31 de agosto
No me extraña que esté agotada.
Tienen más de tres centímetros de grosor. Los dos últimos meses de mi diario.
He subido a sentarme a Primrose Hill en busca de la soledad y del aire fresco que Londres está recibiendo, ¡por fin!
Esta noche es la cena en casa de lady Trewartha.
Teniendo en cuenta que La Temporada impuesta por tía Eugenia finaliza con el baile de la duquesa de Bedford, estoy intentando decidir…
Cielos. Pero mira quién está aquí.
Cualquiera pensaría que me han echado un maleficio.
Lo cual es de lo más injusto, puesto que no he profanado ni una sola tumba egipcia… que yo sepa.
Más tarde
Se sentó sin que yo lo invitara a hacerlo. Algo que le recordé cuando me preguntó, a modo de desquite:
—¿Es su diario personal , señorita Lion?
—Podría ser, Islington.
—Entonces, podría exigirle que me lo entregara.
—Desde luego que no.
—¿Y qué es esa sección que sostiene entre los dedos con una expresión tan obstinada?
—Podrían ser, o no, los últimos dos meses, los más complicados de mi vida.
Islington arqueó una de sus ducales cejas.
—¿Todo eso? ¿Julio y agosto? O bien sus veranos son mucho más extraordinarios que los míos o bien tiene en muy alta estima sus idas y venidas.
—¿Islington?
—¿Sí?
—He mutilado a hombres inferiores a usted.
Mi comentario provocó una carcajada y un inesperado lapsus en la expresión formal que Islington suele utilizar cuando me dirige algún comentario punzante.
—Me alegra saber que todavía existen hombres a los que considera inferiores a mí.
—Tiene usted sus cualidades.
—Parece que le resulta doloroso admitirlo.
—No lo es. Sé que está usted en posesión de algunas de ellas, la mayoría de las cuales quedan reflejadas con claridad en su forma de escribir única. Sigo aún preguntándome cómo aprendió algo así.
El aspecto de Islington no se alteró ni una pizca: ni un pelo agitado por la brisa, ni el más leve movimiento de un dedo, solo una leve contracción alrededor de los ojos.
—Mi hermana y yo. Nos apasionaba la idea de tener una caligrafía peculiar.
—¿Y por eso se inventó una caligrafía propia?
No respondió.
Permanecimos sentados sin decir nada durante más de medio minuto, hasta que por fin preguntó:
—¿Por qué complicados?
—¿Perdón?
—Ha dicho que los dos últimos meses han sido complicados. ¿Lo dice por su primo?
Me recosté en el respaldo del banco y miré hacia Londres.
¿Se puede confiar en los Islington? ¿Para qué podrían servirme exactamente?
Por lo que parece, me ha tocado uno, así que debería averiguarlo.
Ser duque descarta determinadas posibilidades, pero ya tengo un fotógrafo afligido para los problemas de la vida real y un sinvergüenza, Jack, por si acaso necesito algo ilegal.
De modo que la pregunta sigue ahí: ¿qué se puede hacer con un Islington?
Dejé la pregunta de lado para su posterior estudio y me centré en las generalidades.
—Sí, no —respondí de modo evasivo—. Entre otras cosas.
Seguimos sentados.
Reflexioné sobre la Gran Pregunta de Islington.
Y entonces Islington se levantó.
—Hasta esta noche.
—¿Esta noche?
—Ha recibido una invitación para asistir a la velada de lady Trewartha, ¿verdad?
—Así es.
—Pues entonces repito: hasta esta noche.
Y se fue.
Cuando lo vi marchar, dos pensamientos se entremezclaron en mi mente.
El primero, una defensa contra su desprecio con respecto a la efusividad con la que me explayo en mi diario.
(¿Efusividad? Creo que no. Han sucedido muchas cosas sobre las que escribir.
No es mi problema que los julios y los agostos de Islington no tengan nada de especial.
Porque en mi caso sí que han sucedido muchas cosas dignas de mención.
Y si tuviera que insertar notas a pie de página en el relato de mi vida —sí, he estado tentada—, insertaría una ahora mismo que dijera: Islington no es precisamente un gran ejemplo de brevedad en sus escritos, y puedo dar fe de ello).
¿En qué más estaba yo pensando…? Ah, sí, en la segunda cosa que me vino a la cabeza.
Mi espécimen Islington en particular parece disfrutar de gran manera tratando todas nuestras conversaciones como si fuesen un combate de esgrima.
Sutil, sí, y con una dignidad tan rígida como el cuello de su camisa, pero como un duelo, al fin y al cabo.
Cuando se va, siempre tengo la sensación de quedarme con una espada en la mano.
Tendré que acordarme de llevar una a la cena.
Más tarde
Acabo de volver de casa de Lady Trewartha.
Son casi las tres de la mañana.
Supongo que no tiene ningún sentido escribir una introducción al asunto.
Creo que simplemente tengo que dejar constancia de lo sucedido de la mejor manera que lo recuerde todo, para luego, en un par de días, cuando mi dolor de cabeza —¡templanza, tonta, templanza!
— haya desaparecido, intentar analizarlo a fondo.
Seguro que olvidaré muchos detalles, pero mejor será que lo intente. De lo contrario, resultaría imposible entender cómo acabó una noche tan extraordinaria.
