2 de agosto
Parian, al parecer, ha alcanzado su punto crítico. Dice que ha perdido la cabeza. Lo dudo mucho, aunque es incuestionable que podría haber sucedido, porque el primo Archibald sigue empeñado en hacernos sufrir.
A pesar de que prácticamente nunca hemos sido del mismo parecer en nada, Parian y yo, aunque a regañadientes, nos encontramos ahora en el mismo bando de una guerra brutal.
Tampoco diría que hayamos creado un vínculo.
No, eso no. Pero sí que los dos entendemos, por pura desesperación, lo espantoso que puede llegar a ser Archibald cuando está malo .
—No es que el señor Flat nunca nos hubiera gritado, señorita —me dijo Agnes esta mañana—. Sino que antes pasaba una parte de su tiempo gritándole a otra gente y ahora, como no sale de casa, nos cae a nosotros toda la dosis. ¡Soy incapaz de oír en mi cabeza otra cosa que no sean sus gritos!
Yo, que estaba completamente de acuerdo con su opinión, contesté con voz apagada:
—¡Al menos Londres se libra!
Por suerte, los gritos solo duran hasta que cae dormido. Y entonces el deber de toda la casa es seguir haciendo nuestras cosas de la manera más silenciosa posible. Yo, por ejemplo, no me pongo los zapatos hasta que llego a la puerta para salir.
La tragedia nos obliga a todos a hacer sacrificios.
Más tarde
¡Un día marcado por un gran triunfo!
Me encuentro en posesión de un nuevo libro.
Es muy cortito, un ensayo, de hecho, pero vivo con la ilusoria esperanza de que parezca un libro en mi estantería.
El ensayo lo adquirí durante una visita al señor Pierce en su estudio, que sigue sumido en el desorden. Hablamos sobre temas triviales mientras él iba de un lado a otro. Yo tomé asiento en el sofá. Me sentía cómoda. En terreno seguro, a pesar de los sucesos no mencionables del pasado 27 de julio.
Durante nuestra conversación, declaré que mi objetivo era cultivarme. Creo que dije algo así como:
—Debo avanzar al respecto antes de que mi deseo se desvanezca y me convierta en una de esas almas conformistas que viven encadenadas a su pequeña rutina, creyéndose libres.
No piense que no me interesa una rutina; es justo a lo que aspiro.
Pero anhelo la rutina correcta. Mi rutina.
Dos paseos al día, varias horas de lectura, quizá una visita a alguien que sea de mi agrado.
Una cena o una actividad de entretenimiento a la semana en caso necesario, dos como mucho, pero, por favor, que haya lectura.
El señor Pierce esbozó una expresión de estarse divirtiendo mientras seguía ordenando, lo que le otorgó un aire muy masculino e incluso atractivo, debo reconocer.
—Su idealismo es desbordante, señorita Lion —dijo.
—¿Tan descabellado es esperar un mínimo de perfección en la vida?
Justo entonces oímos a Archibald gritándole a Parian.
El señor Pierce arqueó las cejas a modo de respuesta y a continuación preguntó:
—¿Qué está leyendo?
—Nada en este momento —admití. Y le expliqué que mi biblioteca personal había quedado aniquilada por circunstancias bastante excepcionales—.
Una historia para otro día —añadí al ver que parecía moderadamente interesado.
Me gusta pensar que parecía moderadamente interesado, lo cual siempre es preferible a imaginarme que está moderadamente desinteresado en lo que yo tuviera que decir—.
Tengo la Biblia, las Obras completas de Shakespeare , las Comedias de Shakespeare.
Íntegras y Jane Eyre , que he leído al menos siete veces.
Y, puesto que mi compromiso es contar la verdad, debo dejar constancia de lo que dijo a continuación, por blasfemo que parezca.
—Demasiado Shakespeare.
Eso fue lo que dijo. Dos palabras pronunciadas en un tono ciertamente desagradable.
¿En qué estaría pensando ese hombre?
—¡Como si fuera posible! —exclamé poniéndome a la defensiva.
El señor Pierce levantó la vista.
—¿Cuando supone el cincuenta por ciento de una biblioteca personal? Por supuesto que es demasiado. ¿Acaso no hay libros en Lapis Lazuli House?
—Los hay. En la segunda planta, justo al lado de las habitaciones del señor Flat, hay una biblioteca. Pero me tiene prohibido entrar.
—Ya, pero pensaba que había reivindicado usted su propiedad y puesto al señor Flat en el lugar que le corresponde.
—Y lo he hecho —repliqué—. La prueba es que ahora realizo todas mis cenas en el comedor. Pero resulta que la biblioteca fue la única cosa legada a Archibald Flat cuando mi tía abuela falleció. Todos los libros de esa biblioteca son de su propiedad.
—¿Y su primo lee?
—Me imagino que no. ¿Cree que si leyera podría seguir siendo tan increíblemente estúpido? Ay, le ruego que me disculpe. Bueno…, la verdad es que esto es exactamente lo que quería decir. Calificarlo de estúpido no es tanto un reflejo de su capacidad, sino más bien del estado en el que vive.
