Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 3) 25 de agosto
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25 de agosto

Acabo de terminar de limpiar a fondo la buhardilla oeste.

Incapaz de dormir después del amanecer, decidí que quitar el polvo y ordenar un poco nos vendría bien tanto a la buhardilla como a mí.

Teobaldo estuvo merodeando por allí todo el rato, observando mi quehacer como el capataz de una fábrica.

(No es que yo sepa mucho de fábricas, salvo por esos espantosos romances que salpicaban las lecturas clandestinas en Fortitude, escuela preparatoria para señoritas).

Cuando me miré en el espejo, descubrí una limpiadora, con el pelo recogido con un trapo, mi vestido viejo necesitado de un buen lavado y la cara manchada de mugre.

Y justo ahora llega Parian; oigo que sube por la escalera.

Puedo oír su voz crítica en cada paso.

Más tarde

Parian subía para decirme que, puesto que Agnes andaba retozando por Londres (creo que había ido a la carnicería), le correspondía a él la tarea de comunicarme que él me requería.

Él.

—¿Él? —pregunté—. ¿El primo Archibald?

Eran poco más de las nueve y media de la mañana y ni siquiera me imaginaba que pudiera estar ya despierto.

—No. —Parian sorbió por la nariz—. El otro Él.

Y se marchó. Él, Parian. No Él, El Otro.

Bien, es posible que Pierce me haya visto en mi versión más encantadora, pero también me ha visto llorar. Por lo tanto, no voy a preocuparme por mi aspecto actual. Él tendrá que aceptarlo. Igual que yo.

Más tarde

Ay.

Ay de mí.

Maldición.

Él no es Pierce.

Ando aturullada de un lado a otro, lavándome la cara, recogiéndome como puedo el pelo e intentando recordarme que, si pongo a Parian de patitas en la calle, no me tocará otra que ocuparme personalmente del primo Archibald.

Más tarde

Acabo de pasar la última hora paseando por el parque con Isling­ton, el duque de.

No era mi intención.

Porque el Él que se presentó en Lapis Lazuli era nada más y nada menos que Roland Sutherland, dios Sol lisiado.

Cuando entré en el salón, limpiándome las manos con la tela de la falda, no esperaba encontrarme con la perfección humana de pie delante de la chimenea, sombrero en mano y brazo en cabestrillo.

—¿Emma Lion? ¿Eres tú? ¡Vas hecha una porquería!

Podía o bien admitir mi aspecto vergonzoso o bien llevar la situación con obstinada dignidad.

Me decanté por lo último.

—Me has visto cubierta de barro, Roland. Un poco de suciedad no debería sorprenderte. Grandes cosas están por llegar que exigen algo de trabajo por mi parte.

—Sí, pero… —Y sonrió de oreja a oreja—. Cuando uno tiene cinco años siempre cabe esperar un poco de barro.

—Por supuesto, igual que acabar con un brazo en cabestrillo. Basta con verte.

Le daba el aspecto de un héroe. Replicó con engreimiento:

—¿Cómo si no voy a atraer a las damas?

—Oh, no temas, que eso lo conseguirás igualmente —observé—. Y ahora cuéntame: ¿a qué has venido? ¿A tomar el té?

—A pasear por el parque antes de que la tarde se ponga demasiado calurosa. Esperaba que estuvieras lo bastante presentable como para acompañarme.

—Quizá nunca estaré lo bastante presentable como para ser vista en tu magnífica compañía. Pero, de todos modos —dije haciendo una reverencia—, concédeme diez minutos para intentarlo.

Llamé a Agnes, que ya estaba de vuelta, para que me acompañara. Subí las escaleras, me despojé del vestido sucio, me lavé como pude con agua de la jofaina, me recogí el pelo alborotado y, con la ayuda de Agnes, me puse uno de mis vestidos de tarde y un sombrero.

Sin que me diera tiempo a impedírselo, Agnes me pellizcó las mejillas.

—¡Agnes! —grité—. ¿Por qué haces eso?

—Solo porque pensaba que así tendría un poquito más de color. Dice mi madre que…

—Tu madre está muy equivocada si te dio un consejo así. Anda, lárgate. Y no vuelvas a hacer eso nunca más.

Agnes corrió escaleras abajo y me miré en el espejo para evaluar los daños. Decir que el color de mi tez había mejorado no viene al caso.

El suceso importante se produjo solo instantes después de haber iniciado nuestro paseo.

Estaba contándole a Roland cómo había pasado el último mes de verano cuando un grupo de chicos, jóvenes en realidad, vino hacia nosotros gritando y jugando.

Las miradas de desaprobación de señoras y caballeros no sirvieron para detenerlos me fastidiaron de verdad.

Pensé que había que dejarlos tranquilos, que se divirtieran y siguieran jugando hasta que, al pasar corriendo por nuestro lado, uno de ellos tropezó ¡y cayó justo encima del brazo fracturado de Roland!