Alquilé un cabriolé precioso para que me llevara hasta Baron’s Square. No es un recorrido muy largo a pie, pero es todo subida y no me apetecía llegar a la cena de lady Trewartha en un estado poco favorecedor. De todos modos, seguía sin tener idea de por qué había sido invitada.
¿Cuándo se enteró Archibald, a través de Parian, de que yo había sido invitada?
Sigamos.
Con el alboroto, nuestro vecino, el señor Johnston, se apresuró a venir a casa por si podía ser de alguna ayuda.
Cuando vio que no se había producido ningún asesinato, decidió intentar calmar al anciano.
Creo que le prometí al señor Johnston que, si su esposa no conseguía quitar la mancha de mermelada de frambuesa de la tostada que el primo Archibald le había lanzado, le indemnizaría con el importe de una camisa nueva.
Me llevó una hora decidir qué ponerme. Agnes sugirió el vestido brillante que había lucido para asistir al baile de los Bedford.
Emma M. Lion sintió tentaciones de hacerlo.
Sin embargo, no estaba del todo segura de que fuera lo más apropiado. La invitación no sugería nada de baile, solamente cena y entretenimiento. Y no me apetecía sobresalir antes de saber si debía pasar lo más inadvertida posible.
Me decidí por el azul medianoche.
Agnes me ayudó a dominar mi cabello rebelde.
Y, aunque no quedó domado del todo, tampoco parecía salvaje. Tres hurras por ello.
El cabriolé me dejó en la puerta de casa de lady Trewartha.
Alguien con librea me abrió la puerta de entrada; alguien con librea me condujo hasta un enorme salón de recibir.
Mi estrategia era muy simple: divertirme al máximo sin necesidad de tener que contar con compañía. Parecía sensato. Parecía posible.
En aquel momento, deseé que mi amiga Saffronia March ya estuviera de vuelta en casa, porque, al tratarse de una de las personas más interesantes de St. Crispian’s, a buen seguro habría sido invitada.
La estancia estaba llena de ellos. De ricos. De interesantes.
Y yo no soy ninguna de las dos cosas.
Nuestra anfitriona, según mi ojo experto, estaba ausente.
¡Pues vaya!
Me armé de valor y, sorprendiéndome a mí misma y agradeciendo para mis adentros a tía Eugenia los conocimientos sobre el funcionamiento de la alta sociedad que me había inculcado, atravesé el salón sonriente y sin cruzar palabra con nadie, mirando a los presentes como si yo Perteneciera a ese mundo.
Un rincón en el lado opuesto se convirtió en mi refugio —menos luces, más sombras— y me instalé allí dispuesta a observar a los demás animales de aquel reino improvisado.
Y entonces me alcanzó el aroma de la tormenta sobre el horizonte.
¿Quién entró en aquel momento en el salón?
Nada más y nada menos que Niall Pierce. Que al parecer se mueve a lo alto y a lo ancho de los estratos sociales más inesperados de Londres.
Estaba imponente, y su cojera era todo lo invisible que podía llegar a ser.
Los reunidos en la sala se volvieron como si acabaran de percibir el cambio en el ambiente, la alteración de la presión del aire a su alrededor.
Sonreí.
Pero, en lugar de que la estancia quedara sometida a su influencia climática, se produjo un fenómeno extraño. Su presencia, pareja a la de una nube gris, generó un orden inesperado, como si estuviera plasmada en el cuadro de un naufragio en plena tormenta para que el público lo admirara.
Y vaya si lo admiraron.
Entonces apareció nuestra anfitriona e hizo las presentaciones. Más alto que casi todos los presentes, Pierce respondió con gestos de asentimiento y medias sonrisas, educadas y amables, tal y como requerían las circunstancias.
Dónde había aprendido a hacer todo eso, nunca lo sabré.
Al final levantó la vista, sintiéndose observado por alguien más que simples desconocidos, y me descubrió en mi rincón. Como una espía.
Las arruguillas envolvieron sus ojos.
Sonreí.
Era agradable ser descubierta por un amigo.
Después de algunos intercambios más, Pierce buscó también refugio en mi rincón.
—Un placer —dije.
—Un placer, efectivamente.
—¿Cómo es que ha acabado en la casa de fieras de lady Trewartha?
Los dedos de su mano se crisparon, como si anhelara estar sujetando una copa.
—Le hice un retrato a primeros de mes. Me recomendó el amigo de un amigo. Y, cuando se enteró de que vivía en St. Crispian’s, me envió una invitación. ¿Y usted?
—No tengo ni idea. No imaginaba siquiera que supiera de mi existencia.
No soy un personaje Interesante, como sí lo es usted.
Y lo más cerca que he estado de la guía Debrett’s —en cuya clasificación lady Trewartha ocupa un lugar más que relevante— fue cuando tenía nueve años y me puse de puntillas sobre uno de sus ejemplares para espiar a Roland.
—Quizá es que piensa ofrecerle en el altar de St. Crispian’s. El sacrificio de una virgen para garantizar buenas cosechas y fantasmas romanos.
—¡Ja! —Y entonces empecé a preocuparme ante la posibilidad de que tuviera razón—. ¿Cree que va a disfrutar de la velada? —dije.
—Será como tantas otras, y me aburriré agradablemente.