27 de julio
Cuando me desperté esta mañana, con los ojos todavía cerrados y enredada entre las sábanas después de una noche de mucho calor, supe que algo iba terriblemente mal, aunque no recordaba qué.
Era como si estuviera en un sueño, sin poder alguno para cambiar nada o para entender qué era lo que me oprimía.
Y entonces, cuando abrí los ojos, lo recordé.
Volví a cerrarlos, me di la vuelta y me escondí bajo las sábanas.
Agnes llamó finalmente a mi puerta.
—¿Está usted ahí, señorita? ¿Se encuentra bien?
Después de morderme el labio inferior con tanta fuerza que hasta me dolió —e incluso me hice sangre sin querer—, me obligué a incorporarme.
—Sí, Agnes. Me he permitido el lujo de empezar la mañana lentamente.
—¿Le subo el desayuno? ¿O algo para el mediodía?
Casi le dije que sí, pero conozco mis límites y sabía que podía llegar a pasarme el día entero en la cama.
—No, bajaré al comedor.
—¿Por qué no a la sala del desayuno? Tiene unas ventanas preciosas.
Al oír aquello, saqué las piernas y me senté en el borde de la cama, y pensé que Agnes tenía demasiada carga de trabajo.
—No tenemos sala del desayuno, Agnes.
—¡Por supuesto que sí! Es… Ay, no, señorita Lion.
Me había olvidado de que el señor Flat me dijo que esa sala le traía malos recuerdos y que nunca jamás debía recordarle su existencia.
Lo cual es una lástima. Es una salita preciosa.
Algo realmente terrible debió de pasar allí para que la tema de esta manera.
—¿Pero de qué hablas, Agnes? ¿Dónde está esa sala que dices?
—Detrás del salón de recibir, la segunda puerta del pasillo.
—Eso es un cuarto para trastos.
—No lo es. Es una sala del desayuno con dos ventanas encantadoras.
Me detuve el tiempo suficiente como para coger una buena bocanada de aire.
—¿La utiliza Archibald?
—No, qué va. Le da igual, dice. Nadie la ha utilizado desde que estoy en Lapis Lazuli House, pero yo la mantengo limpia.
En aquel momento lo odié. Lo odié de verdad. Mi respuesta estoica y caritativa a todas sus traiciones se empezó a derrumbar a partir de aquel detalle tan nimio y estúpido.
—Pues tomaré el desayuno en la sala del desayuno, Agnes, aunque sea solo para fastidiar a ese viejo chiflado.
Cogí mi vestido más gastado, el gris; estaba tan cansada que no imaginaba ponerme encima otra cosa que algo con lo que me sintiera cómoda y, pese a que el reloj se acercaba al mediodía, me recogí el pelo en una trenza desmarañada en vez de peinármelo con un estilo más adecuado a mi edad. Me lavé la cara, cogí el diario y bajé.
Al pasar por el descansillo del segundo piso, miré con rabia la puerta cerrada de la habitación de Archibald.
Puede que incluso le lanzara un maleficio.
Nunca se sabe.
Fiel a su palabra, Agnes me condujo más allá del salón de recibir, hasta una puerta con cerradura, una puerta que siempre me habían dicho que daba acceso a un trastero, una puerta que mi padre siempre me había dicho que daba acceso a un trastero.
Agnes fue comentando todo el rato que tenía la llave y, cuando la introdujo en la cerradura y empujó para abrir, parpadeé y a punto estuve de echarme a llorar.
Era una preciosidad. Es una preciosidad.
Ahora estoy aquí sentada, con la sensación de hallarme en un mundo totalmente distinto.
Las paredes están pintadas de una tonalidad verde hoja, las dos ventanas estrechas están rematadas con molduras de color crema y hay estantes empotrados repletos de jarrones de flores que parecen del siglo pasado.
Hay un cuadro de una costa… ¿irlandesa? Y otro de un niño que sospecho que debe de ser mi padre.
Ah, ¿y eso? Me parece que veo algo en la estantería superior.
Un libro. Un libro ilustrado sobre flores. Encantador.
Agnes me trajo la comida —un desayuno completo y un almuerzo abundante— y dijo:
—¡Señorita Lion, la veo triste!
—No, Agnes. Simplemente estoy cansada.
Ninguna de las dos se quedó convencida.
Más tarde
Ya ha anochecido. Estoy arriba en mi buhardilla.
El día ha transcurrido de una forma… inesperada.
Cuando iba a abandonar la sala del desayuno, Agnes vino a buscarme. Me dijo que el señor Pierce había llamado a la puerta del gran salón.
—Ha preguntado si estaba usted en casa, señorita. Y le he dicho que no lo sabía.
