Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 3) 16 de agosto #3
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16 de agosto #3

El señor Pierce hizo un gesto de asentimiento; sus ojos eran como plata reluciente a pesar de las arruguitas que los rodeaban. Aquello me dejó sin excusas para quejarme de las ampollas de los pies. Por mucho que deseara ponerme a gritar.

Abandonamos renqueantes el parque y bajamos por Whereabouts Lane. La tarde se oscurecía y había adquirido la tonalidad morada del crepúsculo en verano.

Cuando llegamos a la puerta de Lapis Lazuli Minor, me volví para dar las gracias al señor Pierce, pero vi que tenía la mirada fija más allá de mí.

—¿Se encuentra usted bien, señor Pierce?

El señor Pierce parpadeó y entonces me miró a los ojos.

—¿Me odia, Emma?

No era la pregunta que esperaba oír.

—¿Odiarlo? —exclamé—. ¿Por qué razón? ¿Por qué debería odiarlo?

—Sabe quién soy. Sabe lo que hago. —Parecía dolido—. Soy un hombre encadenado a lugares oscuros. Sigo al caballo pálido.

Reconocí de inmediato la referencia.

Y me embargó una sensación de vacío.

—«Y miré y vi un caballo pálido; y el que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Infierno lo seguía…» —recité; eran palabras extrañas para pronunciar en voz alta.

El peso de su persona, tan amigable hasta entonces, se transformó en una fuerza de otro tipo.

Durante un momento irracional, me pregunté qué era exactamente lo que tenía delante.

Pero entonces se oyó el canto de un pájaro.

Un grupo de niños apareció corriendo por la calle.

Y la sombra que lo acechaba —fuera lo que fuese— pasó de largo. De pronto me encontré de nuevo delante de Niall Pierce, que había obligado a mi dolor interior a salir a caminar hasta que se hubo concentrado en las plantas de mis pies.

—No le odio —respondí—. Y siento todo lo que ha visto.

Restó importancia a mis palabras encogiéndose de hombros y se volvió para descansar la mano en la barandilla. Pero no entró.

Inspiré hondo y mi mente buscó algo con lo que poder desviar la conversación. Y encontró, nada más y nada menos, que la tácita e inesperada transgresión del día.

—Con esta ya son hoy dos veces que se dirige a mí por mi nombre de pila. Creía que había decidido no actuar de forma tan temeraria.

El señor Pierce se sentó en las escaleras y emitió un siseo de dolor.

—Aunque deseara utilizar la formalidad adecuada a las circunstancias, ya no lo veo probable.

Cuando dije que eso sería lo mejor, aún no habíamos cenado juntos, no habíamos rescatado a su ridículo primo, no habíamos hablado seriamente sobre ese fantasma del barrio que todavía dudo que exista…

No, déjeme terminar… Ni compartíamos la propiedad de un gato.

Eso por no mencionar todas las demás cosas que han acontecido desde que me mudé a su casa embrujada.

A estas alturas, me resulta fingido llamarla señorita Lion. Al menos en privado.

—Bien dicho. Supongo que era inevitable que cualquier formalidad que hubiera entre nosotros estuviera condenada a caer víctima de la ley de los rendimientos decrecientes.

—La ley de los rendimientos… —repitió con sorna—. Emma, pues. En privado.

—¿Tengo, por lo tanto, permiso para llamarlo Niall? ¿En privado?

—Niall o Pierce. Lo que más le apetezca. Mis amigos me llaman cualquiera de las dos cosas.

—Hecho, pues. Utilizaré ambos, para que sea más efectivo.

Se quedó mirándome y entonces, sin previo aviso, me tendió la mano.

Pensándolo en retrospectiva, he caído en la cuenta de que, a pesar de tantos mensajes a través de la pared, nunca nos habíamos tocado. Y tal vez esté engañándome al pensar que tenía cierto significado el hecho de despojarme del guante derecho y tenderle también la mano.

Me parece que estoy diciendo tonterías.

Pero cuando nos estrechamos la mano fue… Bueno, se produjo como una descarga.

Como si nos hubiera atravesado un rayo.

Nos quedamos los dos sorprendidos, retiramos enseguida la mano y su rostro reflejó la sorpresa que el mío también debía de estar mostrando. Torpemente, intenté volver a ponerme el guante, y entonces él dijo:

—Debería entrar. Tengo una cena.

Esbocé sin querer una mueca, sintiendo lástima por su pierna. Pero su expresión me disuadió de hacer algún comentario al respecto.

—Gracias por lo que ha hecho. Me siento mucho mejor de lo que me sentiría si no hubiese hecho nada.

—No hay de qué —repuso—. No se habrá quedado demasiado… perturbada, ¿verdad?

Respondí con sinceridad.

—No tengo ni idea. Pero, si me siento así, me limitaré a molestarle cuando regrese.

—Usted nunca molesta, Emma.

Se marchó intentando subir con paso firme la escalera de Lapis Lazuli Minor.

Cuando crucé la puerta, me recibió Agnes, tremendamente nerviosa.

—¡Me preguntaba si se la habría cargado, señorita! ¡Aunque no se me ocurría dónde podría haber metido su cuerpo!

Creo que mi rostro reflejó una leve decepción.

—Agnes. ¡Cómo eres! Cualquiera sabe que el río es un lugar estupendo para estas cosas.

Y ahora es más de medianoche. Tengo el camisón manchado de tinta y me da miedo dormirme. Voy por la mitad del libro del Apocalipsis, con todos sus caballos y demás, y la verdad es que no encuentro gran consuelo.

Me pregunto cuánto tardará Niall Pierce en volver a casa y si falta mucho para oírlo deambular al otro lado de la pared.