15 de agosto
No he tenido respuesta de la carta que le envié a Evelyn hablándole sobre el posible entierro de Maxwell.
Reconozco que solo han pasado dieciocho días.
Sin embargo, considero que es tiempo suficiente para redactar una carta sencilla como, por ejemplo:
Emma:
Sí, traemos a Maxwell a casa. En esta fecha, tal y cual. Ven para el funeral.
Evelyn
O quizá:
Emma:
No, papá es de los del puño cerrado. No piensa costear los gastos. Maxwell nunca volverá a casa.
Evelyn
Opino que ninguna de las dos respuestas está fuera del alcance de nadie, por mucho que una persona sea introspectiva, cruel y egoísta.
Tranquila, Emma . No digas disparates .
Serán disparates, vale. Pero me parece espantoso que no me haya respondido.
Quizá sea que Evelyn ha cambiado complètement de personalidad y ahora, en vez de ser una criatura egoísta, se ha transformado en un alma trabajadora que no tiene tiempo para responder misivas porque está demasiado ocupado dando de comer a los pobres o enseñando a leer a los huérfanos.
Mis dudas al respecto son robustas.
Más tarde
Viendo que mis pensamientos eran demasiado sombríos para el mes de agosto, decidí hacer una buena obra. Si la moralidad victoriana no es capaz de sostenerme, ¿qué lo hará? De modo que me adentré en la guarida de mentiras, malos olores y engaños del primo Archibald.
—¿Quieres que te traiga algo, primo? ¿Quizá un pastelito de Everett’s?
Pero resultó que no quería nada de mi mano mancillada.
Un mensaje que me fue transmitido cargado de palabrotas y con una zapatilla lanzada en mi dirección.