20 de agosto
Animorum Impulsu et coeca magnaque cupidine ducti.
Guiados por el impulso de las almas y por una gran pasión ciega.
La sonrisa dibujada en mi rostro solo podría describirse como estúpida. O ebria. O ambas cosas.
Pero no por el vino. Sino más bien por el latín.
Para ser concretos, por un pequeño libro de color negro, lo bastante grueso como para prometer felicidad.
La mañana transcurrió tan bien como cabría esperar.
El doctor Fairchild llegó para ver qué tal seguía el primo Archibald.
Y consideró necesario que yo estuviera presente.
Por mucho que yo no lo considerara necesario.
Por mucho que Archibald tampoco lo considerara necesario.
Pero el doctor Fairchild lo consideró necesario y por eso permanecí con cara de mal humor en un rincón mientras la figura postrada en la cama se secaba el sudor de la cara y hablaba sobre los abusos intencionados que yo había infligido sobre su persona.
(Lo cual es categóricamente falso, puesto que Parian ha actuado como intermediario durante toda la semana pasada y yo no he tenido oportunidad alguna de infligirle a Archibald algún tipo de abuso, intencionado o no).
Y, hablando de Parian, estuvo también presente durante la visita, con cara de mal humor junto a la cama, a la espera de que el doctor Fairchild terminara su exploración y dispuesto a ofrecer su cuerpo de comadreja a modo de apoyo en el caso de que Fairchild le diera a Archibald orden de levantarse.
Entre todos los presentes, había una cantidad importante de mal humor acumulada.
Después de un examen concienzudo, Fairchild anunció que el primo Archibald tendría que esperar hasta primeros del próximo mes —es decir, diez días— antes de empezar a caminar con ayuda.
El alivio que reflejó el rostro del primo Archibald se hizo evidente, por mucho que nos reprendiera con rotundidad a Fairchild, al Joven Hawkes y a mí por las muchas injusticias de su situación.
—El Joven Hawkes no tiene nada que ver con tu estado actual —le dije desde mi rincón seguro.
No podía lanzar platos ni vasos hasta la esquina más alejada de la cama, una hipótesis que los miembros de la comunidad científica de Lapis Lazuli House hemos tenido amplia oportunidad de verificar y confirmar, aportando al mundo un dato nuevo e imborrable.
—¡Hawkes me debe una visita! ¡Tengo quejas que presentarle! ¡Hace muchísimos días que no lo veo!
—Su ministerio abarca bastante más que los viejos amargados.
—Eres…
Pero no llegó a revelarse lo que iba a decir, ya que Fairchild carraspeó levemente y anunció que volvería en una semana.
Mi productiva mañana incluyó quitar el polvo de la buhardilla, de la totalidad de la cuarta planta y del salón de recibir, seguido todo ello por una hora en la ventana y una breve charla con la señora Morrow desde la susodicha ventana.
Me contó que anteanoche el hijo del señor Able había visto a El Romano en Baron’s Square, al lado de la fuente de Perseo y Medusa.
—Hay que ver lo culto que es el fantasma —comenté.
—Imagino que solo finge saber de qué va aquella historia, como todos nosotros —fue su respuesta.
Me resulta sospechoso que no haya aprendido aún nada sobre la mitología griega. No tiene otra cosa que hacer.
Almorcé en la sala del desayuno, algo que a Agnes le pareció muy gracioso.
—Me parece que se ha equivocado de hora, ¿sabe?
Reed and Rite
Para tomar el té
Pierce y yo, después de una negociación a través de la pared, acordamos la hora de vernos en el Reed and Rite.
Sintiéndome mejor que cuando decidimos esta salida, me puse mi vestido de tarde de color verde botella y mis guantes rojos, y me sentí como un jardín.
Cuando entré en el local, vi a Pierce sentado en el rincón, al lado de nuestra ventana.
Estaba ocupado escribiendo alguna cosa y no levantó la vista hasta que me encontré a tres pasos de la mesa.
