Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 3) 14 de agosto
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14 de agosto

Volvía del parque hace cosa de una hora, bajando por Whereabouts, cuando me tropecé con el señor Pierce, que caminaba —o, mejor dicho, cojeaba ligeramente— Whereabouts arriba. El encuentro dio como resultado una invitación para ver su estudio, que ya está casi terminado.

Es precioso, y me despierta un poco de envidia.

El encuentro fue como de amigos.

Primero, intercambiamos las formalidades de rigor.

—Buenas tardes, señor Pierce.

—Lo mismo digo, señorita Lion.

—¿Cómo va el estudio? Lo tendrá ya casi listo para empezar a trabajar.

—Creo que sí —respondió.

Su respuesta fue de satisfacción, aunque no tanto su aspecto. Su expresión era tensa; de dolor, supongo.

Y, en segundo lugar, llegó la invitación.

—¿Le gustaría ver cómo van las cosas? —preguntó.

—¡Por supuesto!

—Pues nos vemos dentro —dijo el señor Pierce mientras buscaba la llave en el bolsillo.

Nos acercamos a nuestras respectivas puertas y ambas cerraduras se atascaron al mismo tiempo antes de que volviéramos a probarlas, consiguiéramos entrar y cerráramos las puertas al unísono.

Parian bajaba en aquel momento por la escalera cargado con una bandeja con restos del té.

—¿Qué tal va todo, Parian? —dije intentando mostrarme amable—. ¿Fue reconfortante su día libre?

Parian levantó su nariz puntiaguda, me lanzó una mirada de soslayo totalmente desproporcionada a mi pregunta y echó a andar por el pasillo en dirección a las escaleras de la cocina.

Si aquel hombre no estuviera cuidando ahora del primo Archibald, ya lo habría despedido.

Pero, teniendo en cuenta que estaba de­sem­pe­ñan­do esa hazaña heroica, había decidido conservarlo en su puesto.

Miré por encima el correo que había en la mesita de la entrada —una factura de la tienda de ultramarinos, nada más— y esperé a oír al señor Pierce en el estudio.

Me quité entonces el sombrero y los guantes, crucé el recibidor y me disponía a llamar a la puerta del estudio cuando él la abrió.

—Pase —dijo—. Creo que la luz del atardecer jugará a mi favor.

Y así era.

La Atmósfera que envuelve al señor Niall Pierce ha quedado bellamente transferida a su estudio.

El resultado es extrañamente embriagador.

Tuve la misma sensación que se tiene al contemplar una tormenta desde un pórtico cubierto.

Las paredes azules evocan su altura y la intensidad de ese tono complementa a la perfección las cortinas rojas, que mantiene recogidas.

El sofá de color ciruela está cerca de dos de las ventanas, aunque un poco apartado de ellas, con una alfombra grande de procedencia exótica ante él.

A un lado del sofá, un sillón de cuero marrón forma una L con él.

Ocupando el centro de la alfombra, una mesita baja, del tamaño perfecto para descansar los pies si uno está solo, con la altura ideal para depositar una bandeja para el té si se está acompañado.

Hay algunas fotografías enmarcadas colgadas y muchas más apoyadas en las paredes, a la espera de ser colocadas.

Todas en blanco y negro excepto una, una fotografía de colores suaves de un lugar exótico, con palmeras, arquitectura extraña y una línea del horizonte desconocida.

Mi aparador —el aparador con motivos de hojas de higuera— está colocado justo debajo, y encima hay algunas revistas, una lámpara y una planta.

Hablando de plantas, hay dos o tres macetas repartidas con mucho gusto por la estancia, cerca de las ventanas. Me quedé, y sigo, totalmente maravillada con ellas.

En el centro del estudio, colocada en dirección a la pared sur, hay una mesa de trabajo.

Y al fondo, a la izquierda de la puerta que comunica con Lapis Lazuli Minor, hay dos secreteres grandes pintados de negro que supongo que serán para guardar cosas.

El espacio que queda a la derecha de la puerta, más cerca de la ventana, está libre.

Le pregunté si pensaba hacer sus retratos allí, a lo que me respondió:

—Sí, aunque puedo moverlo todo de un lado a otro en caso necesario.

—¿Y esos objetos enrollados del rincón? ¿Son sus telones de fondo pintados?

El señor Pierce me miró, casi afligido.

—Por desgracia, sí.

—No pueden ser tan malos —dije.

Se limitó a refunfuñar.

Estábamos en pleno recorrido informativo cuando Agnes se presentó en la puerta.

—Ya le he servido la cena al señor Flat, señorita Lion.

—Gracias, Agnes. ¿Ha intentado morderte hoy?

—Sí, pero he sido más rápida que él.

—¿Qué tal está el señor Flat? —me preguntó el señor Pierce, medianamente preocupado.

—Con un humor de perros, pero aún incapaz de levantarse de la cama. Lo cual es una bendición para todos. —Dirigiéndome entonces a Agnes, dije—: Si ya tienes la comida lista, cenaré ahora.

Agnes respondió con una reverencia. No tengo ni idea de por qué.

—¿Subirá entonces a cambiarse, señorita? —me preguntó.

Como Agnes sabe que nunca me cambio (con la excepción de aquella fatídica noche que invitamos al señor Pierce a cenar), me pareció una pregunta extraña.

—No suelo cambiarme para cenar en mi propia casa, ¿verdad, Agnes?

—No, señorita. Aunque mi madre dice que una verdadera dama siempre se cambia, incluso con la muerte.

—¿Incluso con la muerte? ¿Incluso después de haber muerto, quieres decir? Me parece excepcional. Siempre pensé que las damas de la alta sociedad no eran capaces de tantas cosas.

Pobre chica. No debería burlarme de ella.

—Quiero decir después de la muerte de sus seres más queridos.

—Ah.

Por el rabillo del ojo vi que el señor Pierce se volvía hacia el otro lado con una sonrisa disimulada.

—Esta noche no me cambiaré, Agnes, pero te agradezco que me hayas dado una meta hacia la que trabajar.

Hizo otra reverencia y se marchó.

Miré al señor Pierce, que estaba examinando algunas de las fotografías que tenía por colgar y observando los espacios vacíos en las paredes.

—¿Le gustaría acompañarme en la cena, señor Pierce? No insistiría en que se cambiase, ni siquiera después de muerto.

—Gracias por la invitación, señorita Lion —dijo, y sus ojos no me miraron hasta que terminó de hablar—. Tengo una cita para cenar esta noche. Una cena para la que, por desgracia, debo cambiarme.

—Es usted todo un pilar de la sociedad.

—Mi papel consiste en ser una novedad para la sociedad, señorita Lion. Jamás un pilar.

Sonreí.

—Mejor aún.

Cuando regresé a la buhardilla, después de una cena para la que no me cambié, encontré una serpiente muerta enroscada en la esquina de mi alfombra. Teobaldo estaba dormitando en la silla y, cuando grité, sorprendida, abrió un ojo como diciéndome: «De nada».

Y siguió durmiendo.