21 de agosto
Esta mañana recibí una visita. Una visita Ilustre, para colmo.
Estaba arriba con Frases en latín para los impenitentes cuando Agnes tuvo la osadía de anunciar:
—Tiene visita, señorita Lion. Lo he hecho pasar al salón. Y le he ofrecido té. Y pastel. Y un poco de ese pegajoso pudin de toffee .
Tenía las mejillas sonrosadas. Los ojos brillantes. Resplandecía con el fulgor de diez mil soles. El conjunto era una prueba irrefutable que apuntaba hacia cierto duque.
—Enseguida bajo, Agnes. Y no andes merodeando por allí.
Me acerqué sigilosamente al salón de recibir; una forma alternativa de decir que me agaché y miré por el ojo de la cerradura. Emma M. Lion, una adulta extraordinaria.
Islington estaba instalado en la esquina más alejada del sofá verde. Las piernas cruzadas, el codo descansando en el reposabrazos del sofá, una mano apoyada en el lateral de la cara. Su mirada ducal estaba centrada distraídamente en el sillón rosa situado delante de él.
Es indiscutible. Todos los hombres que conozco se apoderan de mi sofá verde con una facilidad que resulta admirable.
Me enderecé, hice mi entrada y le ofrecí lo que consideré un saludo perfectamente razonable.
—Islington. Es usted un amante del sufrimiento.
Me miró, se levantó, me ofreció una reverencia cortés, aunque sin palabras de por medio, y volvió a sentarse cuando yo lo hice, recuperando su postura de comodidad controlada.
—Señorita Lion. Espero que se encuentre bien esta mañana.
—Me encuentro muy bien, ¿y usted?
—También, gracias.
—Me ha dicho Agnes que ya le ha ofrecido un té. Y pastel. ¡Y un poco de su pegajoso pudin de toffee ! Confío en que no se haya sentido abrumado.
Los ojos de color avellana de Islington miraron hacia la puerta.
—Su casa es muy generosa. Y no se tome a mal, por favor, el haber declinado el ofrecimiento del pudin de toffee .
—¿Debo entender entonces que sí ha aceptado el pastel?
Con un parpadeo lento y esa expresión de control tan típica de él, Islington replicó:
—¿Y quién no querría pastel?
Como si con esa frase acabaran de darle la entrada, Agnes llegó en aquel momento con un carrito para el té anticuado que debía de haber encontrado en algún rincón olvidado de Lapis Lazuli House.
Estaba limpio, pero chirriaba a más no poder.
Aplaudo a Islington por haber sido capaz de mantenerse inexpresivo, porque yo no pude.
—¡Cielos, Agnes! ¿Dónde has encontrado este dragón?
Agnes, inconsciente del jaleo que estaba montando, miró al duque —y no miento— con ojos velados.
—Solo lo mejor, señorita Lion.
Y. No. Miento.
Solo lo mejor.
¿En qué estaría pensando esa chica?
Su Gracia esbozó una sonrisa de circunstancias que se prolongó durante los dos segundos en los que Agnes se atrevió a mirarlo a la cara. Se lio para servir el té. Se entretuvo demasiado tiempo. Y yo lo único que deseaba era perderla de vista.
—Deja, ya lo hago yo, Agnes. Sí, mejor deja aquí el carrito. Es encantador. Sí. Mucho. Gracias, Agnes. Es el mejor té que se ha visto en esta casa.
—Gracias, señorita —dijo Agnes casi sin aliento.
Se marchó después de hacer una reverencia exagerada. Me sentí cruel por separarla del objeto de sus recién descubiertos afectos.
Islington no dijo nada. Preparé dos tazas de té y corté dos porciones de un delicioso y esponjoso pastel.
Comimos en relativo silencio. Creo que durante aquel rato estuvimos evaluándonos mutuamente. Estudiando la situación.
Debo reconocer que Islington subió puntos en mi estima por el modo en que presionaba con el tenedor las migas que quedaban en el plato: una actitud controlada pero ausente al mismo tiempo. Cuando tomó la palabra, no fue para hablar de lo que yo me esperaba.
—¿Qué tal está su amigo, el señor Hollingstell? —preguntó de pronto Islington.
Empecé a preparar una segunda taza de té para cada uno.
—No tengo ni idea. Hace casi un mes que no lo veo. ¿Por qué lo pregunta?
El duque carraspeó un poco para aclararse la garganta.
