Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 3) 16 de agosto
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16 de agosto

Estoy sentada en la media ventana de mi buhardilla. Tengo abierta la Biblia de mi madre por el libro del Apocalipsis.

Y miré y vi un caballo pálido; y el que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Infierno lo seguía…

La culpa la tiene el señor Pierce.

Ha hecho una referencia a este versículo esta misma tarde, después de un té improvisado.

Son cosas que suceden. Desafío a cualquiera a vivir sin sucesos esporádicos.

Al té improvisado, me refiero. No al señor Pierce citando las Escrituras.

Es como un ave exótica, poco probable de ser avistada de nuevo.

Aunque, con una voz como la suya, me inclino a pensar que su lectura de cualquier texto antiguo daría en el clavo…

Estoy divagando.

Fue mi torpeza la que nos llevó al libro del Apocalipsis —no suelo ser torpe—, pero fue la falta de control de Agnes la que desencadenó toda la escena.

Porque Agnes había preparado demasiados scones .

Como si tal cosa fuera posible.

Puede que tal cosa sea posible, pero dudo que alguien lo haya visto jamás.

De modo que yo —la generosidad personificada— me pasé por mi antiguo-salón-reconvertido-en-estudio e invité al señor Pierce a acompañarme.

Aceptó.

Tenía pensado tomar el té en el salón de recibir, pero el señor Pierce estaba ocupado limpiando sus cámaras y esperé, importunándolo con preguntas sobre las diversas piezas que iba separando. Y entonces fue cuando Agnes apareció en la puerta del estudio cargada con la bandeja del té.

—Oh, no, Agnes, lo tomaremos en el otro salón. No hay necesidad de enredar el estudio del señor Pierce.

El Inquilino se apresuró a decir que no le importaba y que si Agnes tendría la bondad de dejar la bandeja en la mesita baja, delante del sofá.

Eso hizo Agnes, y se marchó rápidamente.

El señor Pierce tomó asiento.

Nos servimos el té.

No dije gran cosa, más allá de formular muchas y buenas preguntas.

(La frase suena contradictoria, pero no lo es.

Al menos, según mi definición). Mis preguntas estaban relacionadas con las fotografías colgadas en la estancia.

Le pregunté acerca de la historia que tenían detrás, las rememoró y me contó detalles, aunque sospecho que esquivó los hechos lo suficiente como para mantener oculta la mayor parte de la verdad.

Había una fotografía de un pequeño estanque con varios hombres y una mujer de pie en la orilla, charlando.

La fotografía en sí misma estaba bellamente capturada, sobre todo el efecto de la luz reflejada en el agua en la distancia.

Los hombres estaban de espaldas al fotógrafo, pero la mujer, totalmente vestida de blanco, miraba hacia atrás por encima del hombro.

Al estar en movimiento, su rostro era la única parte de la imagen que no estaba enfocada.

La foto no tenía quizá la envergadura o la grandiosidad de sus otras obras, pero tenía energía, una sencillez elemental.

—¿Dónde está tomada?

—En Estados Unidos. Massachusetts. ¿Ve ese caballero de ahí? Es su señor Emerson.

—¿En serio?

Me quedé de lo más satisfecha por poder ver la espalda del hombre con el que había estado debatiendo.

—¿Qué fue lo que lo llevó a Estados Unidos? —pregunté entonces.

No me había dado cuenta de que el señor Pierce hubiera cogido una gran cantidad de aire, pero la exhalación que hizo en ese momento fue lenta y duró una pequeña eternidad.

—Hay muchas guerras, señorita Lion. Y no todas ellas se combaten con rifles.

Se levantó y siguió trabajando mientras yo, tranquilamente a pesar de su evasiva, terminaba mi taza de té. Tengo la sensación de que me estoy acostumbrando a su climatología.

Cuando terminé, eché un vistazo a la gran cantidad de cosas esparcidas y amontonadas por el estudio y le ofrecí mi ayuda.

—Algo habrá que pueda yo hacer.

El señor Pierce señaló una montaña de cajas.

—Todo eso tiene que ir en ese secreter de allí, el de la izquierda. Los estantes están hechos a medida para que entren bien. Quíteles las etiquetas, por favor.

Las cajas también parecían estar hechas a medida: de forma irregular, más planas y largas de lo habitual, etiquetadas todas en la parte lateral, algunas con nombres, otras con fechas.

Me dispuse a ordenarlas lo mejor que pude.

Pero ¿dónde, por ejemplo, colocar una caja con la etiqueta ESTUDIOS DE MOVIMIENTO?

Había años: 1864-1865. (Los últimos años de la Guerra Civil estadounidense, supongo).

Y también etiquetas como DESPUÉS DE APPOMATTOX, PASAJE, DAMASCO, CAMINOS PERDIDOS, NUEVA YORK 1874-75, ASHANTI, SUDÁFRICA, etcétera.

Necesité una cantidad considerable de honor personal para dar la espalda a las cajas y no abrirlas. Habría sido una violación. El equivalente a destapar el alma del señor Pierce y hurgar para ver qué encontraba.

¡Ay!

Y ahora llegamos al acto de torpeza alrededor del cual gira todo el día.

En un momento dado, mientras me dedicaba a hacer pilas de cajas similares, me volví con excesiva celeridad, tiré una caja al suelo, la tapa se soltó en cuanto tuvo oportunidad y las fotografías que contenía quedaron esparcidas por el suelo.

