted.

Y, entretanto, permítame presentarle a mis amigos.

El de su izquierda es Capper. Luego tenemos a Quality Jones, Sargent, El Chico, Mastiff, Charlie Cross, Odiseo, Guardián de la Noche y yo, Striker.

Colectivamente se nos conoce como El Billete de Diez Libras y, más formalmente, como Los Diez Réprobos.

Cuando hubo terminado la presentación, yo ya había abandonado cualquier expresión que no fuera de absoluto deleite. Era imposible no estar encantada.

—¿Los Diez Réprobos? —repuse—. Pero si solo son nueve.

—No, qué va, tenemos uno más.

—¿Y quién es? —pregunté.

—¿Quién es? —repitió el Guardián de la Noche—. Pues no puede ser otro que el mejor…

—El más original…

—El honorable…

—El único e inigualable…

Y entonces todos dijeron al unísono:

—¡El Formidable Nigel Hawkes!

Y los vítores de alegría que siguieron a aquello provocaron dos cosas.

En primer lugar, que todos los demás invitados levantaran la cabeza por encima de las plantas que los rodeaban para mirar hacia nuestra mesa y que entonces, al ver quiénes eran, retomaran sus conversaciones más educadas.

Y, en segundo lugar, como si estuviéramos siendo partícipes de una disparatada sesión de espiritismo, que el Joven Hawkes en persona hiciera su entrada en el invernadero.

Lo que provocó más vítores desde nuestro rincón.

Me dio la impresión de que el Joven Hawkes se sentía algo incómodo siendo el foco de todas las miradas, pero sus ojos brillaron cuando fue recibido por lady Trewartha, que lo envió hacia nosotros.

Tomó asiento en la silla vacía situada entre Mastiff y Charlie Cross y me saludó con una breve inclinación de cabeza desde el otro lado de la mesa.

—Nada de revelar su nombre, Formidable Nigel Hawkes —le ordenó Striker—. Tenemos que adivinarlo.

Hawkes no dijo nada y se recostó en su asiento.

—Mi pregunta es —dijo Sargent—: ¿quién es esta joven dama para ser enviada a La Mesa de los Réprobos?

—¿Es así como se la conoce oficialmente? —pregunté—. ¿La Mesa de los Réprobos?

—Sí.

—Por supuesto.

—¿Cómo debería ser conocida si no?

—¿Por parte de ustedes o por parte de la anfitriona? —insistí.

—Por ambas partes —repuso Striker.

Hawkes carraspeó y jugó con el borde de su servilleta.

—Se la conoce, efectivamente, como La Mesa de los Réprobos.

Maravilloso.

Una etiqueta pública para mi persona. El sueño del primo Archibald hecho realidad.

—¿Por qué razón nuestra mujer misteriosa ha sido enviada a sentarse entre nosotros? —le preguntó El Chico a Hawkes.

La expresión de Hawkes dejó claro que no le quedaba otra que dar una explicación.

—Porque sus hazañas hacen que todos vosotros, caballeros, parezcáis unos colegiales.

Se oyó una exclamación generalizada de incredulidad y el escepticismo de mi rostro llevó a Hawkes a esbozar una discreta sonrisa. Levantó entonces la mano con aire de inocencia.

—Su primo me confiesa muchas cosas cuando voy a visitarlo. He oído hablar sobre una escapada con temática Jane Eyre que tuvo lugar justo hace dos semanas.

—¡Es imposible que mi primo sepa algo de eso! —exclamé.

Hawkes me lanzó una mirada desafiante.

—Quizá sí. Quizá no. Tal y como me lo describió, era todo muy fantasioso. Las palabras que me vienen a la cabeza son: sin carabina, con compañías de dudosa reputación, allanamiento de morada, administración de fármacos a inocentes, robo y… regodeo, si acaso el relato es cierto.

Me quedé boquiabierta.

¿Cómo era posible que el primo Archibald supiera todo eso?

¿Cómo?

Un murmullo de aprobación recorrió la mesa y uno de los jóvenes —creo que era Charlie Cross— dijo:

—Caballeros, estamos ante la presencia de la grandeza.

Y guardaron un momento de silencio en mi honor, con la cabeza inclinada y las manos abiertas en señal de admiración. Me sentí casi como una diosa egipcia rodeada de sus acólitos.

Hawkes fue la excepción destacada, por supuesto. Permaneció sentado con expresión santurrona, dejando lo del culto pagano para sus colegas.

Fue un espectáculo tan impresionante que el invernadero entero tomó debida nota.

Niall Pierce, desde su remoto rincón en la tierra, me miró y arqueó una ceja al ver la escena. Me encogí de hombros.

Me sonrió.

La expresión de Islington estaba entre la diversión y la desaprobación. Imposible saberlo.

—Ya es suficiente, Réprobos —les ordené—. ¿Piensan destruir mi reputación por completo?

No lo hicieron.

Y el orden quedó restaurado.

Sirvieron la cena.

Siete platos.