—Hola —dijo poniéndose en pie, dispuesto a acercarme la silla. Pero yo ya estaba en ello, le indiqué con un gesto que no era necesario y tomamos los dos asiento.
—¿Algo importante? —pregunté señalando sus notas.
—He recibido algunos encargos más para hacer retratos. Y estoy confeccionando una primera versión de mi agenda para establecer los horarios.
Durante el té —café para Pierce—, mencionó que entre una de las cajas que había abierto había descubierto un volumen completo de ensayos de Emerson.
—Tengo otro entre los efectos personales que me van a enviar desde Estados Unidos, de modo que puede pintarrajear este ejemplar todo lo que le apetezca con sus comentarios, siempre y cuando no le dé miedo volver a enfrentarse a él.
—Su señor Emerson no me asusta en absoluto —repliqué—. Ahora que lo he visto de espaldas, dudo mucho que llegue a influirme.
Respondió con una sonrisa de esas de quedar bien.
—He estado pensando en esa fotografía que me enseñó, aquella en la que salía el señor Emerson.
Pierce se quedó a la espera de que continuara.
—En el grupo había una mujer —añadí.
—Es usted muy sabia, Emma, pues es a la mujer de blanco a quien debería temer.
Niall Pierce subió puntos en mi escala de estima.
Me gusta el hombre que es capaz de hablar sin ironía de temer a las mujeres.
—¿Quién es?
Pierce se apoyó en la esquina de la pared, de modo que sus hombros quedaron orientados hacia el resto del local, y fijó la mirada en algún punto lejano.
—Esa fotografía es la única que tomé de ella, en la sola ocasión en la que logré convencerla de que saliera de su casa en mi compañía.
—¿Una reclusa?
—Sí y no. Su alma no está confinada entre cuatro paredes.
—Me siento intrigada. ¿Son ustedes amigos íntimos?
—No. Bueno, supongo que sí. A nuestra manera. Nos hemos escrito mucho en los últimos diez años. Digamos que… a ella no le da miedo lo que yo hago y a mí no me da miedo lo que ella hace.
—¡Cielos! ¿Y qué hace?
Pierce ladeó la cabeza desdeñosamente.
—Sabe guardar sus secretos.
Y lo dejó así.
El Recaudo
Y un cortaplumas desaparecido para los escépticos
Una ojeada a El Recaudo dio como resultado el descubrimiento de un cojín perteneciente al salón de Lapis Lazuli (me había preguntado dónde habría ido a parar), mientras que Pierce encontró un cortaplumas con sus iniciales que ni siquiera era consciente de haber extraviado.
—¡Me alegro de que lo haya encontrado! —exclamé desde detrás de una montaña de bordados inacabados que rara vez iba a reclamar alguien.
—¡Esto es absolutamente imposible, demonios! —replicó con una agitación difícil de disimular.
The Dalliance
Libros Nuevos, Ligeramente Utilizados y Abominablemente Tratados, Aunque Resucitados
Cuando enfilamos Whereabouts para volver a casa, vimos que dentro de The Dalliance había una cantidad excepcional de gente. Tres pasos más nos permitieron vislumbrar el cartel que colgaba en el escaparate.
—¡Ah! ¡Es una rifa! —grité triunfante.
Pierce frunció el entrecejo.
—¿Se trata de otra de sus absurdas tradiciones?
—¡De absurda nada! —repliqué.
Y después de ordenarle que me siguiera, entramos y nos apretujamos contra la pared de la derecha de la puerta.
El señor Graves, librero y crítico de Emma M. Lion, estaba ayudando a los clientes y repartiendo boletos.
—¿Qué clase de rifa es esta? —preguntó Pierce, cuya voz grave casi quedó eclipsada por el bullicio de la escena.
—El señor Graves organiza una rifa varias veces al año. Entrega un boleto por cada libro comprado y el boleto ganador obtiene eso.
Señalé un libro envuelto en papel de regalo que había encima de un expositor.
