16 de agosto #2
Había una fila de soldados tumbados de espaldas, las manos por encima de la cabeza.
La siguiente era de un solo soldado. Tenía un aspecto raro.
—La mano —dije—. ¿El pecho?
La respuesta del señor Pierce no fue agradable.
—Inflados. Lo encontré varios días después de que lo mataran. Había sido dado por desaparecido. Mejor no mire la siguiente…
Pero ya lo había hecho. El mismo soldado desde un ángulo distinto, una cara desfigurada perfectamente visible, los ojos —lo que quedaba de ellos— abiertos. Mi instinto me llevó a taparme la cara, a cerrar los ojos ante la grotesca burla de una vida robada. Pero no sirvió para borrar la imagen.
No conocía al joven de la fotografía, pero en lo único que pude pensar fue en Maxwell.
—¿Hay más como esta? —pregunté.
—Sí.
Sabía que no debía continuar, pero miré la siguiente imagen, y la siguiente.
Una montaña de cuerpos al lado de una carreta.
Soldados cavando tumbas, soldados a la espera de ser enterrados.
Un cadáver macilento en su uniforme. Los ojos abiertos de par en par.
La boca tensa por la deformidad de la muerte. Una medalla prendida en su pecho.
Aquello me conmocionó tanto como la mirada inexpresiva del soldado.
Habían enviado todas las medallas de Maxwell a su casa, a Barrows Edge.
Dejé las fotografías. Avergonzada por haberlas mirado. Avergonzada por haber apartado la vista.
El señor Pierce adivinó mis pensamientos.
—La condena tiene que recaer sobre la cabeza de los líderes de las naciones. Son ellos los que deben avergonzarse… Nosotros solo deberíamos avergonzarnos en el caso de suscribir el imperialismo que permite que sucedan estas cosas.
El señor Pierce retiró las fotografías, las guardó en la caja, colocó la tapa y la dejó en el secreter. Una historia que almacenar, a miles de kilómetros de nosotros, que seguimos vivos, que seguimos respirando.
¿Habrían metido a Maxwell en un ataúd, claveteado a toda prisa? ¿O lo metieron en un simple agujero excavado en el suelo?
Seguía viendo las caras, los cadáveres desfigurados, y me llevé las manos a los ojos cerrados, como si aquel acto fuera a servir para ahuyentar los fantasmas que yo misma había despertado.
—¿Está usted bien, Emma?
En aquel momento, creo que no me di cuenta del todo de que el señor Pierce acababa de utilizar mi nombre de pila, de que las puertas de la Formalidad Correcta —mi sinceridad me exige reconocer que ya la descarté semanas atrás— se habían abierto sin posibilidad de volver a cerrarse.
No, no me di cuenta porque estaba concentrada en el contenido de su pregunta: no estaba nada bien.
Estaba horrorizada. Estaba furiosa. Y se lo dije con esas mismas palabras. Y, cuando el señor Pierce asintió, sus ojos brillaron con una luz extraña.
—Bien —dijo—. Enfurézcase. Enfurézcase con la fuerza de mil demonios. Mejor la furia que la tristeza.
Parpadeé. En todos esos años, nadie me había dicho nunca que aquello fuera aceptable.
Y, sin darme tiempo a responder, se levantó.
—Venga. Vamos. Coja lo que necesite. Vamos a dar un largo paseo.
—¿Un paseo? —repetí, como si fuera una palabra susceptible de ser fácilmente confundida.
—Un paseo —replicó el señor Pierce—. Traiga consigo toda su furia.
Aliméntela, luche con ella, arda con ella.
Y pasearemos por las calles de Londres hasta que se vea capaz de gestionarla o, como mínimo, de mantenerla a raya.
No pienso abandonarla con todas esas imágenes en su cabeza.
No voy a permitir que vuelva a donde estaba hace quince días.
Me sentía…
Sentía mi dolor con más intensidad que nunca desde la muerte de Maxwell. Me sentía como si me hubieran dado un arma para luchar contra lo insoportable.
—Pues salgamos a pasear —dije.
El señor Pierce dio media vuelta, cruzó el estudio y abrió la puerta que conectaba con Lapis Lazuli Minor.
—Póngase buen calzado —dijo por encima de su hombro.
Me puse buen calzado.
Mis viejas botas marrones que me habían acompañado durante los tres años que había pasado cuidando de la prima Matilde, la ogresa residente.
