Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 3) 15 de julio #2
27%

15 de julio #2

—Estuvo como médico militar durante un tiempo en África —fue su respuesta. Miró a su alrededor como si buscara alguna cosa que beber y, al no encontrar nada, se levantó—. Estaré aquí para ayudar con el señor Flat. Páseselo muy bien esta noche, señorita Lion.

—Muchas gracias por todo, señor Pierce. —Y entonces añadí—: Parece estar usted maldito con nuestras extrañas catástrofes.

El señor Pierce se quedó pensativo y se masajeó la barbilla con la yema del dedo índice.

—Irónicamente, el suceso parece tener su origen en Teobaldo, el gato que traje yo a Lapis Lazuli.

Se estaba echando la culpa de lo sucedido. Una idea tan ridícula que me resultó imposible de aceptar.

—Usted no tiene la culpa de nada —repliqué—. No ha sido más que un accidente extraño, como bien ha dicho.

—No siempre podemos predecir el resultado de nuestros actos, señorita Lion, por bienintencionados que sean.

Me levanté.

—¿Qué es la vida sino una sucesión de resultados que escapan de nuestro control?

Mis palabras sonaron mucho más hastiadas de lo que pretendía, pero al señor Pierce no le molestó.

—Totalmente de acuerdo, señorita Lion.

Y se marchó.

Pronto oscurecerá y estoy a punto de salir de casa enfundada en mi vestido rojo. El médico ha llegado y el señor Pierce se está ocupando de la visita.

Y yo, siendo como soy una desvergonzada , haré lo posible para estar presentable y escabullirme en la noche.

Más tarde

Fue la representación de Julio César más entusiasta que he visto en mi vida. Bruto parecía estar a punto de echarse a cantar a cada palabra que pronunciaba.

Cuando llegué a la dirección indicada en la entrada, apareció una figura oscura en la acera y, en vez de guiarme para entrar por la puerta principal de aquella elegante casa de Sterling Street, me vi conducida discretamente hacia un sendero lateral del jardín, apenas iluminado.

Me sentí casi como Titania en el bosque encantado.

Las puertas traseras de la casa estaban abiertas de par en par, y descubrí un espacio engalanado con una variedad exquisita de telas e iluminado por la luz de las velas hasta llegar a un salón de baile con un escenario al fondo, cubierto con un telón.

Un joven con una máscara con la cara del primer ministro me acompañó hasta mi asiento, y ¿quién estaba sentado a mi lado hojeando un programa y tan elegante como un reloj de bolsillo?

Islington, el duque de.

Tomé asiento y sus ojos de color avellana recorrieron de arriba abajo mi vestido rojo.

—Un atuendo muy romano, señorita Lion.

—Hola, Islington.

—¿Desea consultar mi programa? —me ofreció hablando con un tono que contenía la cantidad apropiada de aburrimiento y condescendencia.

—¿Por qué no? Gracias.

Miré el programa y emití un sonido de desagrado. Había sido un día agotador. Una semana agotadora. Y, a pesar de que normalmente disfruto con las peculiaridades de St. Crispian’s, aquella noche me sentía algo desalentada por ellas.

—Veo que en el programa no constan los nombres de los actores —comenté con ligereza, y le devolví el programa a Islington.

—No. «Se revelará en su momento» —dijo citando la frase escrita al lado de cada personaje.

—Y entonces ¿para qué sirve el programa? —pregunté cargada de intención.

El duque se encogió de hombros.

—¿Y qué sentido tiene toda esta producción, señorita Lion? Divertirse. Esto… —continuó, mostrándome el programa— es divertido.

A mí no me lo parecía. Lo cual era un fallo por mi parte. En condiciones normales, habría sido de ese tipo de cosas que me gusta conservar. Pero la verdad era que Archibald había empañado todo el asunto.

La sala siguió llenándose con los afortunados que habían conseguido entrada y el ambiente rebosaba de murmullos y risas disimuladas. Tamborileé mi ridículo con la punta de los dedos.

—Veo que ha venido sola —observó Islington.

—Así es. Mi anciano primo, que tenía que acompañarme esta noche, ha sufrido un percance y se encuentra postrado en la cama con una fractura en la pierna.

—Qué desventura. Transmítale mi pesar. —Y a continuación—: ¿Y no tenía a nadie para darle su entrada? ¿A ese desvergonzado que responde por Jack, por ejemplo?

La mirada que le lancé no fue en absoluto benevolente.

—La entrada adicional sufrió también un desgraciado accidente.

—Me deja usted pasmado —replicó Islington con una voz que parecía cualquier cosa menos de asombro—. ¿Me permite preguntarle al respecto?

—Mi primo se la comió.

Con aquello, el duque perdió por completo la compostura y me miró con jocosa incredulidad.

—Bromea.

—Ojalá bromease.

—¿Fue un accidente?

—Oh, no, qué va. Fue por puro resentimiento. Dijo que se había esforzado tanto por conseguir la entrada que no pensaba dársela a un alma que no se la mereciera tanto. Y esas palabras son literalmente suyas, no mías.

—Increíble.

En aquel momento, se atenuaron las luces y la cortina empezó a moverse.

—No le he visto a usted deambulando de un lado a otro de St. Crispian’s en busca de pistas —dije en voz baja.

Islington me miró —me fulminó con la mirada, de hecho— y dirigió su atención al escenario.

—Pero aquí estoy.

