Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 3) 1 de agosto
46%

1 de agosto

La vida nunca te defrauda en una cosa: siempre se producen giros inesperados.

Mary se ha presentado en Lapis Lazuli esta mañana.

—Feliz agosto, Emma —dijo en cuanto bajé.

—Y adiós por fin a julio —fue mi respuesta algo vehemente.

—¿Tan mal estuvo Julio César ?

—Qué va. Pero las circunstancias que lo rodearon han sido complicadas.

Mary sugirió que charlásemos mientras dábamos un paseo por el parque. Lo cual fue una idea estupenda ya que, justo en aquel momento, el primo Archibald empezó a gritar desde su alcoba.

—¿Por qué no comentamos las dificultades de tu vida, Mary? Las mías presentan cierta tendencia a morder.

Decidimos ser atrevidas y mostrarnos por Hyde Park, por elevadas que fueran las probabilidades de tropezarnos con muchos Respetables (mi muy estimada dictadora tía entre ellos).

Al poco de comenzar nuestro pausado paseo, le pregunté a Mary por su hermano.

—Espantoso como siempre, pero su esposa me gusta —respondió con su sinceridad habitual—. Como estuvieron fuera durante casi toda mi visita, disfruté de la casa para mí sola y únicamente tuve que ocuparme de que los niños y los perros siguieran con vida.

—Bien hecho.

Mary sonrió.

—Y por suerte no ha habido ni un solo hueso roto.

Lo sé seguro porque mi hermano, nada más llegar, obligó a los niños a salir de la cama y los examinó de arriba abajo antes de decir: «Veo que al menos los has mantenido con vida».

A lo que mi cuñada se atrevió a replicar: «Y ahora además de vivos están enfurruñados, cariño, ya que los has despertado cuando estaban en sus dulces sueños».

—¡Bravo por Mable! —dije sonriendo.

Mable era una chica tímida y callada cuando se casó con el hermano de Mary. O eso al menos decía mi amiga. Pero había empezado a tener voz propia. Y al parecer eso no le sentaba nada bien a su marido.

—¿Y cómo se tomó él esa exhibición de pensamiento independiente? —pregunté.

—Mi hermano ha tenido la mala fortuna de enamorarse de Mable. Lo que dificulta las cosas.

¡Bien!

Después de comentar otros deméritos del hermano de Mary, recuperé la conversación que quería mantener: el peculiar interés de Jack por el profesor para el que trabajaba mi amiga.

—¿Por qué, Mary? —dije casi disparando con pistola mi pregunta.

Ella esquivó la bala y respondió en tono risueño:

—¿Y por qué muestra interés Jack por las cosas, Emma?

Por puro divertimento. El profesor para el que trabajo es inofensivo.

Es un viudo con tres hijos, todo chicos, que se pasa los días impartiendo clases en la universidad y las noches escribiendo su libro.

Y ahí es donde entro yo, mecanografiando sus notas y haciendo las revisiones.

Sé más sobre la Compañía de las Indias Orientales de lo que jamás quise saber.

Teniendo en cuenta que, cuando en alguna ocasión tomamos el té, Mary suele comentar detalles sobre este tema, pronuncié un silencioso «amén».

—¿Lo ves? —continuó Mary—. Es de lo más inofensivo.

—¿Calificas de inofensivo a un viudo con tres hijos? —repuse.

Mary me miró como si no me entendiese. Hasta que de pronto, como si se le hiciese la luz, se echó a reír.

—¡Ay, madre mía! Nunca. ¡Jamás! Es inofensivo de verdad. —Debo dejar constancia por escrito de que Mary dudó un momento antes de añadir—: Créeme, Emma.

El día en que Emma M. Lion crea que un viudo con tres hijos es inofensivo será el día en que se arroje al Támesis.

—¿Así que has conocido a este profesor?

—No exactamente. Tenemos un conocido común que coordinó esto del trabajo.

—Ah. Entonces no lo has visto. Por lo que no puedes saber con toda seguridad si es perverso o no.

—Emma —Mary me habló blandiendo su sombrilla como una espada—, si se pudiera reconocer a un personaje perverso con solo mirarlo, el mundo sería muy distinto.

Me eché a reír. Y le dije que tuviera cuidado, no fuera que su profesor anduviera en busca de una esposa joven y saludable para ocupar el puesto.

—¡Imagínate, tú una madrastra!

Solo de pensarlo, nos dio a las dos tal ataque de risa que no nos recuperamos hasta que nos tropezamos de pronto con lady Stanton, que solo aprueba los ataques de ira.