Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 3) 24 de agosto
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24 de agosto

Me desperté desorientada. Mi mente cansada estaba llena a rebosar del material del que están hechos los sueños.

(Ah, Shakespeare, estás en posesión de todas las palabras).

Miré a mi alrededor y descubrí en la buhardilla los vestigios de todo lo sucedido ayer: los zapatos tirados de cualquier manera en el suelo, el precioso vestido del que había conseguido salir con la ayuda de una aguja de ganchillo, mi ridículo.

En mis pensamientos confusos flotaban imágenes de mi tía, los gemelos Brookstone, Islington.

Y la chaqueta de Niall Pierce doblada sobre la estantería.

Al verla, la resurrección fue instantánea. Me desperté por completo.

Muerta de vergüenza.

¿De verdad había creído que…?

Volví a leer la entrada de anoche.

Una auténtica ridiculez.

Qué tonta. De todas formas, yo no lo habría querido.

Era la hora de las brujas, simplemente eso.

De ninguna manera habría besado a Niall Pierce. Ni siquiera se me había pasado por la cabeza se me había pasado muy seriamente por la cabeza. Qué sandez… y qué alivio no haberme dejado llevar por el momento.

Soy su casera. Y él es mi inquilino.

Por mucho que haya entre nosotros amistad y utilización del nombre propio.

Estoy segura de que hay Leyes contra esas cosas.

Y, si no, al menos hay Normas.

Además, tal y como Agnes me hizo notar hace unos días, no sé nada de él excepto lo siguiente: es fotógrafo de guerra.

Vivió en Nueva York. Tiene amigos raros.

Cojea. El gobierno británico no es de su agrado.

Le gusta una estancia bien ordenada. Y ocupa el espacio de manera distinta a cualquier otra persona que conozco.

Sí, señor Pierce, reconozco que es usted una persona especial.

Pero pensar en cualquier otra cosa es absurdo.

Respetabilidad Plebeya. Eso es lo que andamos buscando.

Y, como muestra de buena fe hacia tales objetivos, tengo intención de bajarle la chaqueta esta mañana haciendo gala de la indiferencia de los atareados.

Más tarde

Después de prepararme delante del espejo —me peiné de forma muy sencilla, pensando en un encuentro menos mágico—, bajé con la chaqueta y sentí una combinación de alivio y miedo al oír que Pierce estaba trabajando en el estudio.

Llamé a la puerta.

Respondió: «Adelante».

Abrí la puerta y entré.

Y resultó que no tendría que haberme preocupado por si lo de anoche pudiera haber tenido algún efecto sobre él.

De pie en el otro extremo de la sala, clasificando una montaña de papeles que había sobre el aparador, me repasó con la mirada de un modo tanto profesional como impersonal.

—Buenos días.

Y continuó con sus papeles.

—Buenos días. —Levanté el brazo sobre el que llevaba la chaqueta doblada—. Vengo a devolverle esto.

Ni siquiera una segunda mirada. Solo un:

—Ah, sí. Gracias. ¿Le importaría mucho dejármela encima del sofá?

Vaya.

Quizá anoche Pierce había bebido un poco más de lo que me había parecido, pues no se hizo aparente nada que pudiera indicar un recuerdo de nuestro encuentro a medianoche.

Dejé la chaqueta sonriendo como una tonta simpática por si acaso se tomaba la molestia de mirar hacia mí.

No lo hizo.

Y, después de un «Que tenga un buen día, Pierce», salí del salón.

Pero, en cuanto volví la espalda, el sonido de papeles cesó y estoy casi segura de que me estaba mirando.

Probablemente avergonzado por mí.

Y lo que más me desagrada, aparte de mi vergüenza, es el pánico que me embargó solo de pensar que Maxwell pudiera…

Es una tontería, lo sé. Pero no puedo evitar que me siga a todas partes.

¿Y si yo quisiera…? ¿Y si solo creyera que quiero eso, pero solo pudiera pensar en Maxwell?

¿Pero solo pudiera imaginarme a Maxwell?

Ay, Dios mío, Emma, ¡cálmate!

Es hora de redoblar mis esfuerzos.

Latín, Emerson y nada más.

Más tarde

Ayer era 23.

Me olvidé de encender una vela por mi padre.