—Por la gracia de Dios, Islington —murmuré cuando las cortinas se abrieron.

—Así es, señorita Lion —replicó.

Fue de lo más entretenido. Los actores estuvieron brillantes, por mucho que el mencionado Bruto se excediera con el brillo en su papel cuando declaró: «¡Juzgadme, oh, dioses!

». Hubo muchas risas cuando parte del decorado se desplomó sobre el suelo del Senado, pero en general fue una producción magnífica.

Durante el intermedio fuimos obsequiados con un postre y un té. Islington solo aceptó el té.

—¿No piensa tomar el postre? —pregunté, y con razón, porque tenía un aspecto delicioso.

—No —respondió Islington—. No me gusta cómo combinan las cerezas y el chocolate.

—Si hubiera escrito eso en su diario de hace cinco años, lo habría sabido —repliqué.

Su mirada de reojo fue inquietante.

—Lo sensato sería no hacer la más mínima referencia a todo ese asunto, señorita Lion.

—Seguro que tiene usted razón. —Suspiré—. Cuando un hombre tiene en su casa una Sala del Conejo, hay que andarse con cuidado o…

—¿O qué?

Bebí un poco de té y lo miré fijamente.

—O gritará «“¡Devastación!”, y soltará los perros de la guerra».

Islington no pudo contener una carcajada.

Era, incluso así, un hombre elegante, con el pelo peinado hacia atrás, el brillo de sus ojos de color avellana, el cuello de su camisa de un blanco tan intenso que resultaba cegador.

Y entonces, cerrando los ojos en un momento de ensoñación, repitió la frase completa:

—«Y el espíritu de César, hambriento de venganza, vendrá en compañía de Atis, salida del infierno, y gritará en estos confines con su regia voz: “¡Devastación!”, y soltará los perros de la guerra».

Sonreí.

—Es un desperdicio que sea usted un duque. Debería haber sido un Marco Antonio.

—«Amigos, romanos, compatriotas, prestadme atención» —citó textualmente.

—Pues eso.

—¿Lo habría hecho usted? —preguntó entonces el duque.

—¿Hablar en el entierro de César?

—Asesinarlo, para empezar.

De todas las preguntas que me han formulado en la vida, esta debe de ser la más extraña.

—La verdad es que no lo sé —respondí—. No he leído las Vidas de Plutarco. Una educación deficiente, por si no lo recuerda. Y usted, ¿lo habría hecho?

Me dio la impresión de que se tomaba la pregunta en serio.

—En cierto sentido, Bruto me inspira lástima. Siempre me ha conmovido, con razón o sin ella, cuando declara: «No fue porque amara a César menos, sino porque amaba a Roma más».

—¿Por sus obligaciones para con la reina y el país y por el severo legado de su padre?

Ambos nos quedamos paralizados. Las palabras salieron de mi boca antes de que me diera tiempo a reflexionar; las pronuncié como si él hubiera compartido conmigo de forma voluntaria sus inquietudes personales en lugar de haberlas yo leído sin su previo consentimiento.

Lo que acababa de hacer me dejó horrorizada. Y eché la culpa de mi tremendo error de juicio al agotamiento de la jornada y al entorno embriagador en el que nos encontrábamos.

Pero Islington, de quien esperaba que me reprendiera enérgicamente con su lengua afilada —un castigo que me merecía con creces—, inspiró hondo, pensativo, y sin mirarme dijo:

—Pongo a Dios por testigo, señorita Lion, de que servir a Roma conlleva un precio que a veces… Bueno, no importa.

Y, antes de que me diera tiempo a pensar cómo responder, las luces se atenuaron de nuevo, se alzó el telón y dio comienzo el cuarto acto.

Cuando abrí la puerta al llegar a casa, me recibió la luz procedente del salón que inundaba el recibidor.

Me quité el sombrero, dejé en el aparador los guantes y el programa —Islington me lo había dado al marchar— y entré en el salón.

Me sorprendió encontrar a El Inquilino tumbado en el sofá verde, con la cabeza descansando sobre un cojín, las piernas cruzadas a la altura de los tobillos, la camisa remangada; estaba leyendo un periódico.

Me fijé en que tenía un vaso de algo en el suelo, a su lado.

Esperaba que fuese de algo fuerte, por su bien.

—¡Señor Pierce! Buenas noches.

Levantó la vista, bajó los pies al suelo y se enderezó, dejando el periódico a un lado. Parecía arrepentido por su actitud.

—Yo, es que… Le ruego que me disculpe. He estado ayudando a Parian. Me ha pedido que me quedara aquí hasta que volviera usted a casa. Para utilizar exactamente sus palabras, me ha dicho que no debía dejarlo solo «con las crueles vicisitudes de cuidar del enfermo».

—Claro. No hace falta que me dé explicaciones. Tome asiento, por favor —dije mientras yo me sentaba en el sillón delante de él.

En cuanto estuvo instalado de nuevo, dijo el señor Pierce:

—¿Qué tal César? Muerto, supongo.

—Del todo, sí. Lo cual no deja de ser un pequeño milagro, ya que Bruto parecía más inclinado a ofrecernos una revista musical que una tragedia con él como villano.

El señor Pierce soltó una carcajada grave.

—¿Villano o héroe?

—El debate interminable —repuse—. ¿Qué tal el señor Flat? No muerto, supongo.

El señor Pierce negó con la cabeza.