Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 3) 23 de agosto
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23 de agosto

En una escala del uno al diez, el baile de la duquesa de Bedford fue una fiesta de diez.

Y quiero que conste en acta que me divertí inmensamente.

No reía tanto desde hacía… Dios mío, no tengo ni idea de cuánto tiempo hacía.

¿Había visto alguna vez a Oliver y Phineas Brookstone en mejor estado de forma? Creo que no.

Y, por lo que a mi propio triunfo se refiere, puedo decir que Charles Goddard fracasó estrepitosamente en su intento de conseguir un baile, por mucho que me siguiera con insistencia por todo el salón.

¡Y no hablemos de Islington! Con qué habilidad lo gestionó todo…

Me parece que me estoy adelantando.

Se supone que un diario tiene que seguir un orden cronológico, tal y como demuestra no solo el mío, sino también el del respetable Islington.

Debo esforzarme en seguir ese orden.

Todo empezó cuando subí a un cabriolé para ir hasta casa de tía Eugenia; todo un lujo, pues sus lacayos siempre pagan al conductor.

A mi llegada, fui conducida a la habitación de Arabella.

—Aquí estás —dijo ella desde su chaise longue —. Mamá empezaba a desesperarse con la posibilidad de que, si llegabas después del té, no dispusiéramos de tiempo suficiente para ponerte presentable.

Me quité los guantes rojos y los dejé sobre la cama de Arabella.

—No tengo que estar presentable. Lo único que tengo que hacer es evitar que Phineas u Oliver Brookstone te propongan matrimonio.

—Estarás presentable. Hablarás poco o nada.

Y acatarás todas las órdenes —dijo en tono imperativo la voz de tía Eugenia, que acababa de entrar—.

Te esperaba hace una hora. Vamos, cámbiate y ponte eso que ves ahí.

—Señaló un brillante vestido de gala de color champán, una prenda muy por encima de mi nivel social—.

Y no hagas nada más hasta que la doncella haya recompuesto la totalidad de tu persona.

—Frunció el entrecejo y la línea de su doble mentón expresó idéntico desagrado—.

¡Dejo de prestarte atención durante dos días y mira lo poco agraciada que te ves!

¿Acaso tu acompañante no cuida de que no parezcas una florista del mercado?

Veo que tendré que vigilarte más de cerca.

Abrí los ojos de par en par ante la mención de la figura de la acompañante, que en mi caso tiene la amabilidad de no existir.

—Mamá —dijo Arabella reconduciendo la conversación—, confiaba en poder lucir tus diamantes azules esta noche.

—¿Los azules? No, no. Los azules son para La Temporada próxima.

Los diamantes azules hacen que los hombres incluso saliven.

Lucirás mis diamantes de lágrima, y no se hable más del tema.

Y ahora, Emma, intenta mantener la compostura.

La duquesa de Bedford tiene una hija fea y no debemos distraer a nadie de ese hecho.

—No la defraudaré, tía —contesté mientras Arabella ladeaba la cabeza con una sonrisa de aburrimiento y sus rizos dorados seguían el movimiento a la perfección.

Tomamos el té.

Tía Eugenia abandonó la estancia cuando entró la doncella.

—Tu madre piensa que mi pelo es demasiado rebelde —dije.

—Pues a mí me parece encantador, Emma. —Arabella suspiró—. Le dice con claridad a cualquier hombre lo que puede esperar.

La doncella me ayudó a desvestirme y a enfundarme el vestido de gala.

—No tengo intención de decirle nunca nada a ningún hombre, Arabella.

—Tonterías. Por supuesto que encontrarás pareja en esta vida. Creo que lo necesitas.

—¿En serio? —dije desafiante—. ¿Y me recomiendas que utilice tu estrategia? ¿Centrarme en el hombre con más dinero, más mansiones y facciones menos atractivas?

—Oh, no. —Arabella agitó la mano—. Tú te casarás con un hombre atractivo y de rostro agradable. Y así las dos disfrutaremos mirándolo. Deja lo del dinero para mí.

Refunfuñé, recelosa.

El vestido me quedaba perfecto. Jamás en la vida había llevado algo que brillara tanto, y reconozco que me gustaba muchísimo. Benditos sean Phineas y Oliver Brookstone. Quizá en el futuro los utilice para aumentar mi guardarropa.

La luz de las ve…

¡¡¡!!!

¡De pronto, cayó una araña sobre el papel! Dios mío. Un escalofrío me recorrió la espalda entera. Cerré de golpe el diario —claro está— y tuve que ir corriendo a buscar un pañuelo para retirar los restos. Quiso la suerte que la araña conociera su fin sobre las palabras de tía Eugenia.

De lo más apropiado.

Estoy divagando.

La luz de las velas de la habitación de Arabella hacía que mi aspecto fuera casi cautivador, y el hecho de que me hubiera peinado su doncella parisina le daba un je ne sais quoi al resultado general.

Incluso tía Eugenia, al verme, aspiró levemente por la nariz en un gesto que no era para nada de desaprobación.

Mientras Arabella descansaba, me vi sometida a tres horas de enérgica formación sobre los hombres cuya atención debía encargarme de dirigir hacia Arabella.

