9 de agosto
El doctor Fairchild pasó hoy por casa para evaluar el estado de la pierna del primo Archibald.
Fue de lo más asqueroso.
Archibald no está listo aún para levantarse y se niega a que Parian lo asee. La habitación, por lo tanto, empieza a oler fatal.
El buen doctor pareció no darse cuenta de ese importante detalle y dijo que pensaba que en dos semanas Archibald podría empezar a apoyar un poco de peso sobre la pierna, un poquito más cada día.
—¡Lo que quiere usted es arrancármela! —gritó Archibald—. ¡Está aliado con la bruja!
Fairchild tuvo la elegancia de mostrarse confuso, por mucho que las pocas visitas que había realizado le hubieran dejado claro que todos aquellos sentimientos negativos iban en mi dirección.
—Es usted muy afortunado, señor Flat —dijo Fairchild con gentileza—. La señorita Lion y Parian le están brindando unos cuidados excelentes.
—¡Todo forma parte de su gran plan! —vociferó Archibald en respuesta escupiendo saliva.
—¡Cielos! Estoy impresionada —contesté—. No tenía ni idea de que yo formara parte de algún gran plan.
El buen doctor contuvo su sonrisa hasta que salimos al pasillo. Y fue entonces cuando tuve el placer de oír algo que jamás había oído en toda mi vida.
Emma M. Lion documenta un Gran Cumplido
—Es usted una santa, señorita Lion —declaró Fairchild, y lo dijo sin ironía—. De Primera Categoría.
Que quede constancia.
Yo, Emma M. Lion, soy una santa.
Y de Primera Categoría.
Estoy bastante impresionada conmigo misma. Ser una santa de cualquier categoría es algo bueno, incluso envidiable. E imagino que debe de haber bastantes. Pero ¿ser una santa de primera categoría?
Este hombre no debe de haber oído nada sobre la debacle en The Cleopatra.
Cuando bajábamos por la escalera, Fairchild me dijo algo un poco raro.
—Señorita Lion, tengo entendido que Niall Pierce es su inquilino.
—Así es —repuse—. Es mi inquilino, famoso por su paciencia.
Fairchild carraspeó levemente.
—¿Lo conoce usted bien?
Me quedé sorprendida. Lo dijo con cierto tono.
—Todo lo que sé de él me da motivos para celebrar su presencia en mi casa —fue mi leal respuesta.
Fairchild asintió y, cuando llegamos al recibidor —Agnes le hizo entrega del sombrero, poniendo en práctica una reverencia de lo más sofisticada, para regresar luego corriendo a la cocina—, se aclaró la garganta, un poco como hacen los médicos antes de comunicar ciertas noticias.
—El señor Pierce es un buen hombre. Un hombre excelente. Mejor de lo que muchos creen.
—¿Por qué tengo la sensación de que está usted ocultando otra idea completamente distinta?
—No, no —respondió—. Solo que, por muy buen hombre que sea, todos tenemos nuestros defectos.
No pretendo afirmar que el señor Pierce sea un santo. (Me reservo esta distinción para mí misma. Véase la nota previa). Sin embargo, me pareció que el comentario del doctor Fairchild estaba fuera de lugar.
Me dispuse a defenderlo.
—Doctor Fairchild, Niall Pierce ha sido un buen inquilino y ha acudido en mi ayuda en muchos frentes.
—Estoy seguro de ello. Es muy propio de él. No me malinterprete, señorita Lion. Niall Pierce es uno de los mejores hombres que conozco. De todos los inquilinos que pudiera usted tener, es el mejor.
—Eso es justo lo que yo pienso. —Y sonreí.
—¿Sabe si le sigue molestando mucho la pierna?
Otra pregunta fuera de lugar, cuando no extraña.
—Nunca hace mención alguna al respecto. Quizá debería preguntárselo usted directamente.
—Humm…
El médico no pareció nada convencido.
Cuando Fairchild se marchó, me quedé unos minutos inmóvil detrás de la puerta cerrada.