Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 3) 24 de julio
34%

24 de julio

Acabo de volver de unos recados —hilo, botones, cordel de carnicero para Agnes—, que han culminado con un pequeño té en Everett’s.

La intención era un Té para Uno, siendo ese Uno yo.

Pero el destino, que siempre se muestra tan gracioso cuando se trata de repartir sobre mi porción de existencia, tenía otra cosa en mente.

No habían pasado ni dos minutos cuando una sombra se instaló en el asiento de delante de mí y se hizo carne. Levanté la vista y esbocé una mueca.

—Oh, Jack —dije con un suspiro—. Había olvidado que era la plaga de esta ciudad.

El cocodrilo sonrió.

—Hola, esposa de mi juventud.

—Oh, qué proverbial —repliqué—. ¿Ha estado leyendo la Biblia?

—No tengo tiempo para leer, señorita Lion. El ritmo del mundo está cambiando y nosotros debemos cambiar con él.

—Sí, bien, pues adelante. Váyase y siga ese ritmo.

Tras esbozar una sonrisa burlona a modo de respuesta, Jack levantó la mano para indicarle a la camarera que trajera otra taza a la mesa.

Fue entonces cuando decidí aprovechar la presencia de Jack.

—Si piensa acompañarme, señor Hollingstell, quizá debería pagar la cuenta. Sería de lo más galante.

Dirigió la mirada hacia el único scone que ocupaba mi plato y observó a continuación la inmensa soledad de la mesa vacía.

—Me parece que su aguachirle necesita un patrocinador.

—¿Mi aguachirle?

—Oh, no me diga que la admirable señorita Lion no conoce el latín de los ladrones.

—¿Disculpe?

—La jerga, señorita Lion. La jerigonza.

Antes de que me diera tiempo a replicar, llegó la camarera con una taza y un platillo para Jack, quien, después de formular varias preguntas sobre la carta, acabó pidiendo un té mucho más completo que el mío, sacudió su servilleta y la colocó en su regazo, tan feliz como un ratón en una quesería.

Con la diferencia de que Jack Hollingstell no es ningún ratón.

Poco después, apareció en nuestra mesa una maravilla de tres pisos. Orgulloso de sí mismo, Jack observó la montaña de pastelitos.

—¡Cielos, Jack! Para ser tan delgado, veo que adora los pasteles.

—Me paso el día corriendo de un lado a otro —señaló con naturalidad.

—Huyendo de las autoridades, supongo.

Me miró de reojo con humor y aceptó el té que le preparé.

Me serví un hojaldre con glaseado rosa y blanco.

—¿Está aquí para cobrarse uno de sus favores? Le recuerdo que solo tiene dos.

Jack sonrió.

—No. Mi intención es reservarme ese cobro para cuando sea absolutamente necesario.

—Entonces ¿por qué está aquí?

—Porque, crème de la crème , me gustaría hacerle una pregunta.

—Oh, vaya. ¿Y qué obtengo yo a cambio de responderle?

—Un té estupendo, a menos que prefiera que me escabulla y la deje aquí sola con la cuenta pendiente, querida.

Me tenía acorralada.

—¿Qué es lo que quiere saber?

Jack se acabó un éclair entero antes de responder con la satisfacción de una serpiente después de consumir un roedor; no miento, suspiró justo con ese mismo placer.

—En este mundo solo amo una cosa, señorita Lion.

—¿A sí mismo?

Jack sonrió.

—Mejor dicho, en este mundo amo dos cosas, señorita Lion. A mí mismo —hizo un gesto ampuloso de autoestima— y los dulces. Y, ahora, volviendo a mi pregunta: ¿cuánto sabe acerca del profesor de Mary?

—¿El profesor de Mary?

—Sí. El hombre que la tiene encerrada casi todas las tardes mecanografiando notas sobre la Compañía de las Indias Orientales, lo que le impide pasarlas paseando por Londres conmigo.

No sabía nada, pero di un sorbo a mi té como si lo supiera todo.

—¿Por qué lo pregunta?

—Tengo mis motivos.

Lo cual no era incentivo suficiente para divulgar información.

—Muy bien.

Y eso fue todo. Esperaba entonces que empezara a presionarme, a camelarme, cualquier cosa, pero Jack no dijo nada más. Acabamos el té, Jack pagó la cuenta y en ese momento, mientras yo me ponía los guantes, desapareció. Salió por la puerta sin que me diera tiempo siquiera a pestañear.

Es impresionante. Y exasperante también.

Cuando me disponía a marcharme, se me acercó corriendo la camarera con una cajita.

—Esto es para usted, señorita.

—Oh, no he pedido nada más —dije, segura de que no iba a pagar por aquello.

La camarera se ruborizó.

—Es un regalo del caballero.

Me contuve de comentar que Jack no es ningún caballero.

—¿De verdad?

—Sí. —El rubor se transformó en un rojo realmente incómodo—. Me ha encargado que le diga que es para ayudarla a mantener su dulce boca cerrada.

Me eché a reír. Y me llevó más de medio minuto conseguir parar. Aliviada al ver que no me había ofendido por lo que acababa de decir, la camarera me hizo entrega de la cajita y le di las gracias.

Ahora, sentada en mi escritorio —después de echar las monedas que me habría gastado en el té en una hucha que tengo para el banco—, he abierto la caja y he descubierto seis tartaletas de manzana, calentitas y felices, listas para cumplir su misión.

Agnes compartirá conmigo el botín porque es buena gente.

Parian lo compartirá también porque el primo Archibald lo reprende constantemente.

¿Y en cuanto a ese viejo cuervo cascarrabias? Bueno. Quizá una. Por lástima.