—Porque lo vi la otra noche.
No era mi intención mostrarme tan sorprendida.
—¿Dónde pudo haberlo visto?
—En la ópera. En el momento en que me quedé solo, accedió a mi palco.
—Eso va en contra de mis reglas —espeté tontamente.
—Ah —repuso él como si me hubiera pillado desprevenida.
Ah.
Exasperante. Qué hombre más exasperante.
Me miró directamente y siguió hablando:
—Hollingstell me dio a entender que está usted dispuesta a jugar con fuego por mí. Y que por eso tiene que dejarme en paz. Quería saber por qué. —Hizo una pausa antes de añadir—: Y también quiero saberlo yo.
—Oh, Jack, qué tonto —murmuré. Y a continuación—: Usted, Islington, no ha sido elegido especialmente: Jack y yo hicimos un trato. Y al haber entrado usted en mi círculo, se beneficia del mencionado trato, igual que mis demás asociados. No es que sea usted especial.
—Me alivia saberlo.
Me quedé blanca.
—No lo decía en ese sentido. Sin duda alguna, usted debe de ser la persona más especial del mundo para alguien. Lo que quiero decir es que hice un trato con Jack, el señor Hollingstell, porque es una serpiente malévola, por mucho que le guste darme de comer pasteles.
El duque se quedó atónito con la mención de los pasteles.
Supongo que debería haberle aclarado que Jack nunca me había «dado de comer» en la boca.
Pero Islington no buscó ningún tipo de aclaración al respecto, sino que preguntó:
—¿Qué trato hicieron?
—Eso es asunto mío.
—Es evidente que no —replicó—. Ahora formo parte del tema. Esa serpiente suya encontró la manera de acceder a mi palco.
—Usted no forma parte de nada —dije—. Yo sí. Usted es un bendito ignorante. Jack simplemente andaría merodeando. Le llamaré la atención al respecto.
Se rio entonces. Su risa, pulida y ensayada.
—No la necesito para que me proteja de nadie —declaró, como si su palabra fuera ley.
—¡Estoy totalmente de acuerdo! Excepto de Jack.
Podría decirse que fue un acuerdo al por mayor, Islington.
Que incluía a todos mis conocidos. Jack dejaría a mi gente en paz y a cambio yo…
Bueno, el caso es que llegamos a un acuerdo.
De haber llegado a dicho acuerdo hace un mes, usted no habría quedado incluido.
Y Jack habría tenido libertad para desplumarlo hasta dejarlo sin una libra.
Por desgracia, el destino parece que me la tiene jurada.
En Lapis Lazuli House no hay manera de escapar del humor cósmico.
Extendí las manos: un gesto pensado para dar credibilidad a mi afirmación.
Islington ladeó ligeramente la cabeza y en su rostro se dibujó una dura sonrisa de incredulidad. Y entonces dijo, y cito textualmente:
—O bien una amistad con usted es lo más increíble del mundo, señorita Lion, o bien está usted delirando. ¿Cuál de las dos cosas es cierta?
Una pregunta injusta, me pareció.
¿Acaso no hay espacio para un poco de las dos cosas?
—Dejo en manos de su sabiduría resolver esa cuestión, Islington.
Soltó una media carcajada y se levantó.
Seguí su ejemplo.
Agnes había dejado el sombrero y los guantes de Islington en la mesita, de modo que se los di. Mientras se los ponía, dijo:
—Le ruego, por favor, que en el futuro me mantenga alejado de…, ah, ¿cómo lo diría yo? Sí, de los asuntos de los bajos fondos.
Me contuve y conseguí no esbozar una mueca. Pero fue por los pelos.
—Lo intentaré.
—Y ya que tan caballerosamente se ha encomendado la tarea de protegerme de la amenaza que representa el señor Jack Hollingstell, un nombre que a buen seguro no es el suyo, le rogaré que mantenga la espada afilada.
Y le ruego, asimismo —y debajo de su lustre ducal vislumbré cierta sinceridad—, que venga a verme si necesita ayuda.
Estrictamente como humilde escudero de su gloriosa condición de caballero.
No repetiré el error de insinuar que no es usted capaz.
Y antes de que a Agnes le diera tiempo a salir de la cocina, Islington cruzó el recibidor y salió por la puerta.
—¿Ya se ha ido, señorita?
—Se ha ido, Agnes.
Suspiró.
Yo no.