Volviéndome a sentar, contesté:
—¿Por qué le has dicho eso, Agnes? Sabes perfectamente bien que estoy aquí.
Agnes sacudió la cabeza y, con los ojos muy abiertos, dijo:
—Es que el señor Pierce es… Y usted está tan… Bueno, es que… es que he pensado… Bueno, ya sabe.
No, no sé, Agnes.
Dejando atrás mi desayuno a medio comer y el momento aturullado de Agnes, recorrí el pasillo hasta llegar a la puerta del salón.
Levanté la mano tres veces —ensayando a la vez la sonrisa que me disponía a ofrecer—, hasta que reuní el coraje suficiente para llamar.
Acto seguido, oí el sonido de fuertes pisadas aproximándose.
La puerta se abrió… Vaya, este hombre abre las puertas casi tan bien como descorre una cortina.
—Hola —dije—. ¿Me buscaba?
En aquel momento me sentí expuesta a la deriva, sin nada a lo que agarrarme.
El señor Pierce tampoco me facilitó las cosas.
Sin darme ningún tipo de respuesta verbal, observó mi rostro: las ojeras, la sonrisa cansada que esbozaban mis labios, mi torpe intento de trenzarme el pelo.
Para Emma M. Lion, la beligerancia no se aleja mucho de la pena, así que levanté una ceja y lo estudié también.
El Inquilino estaba siempre envuelto por un aura de misterio y sus ojos mostraban más un espejismo que la dureza de una piedra. Mirándome como si fuera un espectro, dijo:
—Es 27 de julio.
Su voz, su matiz hastiado, hizo que su declaración pareciera más real que su persona.
—Así es.
—¿Cómo lo lleva?
Mi respuesta fue la ausencia de la misma.
—Pase.
El Inquilino se apartó y abrió la puerta lo suficiente para dejarme pasar.
Entré.
Y al hacerlo, vi que la estancia seguía en proceso de cambio, con cosas aquí y allí, cajas repartidas por todas partes, cachivaches amontonados. No me importó.
Yo me sentía igual.
O, mejor dicho, me siento igual, en presente.
Más de lo que me gustaría reconocer.
—Estoy clasificando, decidiendo dónde va cada cosa —dijo el señor Pierce, supongo que incentivado por mi silencioso escrutinio—. Adelante, tome asiento.
Me indicó el sofá, de modo que avancé entre el pequeño laberinto y me senté.
—Me gusta cómo queda la pintura azul —comenté.
Me miró mientras sus manos seguían clasificando.
—A mí también.
Al ver que yo no decía nada más, volvió a mirar sus papeles y declaró:
—La batalla de Maiwand. Hace hoy tres años. Novecientos sesenta y nueve soldados británicos e indios fallecidos, y eso sin mencionar las bajas sufridas por los guerreros pastunes.
No respondí nada. No tenía respuesta.
El señor Pierce siguió trabajando en silencio mientras yo me instalaba en la esquina, sentada en diagonal para poder verlo por el rabillo del ojo mientras también observaba la calle.
—Hábleme sobre él, sobre su amigo —dijo por fin el señor Pierce. No me miró a la cara, cosa que agradecí; un gesto que me permitió disfrutar de privacidad para responder a su petición.
Con la excepción de Mary, era la primera vez que alguien que no conocía a Maxwell me preguntaba por él.
Inesperado. Y, de alguna manera, fue como si acabaran de pasarme una llave entre los barrotes de una celda.
Y así fue como, después de permanecer sentada en silencio durante un cuarto de hora, empecé a hablar de Maxwell.
De la primera vez que lo recuerdo merodeando por mis reminiscencias de niña.
De los días de verano más allá del río. De las notas secretas entre niños.
De darme cuenta de que era más. De elegirnos el uno al otro antes de entender lo que aquello significaba.
De su partida.
De su muerte.
Pasaron las horas, muy despacio, deteniéndose cada vez que lo hacían mis palabras.
Y, durante todo aquel rato, el señor Pierce siguió trabajando sin parar, con el entrecejo fruncido, como si tuviera la cabeza en otra parte.
Sin embargo, cada vez que yo decía algo ingenioso o divertido, una sonrisa iluminaba su cara.
La prueba de que me estaba prestando atención.
Cuando le describí el día, aquel día terrible, sofocante y seco en el que me enteré de que Maxwell había muerto, el señor Pierce interrumpió sus quehaceres y observó mi perfil, pues estaba yo hablando más hacia la ventana que hacia él.
Me escuchó, y le hablé de todo ello con más detalle de lo que nunca me había permitido ni siquiera pensar.
