23 de agosto #2
Fue un cambio de guion confuso. La promesa de una biblioteca de Belgravia borrada al instante por una invitación a bailar.
Fue justo en ese momento cuando sentí la mirada de adoración de Charles Goddard desde el otro lado del salón.
Había hecho un esfuerzo tremendo por evitarlo y no estaba dispuesta a echarlo todo a perder.
—Mire lo que ha hecho, Islington.
—¿Qué he hecho?
—Charles Goddard. Esa jirafa viene directa hacia nosotros. Mi Pretendiente No Pretendido, si no me equivoco.
La fachada de Islington se resquebrajó y dejó entrever algo de confusión por su parte.
—¿Está diciendo que ese hombre es su prometido?
—Desde luego que no —repliqué—. He dicho que era mi pretendiente no pretendido . En ningún momento he dicho que esa sea mi intención. Pero mi tía, después de otra Temporada de humilde servitud a sus planes maquiavélicos, estaría feliz viéndome casada con él y teniendo hijos muy altos.
—Las amenazas a las que se enfrenta son muy reales, señorita Lion.
—Cada día que pasa es una prueba para mi supervivencia. ¡Cielos! Veo que ha logrado sortear esa aglomeración de viudas. Ahora ya no habrá quien lo pare. Prepárese para una conversación de lo más sosa con un chaleco.
Islington, debo admitir, es la elegancia personificada cuando se encuentra ante una situación difícil. Ni siquiera pestañeó. Y antes de que Charles Goddard pudiera acercarse lo suficiente como para reclamar mi atención, me tomó por el brazo y salimos a bailar el vals.
—Bien hecho —declaré, perpleja ante tan heroica intervención.
—He lidiado con un buen número de pretendientes no pretendidos, señorita Lion.
¿Sería verdad? Ladeé la cabeza.
—Y yo que pensaba que sus talentos había que encontrarlos en la escritura y en la intimidación en general.
Islington, guiando el baile con una confianza digna de admiración, esbozó una mínima sonrisa.
—Pues ya que lo menciona, le encantará saber que he invertido en una pluma blanca, que he colocado sobre mi diario. Todas las demás las he desterrado a Stonecrop.
—¿Stonecrop?
—Mi casa de campo.
—Qué aristocrático. Mi casa de campo está en el jardín trasero de Lapis Lazuli.
Su expresión se ensombreció un poco.
No debería haberlo dicho, supongo. Aunque solo era para poner un toque de humor.
Pasado un instante, dije:
—Es encantador.
—¿Perdón?
—El nombre. Stonecrop. ¿Dónde está?
—En Derbyshire.
Era quizá demasiado pedir abstenerme de hacer cualquier referencia literaria. Lo intenté, pero mi cara se quedó congelada en un gesto más bien pícaro y él me respondió con una expresión de cierto fastidio.
—Adelante. Suelte su broma.
—¿Es su conducta con nosotros, en todos los sentidos, tan agradable como cuando se encuentra en Derbyshire? —solté incapaz de resistirme a la cita de Austen.
—No —me espetó.
—Supongo que ya se lo habrán dicho antes.
Islington me atrajo más hacia él mientras seguíamos girando —lo hizo con gran elegancia, y de todo se encargó él, pues yo soy una bailarina más bien mediocre— y dijo entonces:
—Me sorprende que en Fortitude, escuela preparatoria para señoritas, les permitiesen leer una novela tan demodé como esa.
—Contrabando.
—Ah.
Reí.
Y entonces, por el rabillo del ojo, vi algo bastante grande y horroroso.
—Cielos. Mire lo que ha hecho, Islington.
—Es la segunda vez que dice eso. ¿Sigue ese desafortunado joven pisándonos los talones?
—Peor si cabe. Mire por encima de mi hombro. ¿Ve ese impresionante grupo de matronas de la alta sociedad congregado allí? La del vestido plateado con pedrería es mi tía. Si nos ve bailar, caerá la maldición sobre nosotros.
—¿La maldición?
—La maldición. Es una gorgona de primera categoría.
Islington miró hacia tía Eugenia como si no le diera ningún miedo. Fue un gesto displicente, sobre todo porque justo en ese momento mi tía estaba barriendo con la mirada la totalidad de la pista de baile.
—Cuidado —murmuré—. Le convertirá en piedra.
—He lidiado con un buen número de gorgonas, señorita Lion.
—¿De verdad? Está usted hecho todo un Perseo —dije mientras él, muy hábilmente, nos conducía hacia el lado opuesto de la pista de baile.
—Perseo no transformó a la gorgona en piedra por méritos propios. Recibió la ayuda de Atenea —replicó Islington.
—Ah, ¿sí? Pues un punto para usted, Islington. No lo sabía.
—¿Como consecuencia de su educación deficiente? —preguntó en tono de burla.
—Pues supongo que sí. Los mitos paganos estaban prohibidos. Aunque conozco bien todas las Bienaventuranzas.
—Bienaventurados sean los mansos —replicó secamente Islington—. ¿Cómo descubrió entonces a Perseo?
—Por mi padre.
Islington se paró. Y me llevó un momento darme cuenta de que la música también se había detenido.
Sus brazos se relajaron de forma inesperada y a punto estuve de caer hacia atrás.
El vals había acabado.
—Su tía viene directa hacia nosotros —observó Islington sin perder la calma.
Tenía razón. Allí estaba tía Eugenia, con los brazos balanceándose, los diamantes resplandeciendo y forzándose a avanzar más rápido. Por suerte, Islington estaba de espaldas a ella y tía Eugenia no podía verle la cara.
—Márchese, Islington. Lo convertirá en piedra. Y después lo devorará.
—No me siento intimidado.
—Qué ingenuo. Me parece que no conoce a mi tía.
—Lady Spencer, creo. Y, a pesar de que no me siento intimidado por mujeres adineradas con hijas bonitas, tiendo a evitarlas. Buenas noches, señorita Lion.
Después de haber bailado tan pegados, pensé que se mostraría galante y me besaría el guante.