31 de agosto #2
—Esto es St. Crispian’s —le advertí—. Y espero que no tenga razón. Hagámonos con este rincón y defendámoslo ante los hunos hasta que llegue la hora de la cena.
Debo mencionar de nuevo que Pierce estaba impresionante vestido de gala.
Y así se lo hice saber.
—Gracias. ¿Puedo devolverle el cumplido?
—Por supuesto.
Fue entonces cuando vi el fantasma de los mediodías pasados.
Islington. Sus espléndidas facciones apenas se alteraron mientras estrechaba manos con educación. No hacía falta poseer una inteligencia extraordinaria para darse cuenta de que estaba avanzando hacia mí.
—Ay, Dios mío —dije en voz alta.
—¿Qué pasa? —preguntó Pierce.
—Más bien «quién» pasa. Un amigo mío.
Pierce se paró un momento a pensar y dijo a continuación:
—¿Siempre anticipa la llegada de sus amigos con tanta agitación?
—Solo la de aquellos que me desaprueban —respondí.
Pierce, pasándoselo evidentemente en grande, entrecerró los ojos y sonrió.
—Debe de ser entonces la mayoría, ¿no?
Islington llegó sin que me diera tiempo a dar una réplica digna del Antiguo Testamento.
—Señorita Lion —dijo evaluándome fríamente con la mirada.
—Hola, Islington. No era consciente de que se exhibiera tan a menudo en público. Dos veces en un mismo día.
Islington no replicó, sino que simplemente intentó hacerme sentir incómoda.
Recurrí a las buenas maneras para salir airosa de la situación.
—¿Me permite presentarle al señor Pierce? Señor Pierce, el duque de Islington.
Se estrecharon la mano.
Y entonces de forma muy varonil:
—Llámeme Islington, por favor.
—Por supuesto. A mí se me conoce como Pierce.
Y en ese momento Islington obró una especie de milagro. Me dejó sorprendida.
—¿Pierce? ¿Niall Pierce? ¿El fotógrafo?
Pierce confirmó su identidad con un gesto de asentimiento, e Islington, nada menos, se mostró impresionado.
—Soy admirador de su trabajo desde hace tiempo.
Y volvió a tenderle la mano, como si un segundo apretón fuera a servirle para transmitir la admiración que sentía.
Pierce se la estrecho y dijo:
—No es un comentario de los que se oyen todos los días.
—No digo que su trabajo sea cómodo. Pero sí que es una de las exposiciones más memorables que he visto nunca.
—¿Cuál fue la que vio?
—La de París, en el 81. Me habría gustado hablar con usted, pero no estaba, ah, disponible.
(Ahí estaba su «ah». Un arma terrorífica).
Pierce se echó a reír.
—Si, efectivamente. Una forma amable de decir «indispuesto».
La sonrisa de respuesta de Islington fue irónica.
—Así es.
En aquel momento sentí una pizca de… ¿nerviosismo? ¿Alegría? ¿Pánico?
Su extraña conexión resultaba de lo más entretenida.
Aunque no estaba en absoluto segura de si quería que se produjera.
¿Por qué no?, me pregunté.
Me rondaba todo esto por la cabeza cuando Islington le dijo a Pierce:
—¿Va a quedarse en Londres mucho tiempo?
A lo que Pierce respondió:
—Justo acabo de montar un estudio. Retratística.
—¿Ya no ejerce de fotógrafo de guerra?
—Sigo teniendo intención de cubrir las campañas, de pasar algunos meses del año aquí y allí, pero he pensado en centrarme en algo más ordinario. Y quizá echar raíces.
—Es comprensible. ¿Dónde se aloja?
—Aquí en St. Crispian’s, de hecho. Le alquilo Lapis Lazuli Minor a la señorita Lion. Es mi casera.
Su casera.
Eso fue lo que me llamó.
Lo cual sonaba a mujer muy madura: cuarentona, gorda y coloradota.
Pierce se dio cuenta de que yo levantaba una ceja y tuvo la elegancia de sonreír y levantar también una.
Entretanto, Islington me estaba estudiando como si yo fuese la principal sospechosa de un asesinato.
Una vez asimilada la información con respecto a mi papel en la vida de Pierce, dijo, quizá con cierta sequedad:
—Todos los caminos conducen a Roma.
Lo que hay que oír.
—Ya le advertí de que el destino tiene sus propios planes conmigo, Islington.
—Aun así, me pregunto si sus diabluras gobiernan incluso al destino.
—No, qué va. Eso sería demasiado descabellado para mí. Pero estoy empezando a desconfiar de todo esto —repliqué—. Piense lo que le apetezca pensar.
Fue en aquel momento cuando lady Trewartha tomó el control del salón de un modo para nada convencional. Porque, en vez de utilizar el típico gong para llamar a la cena, dio una palmada.
—Bienvenidos, amigos —dijo—. Tenemos una larga noche por delante… Ya lo he visto, general Braithwaite… Y prometo diversión para todos. Y ahora, sin más preámbulos, síganme hacia el invernadero.
Esperaba que el duque fuera uno de los primeros en abandonar la estancia, pero se quedó con Pierce y conmigo mientras los demás invitados salían en tropel. Me mordí la lengua, porque me entraron unas ganas tremendas de mofarme de él por estar mezclándose con las masas inmundas.
—Pierce, ¿por qué vamos al invernadero? —pregunté en voz baja.
—Sospecho que es allí donde encontraremos el altar sobre el cual va a ser usted sacrificada —respondió.