Él se apartó, muerto de dolor, y justo entonces recibió otro golpe que casi le hizo caer al suelo.

Apoyándose en la mano derecha, Roland logró recuperar el equilibrio, aunque, por la tensión de su mandíbula y la impresionante retahíla de palabrotas que se esforzó por contener —una lástima, porque estaba aprendiendo algunas novedosas—, era evidente que el dolor que sufría era intenso.

Los chicos se marcharon corriendo a toda velocidad.

Y, antes de que me diera tiempo a intervenir para ayudar a Roland a incorporarse, lo hizo otra persona.

—Tranquilo, Sutherland.

Y allí estaba Islington.

Con expresión impasible, estudió el codo de Roland y evaluó la expresión de dolor con sus ojos de color avellana.

—¿Duele mucho?

Roland empezó a negar con la cabeza, de modo que dije:

—Por supuesto que duele. Mire lo pálido que está.

Fue entonces cuando Islington se dio cuenta de que la que estaba dando su opinión era Emma M. Lion.

Emitió un sonido extraño, una especie de ruido que salió por su boca cerrada como queriendo decir: «Normal que Emma M. Lion esté presente en la escena del crimen».

—Señorita Lion.

—Islington.

—¿Ha sido usted la que lo ha empujado?

Lo fulminé con la mirada hasta que volvió a volcar su atención en Roland.

—No es nada —intentó decir Roland.

—¿Es reciente la fractura? Debería ir a que le viera un doctor. ¿Dónde tiene el carruaje?

—He venido andando. Emma y yo estábamos… No es nada, de verdad. Simplemente necesito recuperar el aliento.

Aquello se estaba convirtiendo en una exhibición de terquedad estupidez masculina en su máxima expresión.

Y al parecer Islington pensó lo mismo.

—Miren, ahí están lord y lady Crane en su carruaje. —Y entonces Islington hizo algo de lo más inesperado: gritar en público—. ¡Hola! ¡Crane! ¡Hola, estamos aquí!

Roland, esbozando una mueca de dolor, intentó resueltamente no llevarse la mano al brazo lesionado. Y los dos nos quedamos viendo cómo Islington abordaba el carruaje y señalaba hacia Roland.

—No tenía ninguna necesidad de hacer eso —dijo Roland claramente tenso—. Pero es un tipo condenadamente bueno —inspiró hondo con dificultad— cuando juega a las cartas.

Momento en el cual el tipo condenadamente bueno nos hizo señales con las manos para que nos acercáramos.

La situación se resolvió estupendamente. Lord Crane y Roland frecuentaban el mismo club, al parecer, y Crane se mostró más que dispuesto a ayudar. Quedaron en que llevarían a Roland hasta su casa y llamarían al médico.

—Pero antes debemos acompañar a la señorita Lion a casa —insistió Roland.

—No, no, de ninguna manera, Roland. Lady Crane se encargará de que te atiendan, no te preocupes por mí. Ya hablaremos mañana.

Lord Crane no es nada guapo.

Roland es divino.

A lady Crane no pareció molestarle en absoluto tener que acudir al rescate de Roland.

—Pero Emma…

—Vamos, Sutherland. Ya acompañaré yo a casa a la señorita Lion. Usted ocúpese de su brazo —insistió Islington.

Y con eso se llevaron a Roland, que miró hacia atrás y levantó la mano buena en señal de despedida, como la heroína de un romance desesperado que dice adiós mientras el héroe contempla cómo su verdadero amor se aleja.

Reí por lo bajo solo de pensarlo e Islington me miró de reojo, aunque no dijo nada.

—¿Volvemos a Lapis Lazuli House, señorita Lion? —dijo recolocándose los guantes.

—Oh, no, acabo de llegar —respondí—. Vaya usted. No a Lapis Lazuli House, por supuesto. Sino al lugar de donde haya venido. Tengo ganas de distraerme un poco. No hace todavía demasiado calor y hay que aprovecharlo.

Pero, en vez de marcharse, Islington asintió servicialmente y empezó a caminar a mi lado.

Y paseamos. No hubo mucha conversación, pero Islington parecía satisfecho con que fuera así. Preguntó por el primo Archibald, a lo cual le respondí:

—Sigue aún encamado, pero espero que pronto pueda comenzar a andar con la ayuda de un bastón.

—¿Y es casualidad que él se haya fracturado una pierna y Sutherland, su acompañante de hoy, se haya fracturado un brazo?

Este hombre tiene ideas fantasiosas sobre mis poderes.

—¿Qué está usted insinuando, Islington?

—Nada, salvo que podría decirse que todos aquellos que la rodean acaban encontrándose en, ah, situaciones apuradas.

—¿En situaciones apuradas?

—Sí, en situaciones apuradas de las que resulta complicado salir.

—Ah —repliqué.

Intuyó, en mi tono de imitación, cierto sentido de mofa.

Y no se equivocaba.