Bajamos por Whereabouts y cruzamos King Henry’s Road.
Después de eso, ya ni me molesté en saber qué dirección tomábamos.
Fui simplemente siguiendo sus indicaciones, y caminé y caminé.
No le pedí al señor Pierce el brazo, tampoco él me lo ofreció.
Caminaba a grandes zancadas a pesar de su cojera —no debía de ser nada cómoda— y tuve que esforzarme un poco para seguirle el ritmo.
Confiaba en que no tardara mucho en disminuir su velocidad. Pero no fue así.
La gente, los carruajes y los caballos se movían en la periferia de nuestros pensamientos, pero permanecían distanciados de nosotros, como si fuera todo un paisaje pintado y el señor Pierce una nube que transitaba por él.
No quería pensar más en las fotografías, pero obligué a mi mente a recordar lo que había visto.
Confiando en que el señor Pierce sabía más de guerras que yo, seguí su consejo: cuando la rabia amarga me ascendió por el pecho, la retuve allí, me forcé a contenerla.
Pensamientos, recuerdos y recortes de periódicos se agolparon en mi cabeza.
No me sorprendió que aquel torbellino acabara en Evelyn.
Y mi boca se inundó de amargura cuando pensé en mi carta no respondida.
Estábamos acercándonos al Parlamento. Levanté la vista hacia el señor Pierce. Su mirada se volvió más oscura cuando la dirigió hacia Westminster.
—Si le apetece escupir, le prometo que no se lo contaré a nadie —dije.
Su sonrisa de respuesta fue seria, pero apartó los ojos del Parlamento y miró las calmadas aguas del Támesis.
—No se merecen el esfuerzo.
No dijimos nada más hasta que cruzamos el puente sobre el río.
—Señor Pierce, si no baja un poco el ritmo, aunque sea solo un poquito, lo empujaré al agua sin pensármelo dos veces. Sus piernas son más largas que las mías a pesar de…
Emma.
Lo dije sin pensar. Y fue un alivio darme cuenta a tiempo.
Los buenos modales exigen no bromear sobre el estado impedido de un hombre sin que él lo haya hecho antes.
Sin embargo, el señor Pierce no dio señales de percatarse, no dijo nada. Aunque sabíamos perfectamente el final de la frase que no había acabado de pronunciar.
Pero bajó de todos modos el ritmo, sacó las manos de los bolsillos y se quitó el sombrero.
Establecido un paso que podía seguir durante un buen rato, continuamos nuestro paseo, abandonando el Londres respetable para adentrarnos en zonas en las que no había estado nunca y a las que probablemente jamás habría ido sin compañía.
Cuando la puerta de la tarde empezó a cerrarse, nos encontrábamos en el lado norte de Primrose Hill.
Me dolían los pies, me estaban saliendo ampollas —¿saliendo? ¡Ya me habían salido!— en el talón del pie izquierdo. Tenía el bajo de la falda asqueroso. El sudor me caía por la espalda, entre los hombros.
Estaba agotada.
Nos sentamos en un banco con una vista que permitía que el horizonte de Londres se alzara por encima de los árboles.
Inspiré hondo.
—¿Tiene usted muchos amigos, señor Pierce?
—¿Por qué lo pregunta?
A juzgar por lo que se veía, parecía tan cansado como yo, y vi que estaba intentando masajearse los músculos de su pierna herida sin que yo me diera cuenta.
Fingí no verlo y respondí:
—Porque si cansarlos hasta dejarlos agotados es su manera de brindarles ayuda, no creo que pueda caerles en gracia por mucho tiempo.
Sonrió y me sentí triunfante.
—Tengo defectos mucho peores que los alejan de mí. Pero los auténticos amigos siguen ahí. A pesar de las marchas brutales a las que los he sometido.
—Me alegra oír eso.
Vi pasar algunas caras conocidas. Sonreímos, los hombres saludaron con sus sombreros, el señor Pierce les dirigió el más mínimo gesto de reconocimiento, cambiando de postura para intentar estar más cómodo, eliminando el gesto de dolor de su boca, pero no de sus ojos.
Noté que estaba imitando su expresión, y decidí asumir la responsabilidad de devolverlo a la privacidad de su buhardilla lo antes posible.
—Deberíamos ir volviendo, creo. Haber dejado tantas horas a Agnes y a Parian a solas con el primo Archibald podría dar como resultado un crimen.