La conversación fue una mezcolanza absurda de bromas y opiniones.

Los intentos de adivinar mi identidad enseguida fueron degenerando y se transformaron en una descarga de nombres para ver si acertaban.

—¡Mable!

—¡Catherine!

—¡Violet!

—No, Violet, no, tonto. Más bien parece una Cassandra.

—¡Eloise!

—¿Elizabeth?

—¡Agatha!

—¿Agatha? —cuestioné yo.

Hawkes, claro está, se mantuvo al margen del juego y permaneció concentrado en el plato que tenía delante; su pelo desgreñado lucía un aspecto espléndido a la luz de las velas.

Los Diez Réprobos no tardaron mucho más en darse por vencidos y decidieron llamarme María, reina de Escocia. Comenzaron entonces los comentarios relacionados con los asistentes a la velada. Fueron mesa por mesa, haciendo pullas humorísticas y, de vez en cuando, totalmente indecorosas.

Cuando Los Réprobos llegaron a la mesa de Islington y Pierce, no dijeron nada sobre las mujeres, pero elogiaron al duque.

—No tengo ni idea de quién puede ser ese otro tipo —dijo El Chico—, pero Islington es el paradigma del hombre soltero. Rico. Atractivo. Un as en las cartas. Siempre elige el caballo ganador. Lo invitan siempre. Agrada a todo el mundo. Y curiosamente se muestra distante de todo.

—Es el hombre que seríamos de no sentirnos tan felices siendo nosotros mismos —dijo un sonriente Striker.

—Pues yo sería él sin pensármelo ni un segundo —murmuró Mastiff.

El Chico rio y se pasó el cigarrillo sin encender de una mano a otra. Los demás se lo tomaron con filosofía, riéndose de sí mismos.

Intenté con todas mis fuerzas no reírme y entonces, cuando miré a Hawkes en busca de conmiseración, me lo encontré recostado en su silla, con los ojos cerrados, los brazos cruzados sobre el pecho y aparentemente ajeno a todo.

Fue durante el postre cuando vi que Islington se acercaba a nuestra mesa.

Striker soltó un silbido y la atención de todos Los Réprobos siguió la señal. Comenzaron los murmullos.

—¡Semidiós!

—La leyenda.

—Vale su precio en oro.

—Por Júpiter. ¡Viene hacia aquí!

Hawkes abrió los ojos, tomó nota en silencio del estado de veneración absurda que se había apoderado de todo el mundo, me ofreció un único gesto de asentimiento, como si quisiera darme a entender que aquello era de lo más normal, y volvió a cerrar los ojos.

Islington se dirigió a mí.

—Nuestra anfitriona me ha encargado que le pregunte sobre sus talentos musicales, señorita Lion. —Y añadió a continuación con cierta malicia—: ¿Tiene alguno?

Al oír la mención de mi nombre, un quejido generalizado recorrió la mesa. El abatimiento quedó plasmado en todas las caras.

Islington posó la mirada sobre Los Réprobos con cierto aire de desdén.

—Les ha arruinado la diversión, Islington —dije—. Llevan casi dos horas intentando adivinar mi nombre.

—A los tontos el entretenimiento les dura poco —replicó Islington con un tono que me pareció bastante frío.

El Joven Hawkes murmuró un silencioso «amén».

—¡Pero aún nos queda por adivinar su nombre de pila! —intervino Quality Jones.

Se oyeron vítores.

Islington, sabiendo perfectamente bien lo que estaba haciendo, dijo entonces:

—¿Y bien, Emma?

Los Réprobos emitieron una segunda ronda de quejidos.

—La verdad es que es usted un auténtico aguafiestas, Islington —dije.

Su mirada de color avellana me dio a entender que no le importaba en absoluto.

—No demore mi encargo, señorita Lion —dijo Islington presionándome—. ¿Usted? ¿Su habilidad musical? ¿Coinciden ambas alguna vez?

—Solo en lo referente al aprecio de la una por la otra, me temo.

—Muy bien, pues. Llevaré mi informe a nuestra anfitriona —replicó Islington.

Miró con seriedad a todos los sentados alrededor de la mesa—.

Unas palabras de advertencia. Si alguno de estos chistosos intenta persuadirla para que apueste algo de valor jugando al whist, no pierda el tiempo.

Juegan como tontos y siempre apuestan de la misma manera.

Con la excepción de Hawkes, evidentemente.

En cuanto se alejó de la mesa, Los Réprobos estallaron en carcajadas.

—El tipo más genial de St. Crispian’s, sin contar a Hawkes el Zorro, por supuesto.

—Un hombre con mayúsculas.

—Brilla con luz propia.

—¡Y parece que conoce bien a nuestra María, reina de Escocia!

—Emma —dijo Capper corrigiendo a su amigo. ¿O era Sargent? —. Emma Lion.

— Señorita —subrayó el Guardián de la Noche.

—Para ninguno de vosotros es una señorita —dijo Hawkes con los ojos todavía cerrados.