15 de julio #3
—Vivito y coleando, a pesar de estar hasta arriba de láudano.
Fairchild ha confirmado mis sospechas. La recuperación del señor Flat se anticipa difícil.
Caminar sin la ayuda de un bastón, probablemente imposible.
¿Caminar con bastón? Hay esperanzas en ese sentido, aunque nunca se sabe.
Todo lo cual limitará la capacidad de movimiento del señor Flat.
Y, antes de que pueda intentar volver a caminar, pasará una buena temporada postrado en la cama.
Era, debo reconocer, un pronóstico de lo más lúgubre.
—Vaya, pobre hombre. Y todos sufriremos las consecuencias.
—Sí, ahí está el tema —dijo el señor Pierce secamente—. Me imagino que no debe de ser nada fácil para usted tener que lidiar con ese hombre cuando está bien, por lo que no puedo ni imaginarme cómo será tener que hacerlo en su estado actual.
—No es nada fácil, no.
—Antes he visto cómo la ha tratado a gritos, encolerizado. —Hizo una pausa y creo, como dicen en las novelas, que su mirada se endureció, o se afiló o algo de ese estilo—. ¿La trata con frecuencia así? ¿Después de todo lo que le ha hecho?
Al oír aquello, me quedé sin palabras. Es imposible explicar el comportamiento del primo Archibald sin parecer que estás loca por tolerarlo.
Ay de mí.
¿Estoy loca?
Bueno.
Maldita sea mi lengua. O, mejor dicho, mi pluma.
Vi que el señor Pierce insistía en obtener una respuesta, así que dije:
—No siempre es tan expresivo. —Lo cual no es necesariamente cierto.
—. Pero reconozco que tiene su propia manera de infundir terror.
Todos tenemos una cruz con la que cargar, señor Pierce —añadí en tono filosófico—.
La mía es este anciano en cierto modo grotesco que, como bien ha podido oír, me considera una desvergonzada.
El señor Pierce sonrió, pero fue una falsa sonrisa. Sus ojos estaban muy serios.
—Sus actos me parecen despreciables —sentenció.
—A mí también.
—¿Por qué le permite permanecer en su casa?
Ahí estaba. La pregunta que me perseguía.
Empecé con lo que le decía a todo el mundo.
—Mi padre quería que fuese bondadosa y…
—No es eso —dijo el señor Pierce, cortándome. Un poco atrevido por su parte, pensé. Y dijo a continuación—: Ningún padre desea eso para su hija. Ha sido usted víctima de un grave abuso. El señor Flat debería ser llevado a juicio.
—No hay fundamento legal. La ley dice que…
—A la ley que la zurzan.
—No hay fundamento legal —insistí.
—¿Y? ¿Cuál es el verdadero motivo? No me creo que sea su padre.
Es justo la conversación que he estado manteniendo en privado conmigo misma desde hace tres meses.
Y la petición de mi padre, una petición muy real, siempre ha eclipsado el otro motivo, el motivo de fondo.
Cerré la boca con fuerza, bajé la vista hacia el suelo e hice el intento de ofrecer lo que parecía una explicación imposible.
Le expliqué al señor Pierce que vivíamos en una casita, mis padres y yo. Que había un bosque con un río. Un jardín. Una montaña llena de senderos. Risas en la cocina, donde mi madre siempre tenía jarrones con flores y mi padre pintaba. Era, en una palabra, en la única palabra, un hogar.
Me armé de valor antes de levantar la cabeza para mirarlo.
—Murieron los dos en el transcurso del mismo año y me quedé sin hogar.
Desapareció. No he vuelto allí desde entonces.
No soportaría, creo, ver a otras personas viviendo en nuestros lugares.
Fue una tortura. Verme desposeída de todo.
Luchar por vivir y respirar. Encontrar algo en ese sentido en una persona para luego volver a perderlo.
No… no lo soporto, señor Pierce. No soporto pensar en eso.
En el dolor de perder mi hogar. Y, en consecuencia, conociendo como conozco ese terrible sentimiento de pérdida, ¿cómo puedo arrebatarle a este hombre su hogar?
Por espantoso que mi primo sea. Por poco que se merezca mi clemencia. ¿Entiende lo que quiero decir?
El señor Pierce parecía triste, en cierto modo.
—La entiendo. Sé de qué me habla.
—Yo también me he estado haciendo esa misma pregunta. Y ese, creo, es el porqué.
El señor Pierce hizo un mínimo gesto de asentimiento.
—De acuerdo, pues.
Incómoda, me levanté del sofá. El señor Pierce siguió mi ejemplo y recogió su periódico.
—Es mucho más complicada de lo que nos imaginábamos de pequeños —dijo.
—¿El qué?
—La vida. —Y entonces su semblante volvió a reflejar esa expresión que le había visto cuando tomábamos el té, como si se sintiera culpable de algo.
¿Por la molestia de su presencia? ¿Por seguir vivo?
El señor Pierce carraspeó levemente—. Estaré trabajando en el salón, señorita Lion.
Llámeme si necesita cualquier cosa. Y dígale al señor Flat que si le causa el más mínimo problema…
—¿Defenderá usted mi honor?
Mi sonrisa irónica pretendía poner un punto final humorístico a la noche, pero el señor Pierce parpadeó.
—Jamás me atrevería a decir eso…
—Bromeo, señor Pierce. Y… le agradezco que haya hecho lo que ha hecho.
Ha sido reconfortante, por extraño que parezca.
Siempre me toca gestionarlo todo yo sola…
Bueno, desde que murieron mis padres. Tener a otra persona guardándome las espaldas es una familiaridad que echaba de menos.
—Me veía a mí misma, no solo me sentía, aturullada, y acabé mi discurso de la peor manera posible, diciendo—: Tenerlo ayudándome me hace sentir como… como si tuviera un hogar.
—Esa costa esquiva… —dijo el señor Pierce en voz baja.
—Sí.
—Buenas noches pues, señorita Lion.
—Buenas noches.
Hasta aquel momento no había sido consciente de lo mucho que echaba de menos esa sensación, la de tener a alguien velando por ti entre tus cuatro paredes. La sensación de que el hogar no lo conforma solamente un lugar, sino también la gente. Había olvidado que podía ser así.
Me estoy poniendo sentimental.
Es hora de soplar la vela y apagarla.