El señor Pierce sonrió.
—¿El estado en el que vive? Entonces, mientras nosotros vivimos supuestamente en un estado de gracia, ¿el señor Flat vive sumido en un estado de estupidez?
Sus palabras me sonaron como la más pura verdad.
—Creo que vive tanto en un estado de gracia como de estupidez. Imagino que tampoco será una condición humana tan excepcional.
El señor Pierce ladeó la cabeza y alrededor de sus ojos se formaron unas arruguillas.
—Imagino que no.
Después de un momento de reflexión por parte de ambos, el señor Pierce dijo:
—Existen las bibliotecas públicas. ¿Y la biblioteca de su tía?
¿Acaso tengo que explicar mis inclinaciones lectoras a toda alma viviente?
Pues parece que sí.
Intenté ofrecerle una versión condensada.
—No soporto la idea de leer un libro de préstamo. Soy una lectora reflexiva y me gusta escribir notas al margen.
—¿Notas al margen?
—Material suficiente para llenar varias novelas.
—Entonces es usted una lectora peligrosa.
—Lo sería. Podría serlo si mi biblioteca estuviese formada por más de cuatro libros. Quizá me ponga a leer de nuevo Coriolano .
—No, no, no. —Hizo bastante énfasis—. No puede volcarse solamente en Shakespeare, por muy admirable que considere a El Bardo. Lea alguna cosa nueva. Lea algo que la invite al debate.
—Con Shakespeare se puede debatir.
—No, no se puede. En realidad, no. Busque otra cosa.
—Acabamos de repasar todo el catálogo de mi biblioteca.
—Pues lea algo de la mía.
—Señor Pierce, ¿es que no ha oído nada de lo que le he dicho?
—La he oído. Parámetros ridículos que usted misma se ha impuesto. Veamos. Si necesita escribir notas al margen, si solo puede leer lo que es suyo…
Se acercó a una caja, removió su contenido, la dejó de lado y siguió buscando en otra lo que fuera que estuviera buscando.
Jamás se me había pasado por la cabeza que el señor Pierce tuviera libros.
Jamás se me había pasado por la cabeza que no los tuviera.
Simplemente no había asociado ambas cosas.
Entra y sale a todas horas, y cuando está en casa se consagra a su estudio.
La idea de que fuera capaz de detenerse el tiempo suficiente como para leer otra cosa que no fuera un periódico me produjo una sensación… agradable.
Sacó de la caja un pequeño volumen marrón, lo abrió, pasó un par de páginas, volvió a cerrarlo y vino hacia mí. Lo depositó en mis manos.
Su seriedad natural hizo que aquel sencillo movimiento se volviese significativo; fue como si me estuviese haciendo entrega del Vellocino de Oro.
—Debata con esto. Es suyo.
Una situación incómoda y encantadora a la vez. Mi vida, en otras palabras.
—Me niego a cogerle sus libros —dije, por mucho que mis dedos se hubieran cerrado ya sobre la cubierta.
—Se lo estoy regalando.
Lo abrí y me encontré con una dedicatoria.
Niall, mi audaz amigo .
Rw. Emerson
—¡No puedo aceptarlo de ninguna manera! —Le planté la dedicatoria casi en la cara—.
Si he de creer que «Rw. Emerson» es, en efecto, Ralph Waldo Emerson, el autor de…
—avancé hasta la página del título— Autoconfianza , es evidente que yo no soy nadie para quedarme con un ejemplar que incluye una dedicatoria personalizada.
El señor Pierce restó importancia a mis palabras.
—Tengo dos ejemplares más, uno de ellos también con dedicatoria.
La curiosidad me empujó a preguntar:
—¿Sí? ¿Y qué dice la otra dedicatoria?
—Dice: «Niall, eres un terco y un tonto. Rw. Emerson». —Levantó la vista sonriendo—. Ese ejemplar me gustaría conservarlo.
—De verdad le digo que no puedo aceptar…
Entonces, el señor Pierce soltó el aire con fuerza y dijo:
—Cuando estoy en Estados Unidos, me siento decididamente inglés. Y cuando estoy en Inglaterra, me siento irritantemente estadounidense.
Fue una declaración singular y una prueba de su contaminación, eso seguro, pero esperé sin decir nada —por increíble que parezca— a que el señor Pierce me explicara por qué había dicho aquello.
Lo hizo.
—Emerson era un amigo. Tengo tres ejemplares de su ensayo.
Lo he leído y me he sentido de acuerdo con él y en desacuerdo con él al menos media docena de veces, si no más.
Así que puede quedarse este ejemplar, Emma, y a ver qué puede hacer con él.
No sea tan condenadamente inglesa. Haga garabatos en los márgenes, subraye el texto, táchelo, haga todo lo que quiera o se atreva a hacer con él. Pero acepte el maldito libro.
Mi expresión de perplejidad se transformó lentamente en una sonrisa.
—Muy estadounidense por su parte, señor Pierce.
Emitió un quejido.
Y acepté el libro.