13 de agosto
Fui a casa de la señorita March acompañada por Agnes.
Después de convencer al ama de llaves de que habíamos acudido por encargo personal de la señorita March —le mostré la carta como prueba de ello—, subí con Agnes al estudio y le dije:
—Estamos aquí para encontrar nuevos tesoros para mis paredes. Pero mira también por si ves alguna cosa que te gustaría colgar en la cocina.
E inicié la búsqueda, dejando a Agnes haciendo lo mismo.
El estudio de la señorita March contiene la cantidad necesaria de orden y caos, un universo en perfecto equilibrio.
Está ordenado pero de manera desordenada.
Hay color por todas partes, sobre todo en forma de pintura sobre el suelo de madera y en los caballetes abandonados.
Las ventanas son altas y despejadas, por lo que dejan pasar una cantidad abundante de luz del norte, y hay montones de bocetos y pinceles por todas partes.
Los lienzos estaban apoyados contra las paredes.
Paisajes bellísimos, figuras con rostros expresivos, jardines y arquitectura… Un abanico de lo más interesante. Es muy buena. Algunas de sus pinturas demuestran que es un genio. Eso dicen los críticos. Eso decía mi padre.
Elegí un cuadro que representa un jardín, otro con una pieza arquitectónica y otro con una figura solitaria al lado de una ventana, y decidí que a los tres les daría la oportunidad de decorar mi buhardilla. Cuando miré a Agnes, vi que abrazaba un lienzo contra su pecho.
—¿Has encontrado algo de tu agrado? —le pregunté.
—Sí, me gusta mucho, señorita Lion —respondió casi con veneración.
—Maravilloso. Cuélgalo donde quieras.
Y, entre las dos, cargamos con los cuatro cuadros y volvimos a casa.
Más tarde
Entré en la cocina para preguntarle a Agnes si necesitaba que comprase alguna cosa en el Reed and Rite, y de repente me encontré mirando a los ojos de Islington, el duque de.
—¡Agnes! ¿Qué demonios es esto? —exclamé.
Agnes salió corriendo de la despensa y siguió mi mirada hasta llegar al retrato que colgaba ahora de la pared de mi cocina.
A pesar de no ser la variedad en carne y hueso que conocía, Islington me miraba con cierta desaprobación.
—¡Dijo que podía elegir lo que me agradara! —gimoteó Agnes como un zorro atrapado; parecía terriblemente avergonzada.
—Sí, eso dije. Solo que no esperaba…
Encendida como una manzana, Agnes inició su débil defensa.
—Cuando lo vi, me hizo pensar en grandes mansiones y en todos esos cuadros que tienen los nobles y… y… y… se me ocurrió que no quedaría muy… ¿Verdad?
Suspiré y miré de nuevo a Islington.
Por lo que parecía, el cuadro no estaba totalmente terminado, pero quizá por ello el resultado era agradable: había pinceladas gruesas en los bordes, el colorido no era tan intenso como en la mayoría de las obras finalizadas.
Me da la impresión de que es un estudio para un retrato de mayor tamaño.
Islington aparece sentado en una silla, con esa expresión de desaprobación que parece natural en él, sí, pero también como si estuviera esforzándose para no intimidar.
Y, claro está, fracasa estrepitosamente en su intento.
Agnes, sufriendo en silencio mientras yo estudiaba a nuestro inesperado invitado, se merecía un alivio, así que dije:
—No pasa nada, Agnes. No es raro tener en casa retratos de los amigos.
—Y mi sonrisa le permitió sonreír también, con labios aún temblorosos, con ojos amenazando con la inundación de lágrimas jóvenes más intensa que pudiera haber presenciado yo en Lapis Lazuli House—.
Pero dejémoslo en la cocina. No creo que al duque le guste estar sentado en otro sitio.
Agnes dirigió al retrato una sonrisa cómplice, como si acabaran de mantener un encuentro amoroso, y a continuación me preguntó si me apetecía un té.
Acepté la propuesta.
Resignada a mi destino.