—¡Qué mala suerte! —exclamé mientras el señor Pierce volvía la cabeza hacia mí y corría a ayudarme.

Cuando recuperé la caja, con la idea de devolver a su lugar las imágenes en blanco y negro, me fijé en la etiqueta que llevaba escrita en el lateral.

AFGANISTÁN 1880.

La caligrafía que a estas alturas conocía de sobra hablaba de un año y un lugar donde una parte importante de mi futuro había quedado borrada por un disparo.

No era, debería decir, lo ideal.

De ser yo la heroína de una novela, habría notado que mi corazón se encogía, que el dolor de todo lo que había pasado a tantísimos kilómetros de distancia me paralizaba.

Quizá habría cerrado los ojos con fuerza y me habrían empezado a temblar las manos, habría sentido las aristas más afiladas de la pérdida.

Pero no soy la heroína de ninguna novela. Soy de carne y hueso: interesante de vez en cuando, con ratos aburridos aquí y allá, vivo una vida de lo esperado y lo inesperado, de lo deseado y de lo peor de lo no deseado.

De modo que, cuando me encontré ahí, con una caja vacía en las manos y las fotografías esparcidas por el suelo, supe que debía contenerme. Obligarme a abordar el momento de manera prosaica.

Tenía en el suelo la guerra donde él había muerto.

El año. Y era casi como si no sintiera nada.

Cuando cobré conciencia de ello, me vinieron mil preguntas a la cabeza.

¿Empiezo a estar mejor? ¿Serán tres años de duelo pago más que suficiente?

¿Tiene que vestir el corazón siempre de luto?

¿Es esto una señal de que estoy avanzando en el sentido en que Arabella insiste en que debo hacerlo?

¿Estoy quizá confundiendo parálisis con curación?

¿Me parecerán absurdas todas estas preguntas cuando la perspectiva entre a formar parte de la complicada ecuación?

El señor Pierce comprendió lo que estaba pasando, lo que ambos mirábamos fijamente. Y le agradecí que no dijera nada antes de que yo me decidiera a hablar.

—¿Cree que debería mirarlas? —pregunté; una reflexión extraña y casi académica—. Ya me lo ofreció antes. ¿Cree que debería conocer cómo fue aquello?

El señor Pierce inclinó la cabeza hacia delante y las comisuras de su boca descendieron, pero no dijo nada.

—¿Considera que no son apropiadas para que las vea una mujer? —añadí.

—Están hechas para que las vea todo el mundo. No hago distinciones.

Pero, incluso así, dudó.

Esperé a que se acercara, a que se acuclillara y a que empezara a recoger con cuidado las fotografías, restaurándoles su orden. Cuando por fin volvió a hablar, lo hizo con sinceridad.

—No son fotografías agradables, señorita Lion. No son sonetos a las glorias de guerrear por Dios y por la patria.

—Me lo imagino.

—Sufrirá si las ve. Verá la realidad de la muerte de su Maxwell.

—Lo sé —dije.

Aunque no lo sabía.

Y, cuando pienso de nuevo en la expresión del rostro del señor Pierce, sé que lo entendió.

—Hubo fotógrafos que se enfadaron por lo que me atreví a capturar. Sangre, mutilaciones y cuerpos destrozados.

Se incorporó sin soltar las fotografías.

—La muerte está aquí, en mis manos.

Ese fue el momento en el que debería haberme dado cuenta de que mi desapego insensible era una forma de negación.

Que no iba a ser capaz de verlas y decir: «Bueno, por las glorias de la guerra…».

—¿Sigue queriéndolas ver? —dijo entonces el señor Pierce, presionándome.

—¿Lo querría usted? —fue todo lo que se me ocurrió decir—. ¿De ser yo?

—Sí —respondió al instante y con sinceridad—. Creo que querría entender. Por doloroso que fuera el precio a pagar.

Examiné la expresión de su rostro, me advertí a mí misma diciéndome que estaba viendo a un hombre atormentado, e hice entonces un rápido gesto de asentimiento para no poder echarme atrás.

—Siéntese —me ordenó.

Crucé la estancia y tomé asiento en el sofá. El señor Pierce me siguió y empujó hacia un lado todas las cosas del té a fin de tener espacio suficiente para exponer las fotografías. Las dejó allí, se sentó en el brazo del sillón de cuero y se cruzó de brazos.

—Afganistán —dijo.

Me incliné hacia delante y conseguí a duras penas coger el montón de fotografías y depositarlas en mi regazo.

Las primeras imágenes eran de soldados junto a sus tiendas de campaña, de campamentos vistos desde lo alto de las montañas, de hombres de una familia afgana.

Y entonces llegó la imagen de un cuerpo yaciendo solo en un campo, vestido con el uniforme británico que se utilizaba para el desierto y que yo desconocía.

El cuerpo estaba retorcido, despatarrado.

Sin nobleza alguna, un simple recordatorio contra natura de quien debió de ser aquel joven. Su cara miraba hacia el otro lado.

Parpadeé.

—Estas serán las únicas imágenes agradables que verá —declaró el señor Pierce.

Sin dejar de mirar al soldado muerto, hice un gesto de asentimiento silencioso y pasé a la siguiente fotografía.

Creo que mi estremecimiento debió de ser visible.