—¿Y eso es todo?
—¿Qué quiere decir con lo de «eso es todo»?
Creo que fue mi expresión, más que mis palabras, lo que apaciguó a Pierce y le llevó a aceptar en silencio que la belleza estaba en la simplicidad.
Me dejó entonces pegada a la pared y se puso a deambular por el establecimiento y a mirar libros hasta que encontró algo que le llamó la atención lo suficiente como para empezar a hojear sus páginas.
Sin más referencia que aquel vistazo rápido —sin percatarse siquiera de que mucha clientela femenina estaba echándole a él un vistazo rápido para tener alguna referencia—, se acercó al mostrador y compró el libro.
El señor Graves se lo envolvió y le entregó a Pierce un boleto.
Cada vez había más gente y Pierce se vio obligado a maniobrar un poco para regresar a nuestro puesto, junto a la pared.
—¿Ha encontrado algo que le llamase la atención? —pregunté mirando el libro con bastante envidia.
—Sí.
¡Y no dijo nada más!
¡Ni el título! ¡Ni me dio ninguna pista!
Me pareció un nivel de privacidad excesivo, pero cerré la boca y me vi recompensada por ello. Puesto que acto seguido me hizo entrega del boleto.
—Para usted. Le deseo mucha suerte.
—¡Pierce! ¡Qué detalle!
Momentos después, el señor Graves pidió orden en la sala, hizo un discurso sobre la necesidad de apoyar la palabra escrita (¡eso, eso!) y la necesidad de comprar más libros en The Dalliance antes que en otras librerías de Londres, porque su establecimiento era «muy superior a la librería común y corriente» que uno encuentra Hoy en Día.
¿Hoy en Día?
(Algún día escribiré un libro entero sobre todo lo relacionado con Hoy en Día).
El señor Graves le pidió a un joven que tocara una animada marcha —nada menos que con trompeta— antes de extraer el número ganador.
Una mirada a mi alrededor me dejó ver docenas de rostros esperanzados.
Excepto el de Pierce. No sonreía, pero se lo estaba pasando bien a nuestra costa, estoy segura.
Sostuve el boleto rojo entre mis guantes rojos, deseando con todas mis fuerzas ser la ganadora.
Graves, después de decidir que ya había habido suficiente suspense, extrajo el número.
—¡Cincuenta y tres!
No podía creerlo. El boleto que tenía en la mano llevaba impreso un precioso «53».
—¡He ganado! —exclamé.
Todo el mundo se volvió hacia mí y murmuró. Una oleada de gente me empujó literalmente hacia el señor Graves, claramente insatisfecho con lo que el destino había deparado.
Le mostré el boleto, tuve una pequeña discusión relativa a la legalidad de mi victoria, puesto que no era yo la que había comprado el libro, y Pierce salió rápidamente en mi defensa.
Cuando declaró que él y yo habíamos adquirido el libro conjuntamente y que sí, que compartíamos también el boleto, gracias, fue como si de repente hubiese crecido en altura.
A regañadientes, Graves me hizo entrega del premio, el público me vitoreó de forma simbólica y empezó a dispersarse.
No desenvolví de inmediato el paquete. Pero, en cuanto salimos a la calle, lo elevé triunfante y le dije a Pierce:
—¿Está preparado para la gloria de este momento?
—¡Adelante! —dijo sujetando bajo el brazo su libro.
Arranqué el papel y apareció un libro negro de tamaño perfecto. Cuando le di la vuelta, el título provocó la carcajada de Pierce.
Frases en latín para los impenitentes.
Era lo más bello que había visto en mi vida.
—¡Maravilloso! —exclamé, y los que estaban por allí a la espera de ver el premio coincidieron conmigo.
De vuelta a casa —yo hojeando el libro y leyendo frases en voz alta—, la boca de Pierce mantuvo un esbozo optimista, aunque muy leve.
—Solo usted podría ganar un libro así —murmuró.
A lo que repliqué:
— Fata viam invenient .