23 de julio
Mi vida —la vida sencilla que veo cuando cierro los ojos, en la que soy una estudiante de los clásicos, de la ciencia, de la historia, en la que cumplo mis compromisos y dispongo de tiempo para expandir los perímetros de mi mente— parece estar escapándose de entre mis dedos.
De vez en cuando, al pasear por el parque, me tropiezo con almas desesperadas que intentan seguir el ritmo de un sabueso insistente de gran tamaño.
Acaban viéndose arrastrados por la correa del perro y tropezando con sus propios pies.
Y así es como me siento ahora. Julio está pasando como un torbellino: he estado bastante ocupada con César, eso seguro, pero casi no he leído.
No es precisamente lo que visualizaba en marzo. Qué ingenua era. ¡Qué joven! ¡Qué inexperta!
Ahora conozco mejor la vida.
Si no me busco yo misma mi tiempo para estudiar, el alcance de mi educación quedará reducido a una deprimente combinación de las lecciones de tía Eugenia, los gritos del primo Archibald y los sermones del Joven Hawkes.
De todo ello solo me parece aceptable lo último, sobre todo cuando los sermones incluyen poesía.
Debería renunciar a mi ilusión de ser propietaria y limitarme a tomar libros prestados de la biblioteca de tía Eugenia.
Una idea que me deprime.
Me encanta escribir notas en las páginas.
Una conversación nueva sobre una escrita hace tiempo.
Más tarde
Esta noche he encendido una vela por mi padre.