Islington debió de oírnos, puesto que miró de reojo a Pierce.
—¿Acaso van a sacrificar a la señorita Lion por nosotros?
—Por la reina y por la patria —respondió Pierce arrastrando las palabras.
—Quizá los dioses preferirían un alma más contrita —añadió Islington.
—En ese caso, debería ser usted el que subiera al altar, Islington —dije—. No me cabe duda de que los dioses estarían encantados de aceptarlo.
El comentario suscitó una sonrisa inesperada.
El invernadero era un lugar encantador aquella noche de verano, lleno a rebosar de palmeras y helechos, con velas por todas partes y mesas redondas para cuatro o cinco comensales distribuidas por todo el espacio.
No había tarjetas para identificar cada asiento con el correspondiente invitado.
En su lugar, lady Trewartha estaba en el umbral y nos enviaba a cada uno a un asiento asignado a nuestro destino, creando de ese modo experiencias gastronómicas más reducidas e íntimas.
Muchos de los presentes eran amigos de toda la vida, acostumbrados a ese tipo de arreglos.
Había, por ejemplo, una mesa con cuatro mujeres que no paraban de reír, mientras que sus respectivos y sonrientes esposos ocupaban una mesa en el otro extremo del invernadero. Un alivio evidente para ambas partes.
Al ir yo flanqueada por Islington y Pierce, que estaban hablando de nuevo de la exposición de París del 81, lady Trewartha nos saludó, nos miró de arriba abajo y proclamó:
—Islington, ¿conoce usted al señor Pierce?
—Acabamos de conocernos, aunque admiro desde hace tiempo su trabajo.
—¿De verdad? Pues yo acabo de descubrir a nuestro nuevo residente, y debo decir que estoy encantada con los retratos que me ha hecho.
Debe verlos antes de marcharse. ¿Por qué no se sientan los dos en esa mesa de allí, con la señora Rushton y su hija?
Están muy metidas en el mundillo artístico de Londres y les aseguro que no son para nada tontas.
Espero que ambos disfruten de su compañía y de su considerable encanto. Pueden pasar.
Y les indicó con un gesto que avanzaran.
Hacia la señora y la señorita Rushton.
De las cuales no sé nada excepto lo siguiente:
La señora Rushton es una mujer atractiva.
La señorita Rushton es una joven muy guapa.
Ambas parecían ser una frustrante combinación de inteligencia y belleza.
Pierce tuvo la elegancia de volver la vista atrás, hacia donde yo me había quedado, un poco abandonada.
Y me sentí…, bueno, ¡indignada!
Ofendida, podría decir, después de haber sido privada de mi compañía.
Y pensé, levantando la barbilla en un gesto de desaprobación a lo lady Eugenia Spencer, que vivimos en un mundo ingrato.
Lady Trewartha se volvió entonces hacia mí. Sus rizos oscuros estaban veteados en plata, y sus pómulos altos y sus ojos violetas le brindaban un aspecto de vitalidad inagotable. Era una mujer guapa.
—Señorita Lion, debe de estar pensando que soy de lo más descortés, puesto que Islington es una compañía soberbia y su señor Pierce es diabólicamente atractivo.
—¿Mi señor Pierce?—. Sin embargo, tengo pensado algo que creo que le resultará tremendamente divertido.
Permítame que la envíe a esa mesa de allí.
Señaló hacia la esquina más alejada, donde había una mesa dispuesta para una decena de personas flanqueada por palmeras y candelabros. Solo que no había nadie sentado a la mesa. Lo único que se veía era un deslumbrante despliegue de plata, cristal y nada más.
—Por mucha estima en la que tenga mi propia compañía, lady Trewartha… —empecé a decir.
Mi anfitriona se echó a reír.
—Ah, señorita Lion, hace usted honor a sus padres. No, me disponía a invitarla a refrescarse antes un poco en el tocador. Dedíquese unos momentos y, si voy con el horario adecuado, cuando regrese encontrará una compañía que vale mucho la pena. Le he dado mi lugar favorito. Adelante.
Tan dubitativa como santo Tomás, hice lo que se me ordenaba.
Fui al tocador, me refresqué lo mejor que pude, me di cuenta de que mi pelo rebelde había logrado liberarse de algunas horquillas (lo que me proporcionaba el aspecto de una heroína de la década de 1830), desistí de intentar peinarme mejor, cogí una revista, leí un artículo sobre una mujer que había desfalcado cuarenta mil libras de la sociedad de beneficencia a la que pertenecía (¡cuarenta mil libras!) y volví al invernadero.
Debo reconocer que estaba nerviosa ante la idea de que la mesa fuera a estar visiblemente vacía cuando volviera y que las damas Rushton —con su exaltado gusto por el arte— me miraran a través de sus anteojos de ópera (por qué razón deberían llevarlos en una cena formal, ni idea, pero mi imaginación los consideró un detalle adicional justificado) y se rieran al ver que me sentaba sola.
Mi perdición parecía segura.
Sin embargo…
Cuando volví al invernadero, vi que mi mesa estaba de lo más concurrida.
Por hombres.
Hombres jóvenes.
Muchos.
Un pequeño esfuerzo de memorización me sirvió para ubicar la cara de cada uno. La Última Fila de los Servicios Religiosos Selectos, conocida también como el Grupo de Traitors Road. Los amigos del Joven Hawkes de sus tiempos en Cambridge.
Un mayordomo apareció a mi lado y dijo:
—Señorita Lion, ¿me permite que la acompañe a su asiento?