Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 3) 30 de agosto
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30 de agosto

Cuando hoy llegué a casa, Niall Pierce estaba sentado en la escalera de acceso a Lapis Lazuli House leyendo un ejemplar del Morning Post .

Era la informalidad personificada: recostado sobre un codo, las piernas estiradas y cada pie descansando en un peldaño distinto.

Me planteé preguntarle por qué había elegido mi escalera de acceso en lugar de la suya para sentarse a descansar un rato, pero supuse que era por simple comodidad.

Quienquiera que el primo Archibald contratara en su día para construir la escalera de acceso a Lapis Lazuli Minor hizo un trabajo bastante tortuoso.

Nuestro lado de la calle quedaba agradablemente a la sombra, así que, cuando Pierce me indicó con un gesto que me acercara, lo hice.

Enderezó la espalda y tomé asiento a su lado.

—Se ve que un volcán ha entrado en erupción —dijo sin más preámbulos.

—¿Dónde?

—En el estrecho de la Sonda. El Krakatoa, se llama. Sucedió hace tres días.

—Qué espantoso —repliqué. Y empecé a leer por encima de su hombro, como si fuese lo más normal del mundo. Una frase en particular me llamó la atención, y la repetí en voz alta—: «Donde antes se alzaba el Krakatoa, ahora ruge el mar». Qué tragedia. ¿Hablan del número de víctimas mortales?

—No se sabe —respondió Pierce. Y entonces presionó el periódico con tanta fuerza que lo arrugó—. Es ridículo.

Jamás se me habría ocurrido calificar de ridícula una trágica erupción volcánica, de modo que le sondeé en busca de una explicación.

—¿El volcán?

—Una «Circular de la corte» justo al lado del artículo sobre el Krakatoa. ¿A quién le importa si la reina salió ayer a pasear en carruaje?

De modo que no es monárquico.

Leí la circular y sentí que podía confirmar con certeza que a la princesa Beatriz y a la marquesa viuda de Ely les importaba, ya que estuvieron presentes en los paseos de la mañana y de la tarde, respectivamente.

Sin embargo, guardé silencio. No me pareció el momento apropiado para especular sobre cuáles podían ser o no ser los sentimientos de la marquesa viuda de Ely.

Pierce comentó entonces que, después de todas las erupciones más importantes que se han producido en el último siglo, se habían visto puestas de sol espeluznantemente intensas en todo el mundo.

—Imagino que podemos esperar lo mismo ahora, durante meses. O, más probablemente, durante años.

—¿Años? —repetí en tono algo desafiante.

—Los restos pueden tardar años en asentarse.

—¿Llegarán hasta Londres?

—Eso ya lo averiguaremos, sin lugar a duda.

Después de aquello, Pierce dejó el periódico y nos quedamos sentados en silencio —ambos imaginando el volcán, supongo— hasta que una oleada de viento levantó la primera página, que salió volando hacia el otro lado de la calle.

Pierce se puso en pie y, medio cojeando, medio corriendo, cruzó la calle para atraparla.

Cuando atrapó las noticias fugitivas —cabe esperar que la princesa Beatriz no se mareara durante el viaje—, se volvió y, en vez de regresar enseguida conmigo, se detuvo un instante y se quedó mirándome mientras yo seguía sentada en la escalera de acceso a Lapis Lazuli House.

—No se mueva.

—¿Que no me mueva?

Una orden que me hizo estornudar de inmediato.

—Muévase si quiere, pero no se levante de aquí. Enseguida vuelvo.

Se dirigió a la puerta de Lapis Lazuli Minor, entró y, pasados unos minutos, reapareció con una de sus cámaras colgada del hombro y cargando en la otra mano con algún tipo de equipo. Sin decir palabra, cruzó de nuevo la calle y empezó a preparar la foto. Lo observé, entretenida.

Durante el tiempo que le llevó a Pierce prepararse para capturar la escena, Teobaldo salió por la puerta abierta de Lapis Lazuli Minor, bajó saltando los peldaños, caminó como solo un gato puede caminar por la acera y subió a la escalera de Lapis Lazuli House para sentarse a mi lado.

Y, justo en aquel momento, Pierce, que había desaparecido debajo de la tela negra de la cámara, levantó el flash y dijo:

—Si le pillo poniendo cara seria, Emma…

Eso me hizo sonreír. Y entonces dijo:

—¡Quieta!

Y disparó la fotografía.

Teobaldo no se mostró impresionado, solo un poco sorprendido cuando se encendió el flash, así que lo cogí en brazos y le acaricié la carita con la nariz.

Me parece que no se decidía del todo entre ronronear o quejarse porque lo estaba fastidiando.

Durante el tiempo que tuve cautivo a Teobaldo, Pierce cargó de nuevo la pólvora en el flash y, sin previo aviso, tomó una segunda fotografía justo en el momento en que una golondrina se lanzaba en picado delante de mí y Teobaldo saltaba a por ella.

Teobaldo desapareció hacia el pequeño jardín lateral de la casa persiguiendo a la desdichada ave.

—¡Esto ha sido condenadamente brillante! —oí que decía Pierce desde el otro lado de la calle.

—¡Pero si no se verá más que una mancha borrosa!

Pierce se encogió de hombros. Un gesto similar a muchos de sus movimientos, como si lo hubiera comprado a la humanidad y fuera su único propietario. Ah, Niall Pierce se apropiaba de fragmentos de la vida sin ni siquiera ser consciente de ello.

—Confío en la casualidad —declaró.

—Pues yo no lo haría —repliqué—. La casualidad me ha metido en más aprietos de los que quisiera contar.

Pierce sonrió, recogió la cámara y vino hacia mí, intentando no descansar el peso de su cuerpo sobre la pierna mala.

«¿Duele?», me habría gustado poder preguntarle.

No lo hice.

Pierce subió a guardar la cámara, volvió, se sentó de nuevo y empezamos los dos a leer el resto del periódico y a charlar de cosas intrascendentes mientras iba avanzando la tarde.