De aquel día, de la espera, de aquel funeral sin cuerpo.
Lo que Evelyn dijo e hizo me lo guardo para mí. Ni siquiera Arabella lo sabe.
En un momento dado, recogí los pies debajo de mi falda, me acurruqué en la esquina del sofá y cerré los ojos.
Sintiéndome como una tonta.
Sintiéndome valiente.
Después de haberme abierto en canal y de haberme confiado a un hombre que, pese a no ser un completo desconocido, seguía siendo territorio inexplorado. Quizá precisamente por eso fui capaz de hacerlo.
Y entonces, tras lo que me pareció solo un instante, una voz me despertó desde el otro lado del salón. El señor Pierce diciéndome que ya era tarde.
Había dormido varias horas.
Me levanté, miré por las ventanas —el día se estaba oscureciendo— y me sequé los ojos, intentando mantener un mínimo de compostura. De forma bastante torpe, le di las gracias y me encaminé hacia la puerta.
—¿Señorita Lion?
Me complace informar de que Emma M. Lion no es una cobarde y, por lo tanto, me volví hacia él.
Me dio la impresión de que no se sentía cómodo cuando añadió:
—No nos conocemos muy bien y, por lo tanto, lo que voy a decir puede que sea erróneo.
Mi intención era reír, pero lo que salió de mí fue un sonido extraño, similar al que emitiría un animal moribundo.
—¿Me dice eso después de lo de hoy? —observé con ironía.
El señor Pierce esbozó una sonrisa triste.
—Tiene usted sentido del humor y una cantidad considerable de coraje natural, a falta de mejor palabra. Una actitud temeraria frente a circunstancias muy serias.
No supe adivinar en aquel momento, y tampoco soy capaz de descifrarlo ahora, si sus palabras tenían la intención de ser un cumplido o una amonestación sutil.
—Trato de salir adelante. No tengo tendencia a… Lo que quiero decir es que hace ya mucho tiempo que aprendí que debo separar mi felicidad de las cosas que escapan de mi control.
—Admirable —dijo el señor Pierce como si no me creyera.
—Necesario —repliqué sintiendo el apremio de defenderme.
—Creo que la mayoría entendemos todo eso en teoría, pero no lo hacemos ni la mitad de bien que usted.
—No es propio de mí elegir la tristeza si puedo evitarlo —dije encogiéndome de hombros para excusar el desmoronamiento que acababa de sufrir—. Los días tristes existen, pero hay mucho más —agité una mano—, muchísimo más de todo lo demás, supongo, como para tener que vivir bajo su peso.
—Y, aun así, va siempre acompañada por su fantasma —repuso el señor Pierce—. Lo busca por encima de su hombro.
Contuve de pronto la respiración. Sus palabras me dolieron como duele la verdad cuando desearías que fuese mentira, pero no puedes afirmar que lo sea.
—No es ninguna crítica —añadió el señor Pierce.
—Y entonces ¿qué es? —repliqué con sequedad.
—Es una esperanza… La esperanza de que no tenga que cargar por mucho tiempo con los muertos.
Si cualquier otra persona me hubiera dicho eso, habría… Bueno, la verdad es que no sé qué habría hecho. Pero el mapa que acababa de dibujarle de Maxwell y las confesiones de toda la tarde —las mías en palabras, las de él en silencio— le permitían decirme lo que acababa de decir.
—Cargo con más fantasmas de los que podría imaginarse, señorita Lion. Conozco lo que significa ese peso. No es vida.
Me costó responder a la sinceridad de su confesión, pero, cuando hablé, hice la tontería de hacerle una promesa:
—Mañana seré yo misma.
Y me fui.
Ahora me encuentro deambulando de un lado a otro de mi buhardilla.
Tengo las ventanas abiertas y oigo que alguien en Whereabouts anda tocando un melancólico flautín.
Demasiado cansada para asomarme, demasiado despierta para quedarme sin hacer nada, me siento dividida en dos, como un papel rasgado por la mitad.
No tendría que haber hablado tan gratuitamente de cosas complicadas.
Confesar tantas quejas. No. Gratuitamente no.
No había hablado gratuitamente. Cada palabra pronunciada exigía su precio.
Y quizá no era un precio demasiado alto a pagar a cambio de un poco de comprensión, pero sin duda era demasiado alto para volver a hacerlo.
Pero ¿por qué no podría contárselo a alguien que conoce el precio que se cobra la guerra?
Mi humor indomable, por no decir grotesco, casi puede percibir el espíritu inquieto de tía Eugenia trepando por la ventana de la buhardilla para regañarme.
Ya está. Me he reído por primera vez en lo que va de día.