Aquello casi acaba conmigo.

Cuando Arabella se despertó, todo el mundo bailó a su alrededor hasta conseguir que resplandeciera con perfección.

Y entonces nos pusimos por fin en marcha.

Todas mis experiencias y expectativas previas sobre cómo debía de ser un baile se fueron por completo al traste.

¿Belgravia House? De una belleza devastadora.

Recorrí estancias refulgentes consciente de que ni todo el dinero de mis cuentas bancarias habría servido para pagar tantas velas y, mucho menos, tal cantidad de cristal, flores, música.

Los trajes de los caballeros. Los vestidos de las damas…

Todo era de primera categoría.

Tardé poco en localizar a los gemelos Brookstone y amenazarlos diciéndoles que, si no me dejaban disfrutar de la velada, me encargaría personalmente de llenarles la cama de serpientes.

—Espera un momento, cabeza loca —dijo Oliver con una sonrisa—. No desperdiciarás la noche teniéndonos que seguir por todos lados, pero no estaría nada mal hacerle creer a tu tía que somos un par de revoltosos.

—Que tu tía se piense que nos estás controlando. Y de verdad te decimos que serás libre para hacer lo que te apetezca —añadió Phineas—. No te fallaremos, Emma.

Y no me fallaron.

Phineas y Oliver Brookstone son las personas más graciosas que conozco, y sus observaciones son tan afiladas que creo que me resultaría arriesgado beber algo en un lugar desde donde pudiera escuchar sus bromas.

Había oído decir que, cuando ríes muy fuerte, es posible que el líquido se te vaya por la nariz.

Pues resulta que ya comprobé la teoría.

Los gemelos tuvieron una actuación perfecta, mostrando su exaltada intención de abordar a Arabella siempre que tía Eugenia —con los ojos casi saltándosele de las órbitas— dirigía su mirada hacia ellos, mientras yo representaba mi papel posándoles la mano en el brazo para retenerlos y fingiendo que los distraía.

Todo salió estupendamente. E incluso bailé con ambos. Dos veces.

Y en cuanto a la sagrada tarea que se me había encomendado, los Caballeros de la Lista, nueve en total, fueron fáciles de gestionar.

Arabella atrajo la mirada de todo el mundo a lo largo de toda la velada y no me resultó en absoluto difícil garantizar la repetida atención de los caballeros en cuestión.

Lord George West fue el que más me costó; no paraba de dar vueltas, deslumbrado no por las luces, sino por las mariposillas nocturnas que pululaban a su alrededor.

Hasta que no le comenté que la tonalidad rosa brillante del vestido de Arabella era idéntica a la de un guisante de olor que había visto en una ocasión en Bournemouth, no fui capaz de atrapar su atención.

Eso sí, solo después de que me pidiera la localización exacta de dónde lo había visto y sacara del bolsillo una libretita para tomar debida nota.

Le solté la primera dirección que me pasó por la cabeza de aquel sombrío lugar y después me escondí en un pasillo, riendo solo de imaginármelo saltando a hurtadillas al jardín de la prima Matilde. Se darían mutuamente un buen susto.

En un momento dado de la noche, tía Eugenia me acusó de exhibir Excesiva Jovialidad, algo inaceptable en mi papel de Contrapunto de Arabella.

—¡Soy su contrapunto, tía! ¡Arabella es la heroína y yo soy la tonta graciosa! —repliqué sonriendo después de que me sorprendiera llorando de risa por algo que Oliver había dicho sobre la marquesa de Gainsbourg.

—Quiero que seas el contrapunto pobre, la que inspira lástima, Emma. ¡Cesa de inmediato de mostrarte tan feliz contigo misma!

Suspiro.

Después de varias horas y de una docena de bailes, y mientras contemplaba el deslumbrante espectáculo, descubrí que tenía un duque instalado a mi lado.

Supongo que son cosas que pasan en Belgravia.

—Señorita Lion.

—Islington.

Iba tan acicalado como cualquiera de los demás hombres presentes —lo cual no era poca cosa—, mantenía la espalda erguida hasta rozar la rigidez, no llevaba ni un pelo fuera de lugar y sus ojos de color avellana estaban en ese exasperante punto intermedio entre el apego y el desapego.

—¿Me permite expresar cierta sorpresa por verla en el baile de la duquesa de Bedford? No me suena como una de sus invitadas habituales.

Fue ligeramente insultante. Podría haber empezado con, por ejemplo, «¡Cómo resplandece su vestido!».

En fin.

Por suerte para él, estaba yo de muy buen humor.

Cuando abrí la boca dispuesta a decir algo inteligente, Islington añadió:

—Normalmente, sus invitados carecen de cierta energía que usted parece poseer en abundancia, es solo eso.

—¿Y se supone que eso es un cumplido?

—Por supuesto. —La sonrisa con la que el duque acompañó sus palabras fue controlada—. Muchos de sus conocidos son políticos.

—Políticos, ¿en el sentido de…?

—Estirados. Aburridos. Fatuos. —Miró alrededor del resplandeciente salón—. ¿Ha visto la biblioteca?

—No.

—Pues debería verla alguna vez. ¿Le apetece un baile?