Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 3) 23 de agosto #3
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23 de agosto #3

No lo hizo.

Más bien me dio la impresión de que disfrutaba entregándome a mi maldición. Y, con una sutil inclinación de cabeza, desapareció entre la muchedumbre. Cuando tía Eugenia llegó a mi lado, el duque de Islington había quedado reducido a un sueño.

Me veo obligada a confesarlo: ese hombre sabe lo que es bailar el vals.

—¡Emma! —dijo entre dientes cuando llegó a mi lado—. En nombre del cielo, ¿qué crees que estás haciendo?

—Estaba bailando, tía.

—Eso ya lo he visto. ¿Con quién?

Atenea, siendo como era la diosa de la sabiduría, consideró prudente mantener el nombre y el título de Perseo lejos del alcance de la gorgona.

—Un conocido, eso es todo.

—Nunca debiste bailar con un hombre con ese aspecto, Emma.

—¿Le has visto la cara?

—No, no con claridad. Pero su persona desprendía sin duda un aire de buena cuna y, en general, de atractivo. Mediocridad, eso es lo que espero de ti hasta que Arabella esté casada.

—¿Y entonces?

—Respetabilidad Plebeya.

—Qué esclarecedor, tía. Mi vida futura suena a auténtico triunfo.

Fue entonces cuando los Brookstone fueron directos hacia Arabella y me vi despachada con la misión de interceptarles el paso.

Al final no hubo tiempo para ir en busca de la biblioteca, pero, para resumir, me lo pasé muy bien.

Mi ventana y media está abierta y me parece haber oído el chirrido de la puerta de entrada al abrirse. Hay que engrasarla.

Bajaré a investigar antes de quitarme el vestido.

Quizá Parian no la ha cerrado por completo. Su pereza es casi monumental.

Más tarde

Acabo de vivir una experiencia de lo más irreal.

No sé muy bien qué pensar al respecto.

Ha sido como…

Bueno, ha sido como uno de los cuentos de hadas de mi padre.

Me recogí la falda con una mano y bajé con cuidado las escaleras, descalza y sin la luz de ninguna vela.

Cuando llegué al vestíbulo, la puerta de entrada estaba abierta de par en par, como si alguien hubiera olvidado cerrarla.

Me quedé allí un rato, disfrutando de la calidez de la noche.

El aire era más suave de lo que recordaba cuando había llegado a casa, una hora antes.

Y, siendo como soy buena hija de irlandés, salí a la calle.

Reinaba el silencio. En Whereabouts Lane no había un alma.

Las farolas se encontraban encendidas, pero todas las ventanas estaban oscuras.

Casi esperaba que se me apareciera El Romano.

Entre los jardines traseros de Whereabouts circulaba una brisa que levantó unas pocas hojas veraniegas y las arremolinó calle abajo.

Y entonces vi una figura que subía desde King Henry’s Road. Una forma oscura al principio. Hasta que no reconocí la cojera no deduje que se trataba de Pierce.

Avanzaba entre los círculos de luz proyectados por las farolas, con la chaqueta sobre un hombro. Y hasta que no estuvo a veinte pasos de distancia de mí, no levantó la cabeza y me vio.

No dijo nada. Simplemente se detuvo y se quedó más de un minuto pensando antes de continuar caminando lentamente hacia mí.

Fue una experiencia extremadamente sensorial, si acaso esta es la palabra correcta: el sonido de sus pasos sobre la acera, el aroma dulzón de un aire que no suele ser el habitual en Londres, la presión del pavimento contra mis pies descalzos.

Cuando llegó a mi lado y trazó un semicírculo a mi alrededor, sin que sus ojos se perdieran ningún detalle, todos mis pensamientos relacionados con el baile, los gemelos, Arabella e Islington se evaporaron.

Creo que nunca me habían mirado de aquella manera en toda mi vida. Fue una mirada envolvente, honesta y, en cierto sentido, reverencial. Pierce olía de maravilla, y moví la mano solo un poco, como si quisiera tocarlo, como si dudara de que fuera de carne y hueso.

Sé que suena ridículo, pero fue todo muy extraño.

Y entonces, cuando nuestros hombros estaban a punto de tocarse, Pierce se detuvo.

—¿Qué brujería anda tramando en una noche como esta?

Fue un momento digno de Shakespeare. O digno de Words­worth.

Digno de cualquier poeta, en realidad.

Y lo único que se me ocurrió decir fue:

—Estaba cerrando una puerta.

Pierce ladeó la cabeza y esbozó a la vez una media sonrisa.

—Pero las puertas feéricas nunca se cierran del todo, ¿verdad?

Y por un momento… yo… casi… No fue intencional ni premeditado. Solo que, al mirarlo, casi me pregunté si él…

Y entonces los monjes empezaron a cantar.

Los monjes. En Jacob’s Well.

Cantos gregorianos en armonía con la brisa.

Dirigimos los dos la vista hacia la calle de donde venía el sonido. El hechizo que nos envolvía no se rompió. Cambió, más bien. Pierce se volvió. Y nos quedamos los dos el uno junto al otro, contemplando la oscuridad.

Me estremecí, aunque no de frío, pero él igualmente cogió su chaqueta y me la puso sobre los hombros, trayendo consigo el aroma a tormenta y almizcle.

Pasamos un cuarto de hora en silencio.

Y entonces:

—Es tarde.

Fue lo único que dijo. Me miró una vez más, su rostro a gusto entre las sombras, y se apartó de mí. Instantes después, él cruzaba su puerta y yo volvía a estar sola en la calle.