15 de julio
Esta mañana no he ido a la iglesia. Todos mis esfuerzos, durante la noche entera, se concentraron en intentar que el primo Archibald estuviera confortable. El láudano hizo su trabajo. Excepto cuando no lo hizo. Cada cuatro horas el primo Archibald se despertaba aullando. Sufre mucho dolor.
El doctor Fairchild llegó a primera hora de la mañana y le entablilló de nuevo la pierna. Por suerte, el primo Archibald estaba dormido.
Por la tarde, cuando Archibald insistió en mantenerse despierto, entré para sentarme con él. A pesar del calor, y de que encima del pijama llevaba dos de sus batines de seda, la chimenea de su habitación estaba encendida.
—Hola, primo —dije después de acercar una silla a su cama.
Archibald estaba blanco y le temblaban las manos. Me resultaba imposible mirarle la pierna sin que aquel crujido se reprodujera en mi cabeza. Me estremecí. Sentía su dolor en todo mi cuerpo. Pobre hombre.
Por desgracia, mi compasión no duró mucho.
—¿Has venido para terminar el trabajo? —dijo entre dientes.
—¿Terminar? No, primo. Lo siento muchísimo por ti. He venido para ver cómo…
—¡Cruzaste expresamente a ese demonio felino en mi camino!
—dijo jadeando. Creo que estaba intentando gritar—.
¡Degenerada! ¡Lo tenías TODO planeado desde el principio!
¡Camelarme para que te ayudara a hacerte con una entrada, hacer gala de tus esfuerzos, para luego atacarme!
¡Para matarme y quedarte tú sola con las dos entradas!
¡Para quedarte con Julio César para tus fines despóticos! ¡Bruto es un santo en comparación!
—¡Primo, de verdad! Sé que sufres un dolor tremendo. Todos estamos preocupadísimos por ti. ¡Te ruego que te calmes, por favor!
—¡No pienso calmarme! ¡No te mereces vivir!
Discrepaba vehementemente de tal afirmación.
—¡Señor! ¡Cálmese!
—¡Jamás!
Archibald tenía la cara tan amoratada que pensé que iba a morirse en aquel momento.
Pero no fue así.
Acabó esquivando el ataque de apoplejía.
Por desgracia.
—¡Parian! ¡Ven, por favor! —grité en vano.
El primo Archibald aún no había acabado.
—Te crees superior y poderosa. Mejor que todo el mundo. Pretendes controlar hasta el último penique. ¡Diriges esta casa tal y como la Biblia dijo que lo haríais! ¡Mujeres al mando! ¡Niños correteando por todos lados!
Me eché a reír. No pude evitarlo. Lo que decía era ridículo.
—¿Ahora resulta que la Biblia habla de Lapis Lazuli? ¡Espléndido!
—¡DEMONIO! —gritó, y me roció la cara de saliva—. ¡Ganaré! ¡Seré testigo de tu ruina! Te veré mendigar por las calles antes de fenecer. ¡Te veré exangüe! ¡Te veré humillada! ¡Tú! ¡Tú, desvergonzada! ¡Miserable irland…!
—Cierre esa boca —ordenó una voz gélida desde el umbral de la puerta.
Cuando me volví, vi que era el señor Pierce. Su expresión era sombría.
—¡La culpa de todo la tiene ella! —chilló Archibald levantando las manos en un gesto suplicante.
—Nada de eso —dijo el señor Pierce. Se acercó a la mesita de noche y empezó a preparar una nueva dosis de láudano—. Todo fue un accidente terrible que la señorita Lion jamás habría deseado que le sucediera.
—¡Lo deseaba! ¡Claro que sí! ¡Le he robado su fortuna, casi hasta la última libra, y desea mi muerte por ello! ¡Me lo he gastado todo! ¡Y ahora le dará mi entrada a un alma que no se lo merece en absoluto! ¡Es una arpía, eso es lo que es!
Un ser de más categoría quizá habría pasado por alto palabras tan vulgares achacándolas al dolor que padecía el pobre hombre. Pero yo no soy de esas. ¿Después de todo lo que me ha hecho? ¡Víbora!
De modo que repliqué también con fuego del infierno.
—¡Has buscado cualquier oportunidad posible para arruinarme, Archibald Flat, pero tus planes maquiavélicos no han funcionado!
Entre Dios y mi banquero, tengo intención de conservar conmigo Lapis Lazuli House hasta el día que me muera, y nada de lo que hagas conseguirá arrebatarme esta casa.
La conquistaré. Reclamaré la victoria. ¡Y tú te quedarás callado! ¿Entendido?
El señor Pierce, que seguía ocupado con el láudano, me lanzó una breve mirada. Cuando hubo terminado, sostuvo el vaso delante de aquel loco.
—¡Beba! —le ordenó.
—¡Jamás!
Y entonces, con un brillo en los ojos que no puedo atribuir del todo a la palidez febril de su rostro, Archibald cogió su arrugada entrada roja y se la comió.
No miento.
Se la comió.
Se metió la entrada en la boca, la masticó y la engulló.
Y en ese momento empezó a ahogarse.
No para morir, por desgracia, ya que el señor Pierce le hizo entrega del vaso de láudano y el primo Archibald se bebió la dosis entera, arrastrando con ella al pobre César.
—Ya está —dijo con voz quebrada—. Ahora ya no puedes robarme mi entrada para que la utilice otro. ¡Una arpía como tú se merece estar sola!
Solté una risotada.
—La razón, la única razón, por la que no te echo a patadas de mi casa es porque deseo honrar la memoria de mi padre.
Pero ándate con ojo, cobarde amargado, porque los fantasmas irlandeses conservan su peculiar sentido del humor y, si osas desafiarme de nuevo, te echaré de esta casa con su bendición.
No me deleita que recibas tu justo merecido, pero no pienso tolerar tu rabia ni un segundo más.
¡Así que cierra la boca y muéstrate agradecido!
Archibald estaba temblando, su cara aún amoratada, y mantuvo cerrada la boca durante más de diez segundos antes de estallar con un «¡bah!».
Pero no dijo nada más.
El bendito láudano estaba haciendo su trabajo.
El señor Pierce mantuvo un tono inexpresivo cuando me dijo:
—Me quedaré sentado aquí con el señor Flat hasta que se duerma. ¿Nos vemos después en el salón de recibir?
Le dirigí un gesto de asentimiento y dejé a Archibald en sus manos, capaces aunque también un tanto aterradoras.
Cuando el señor Pierce entró en el salón, acompañado por su cojera, tenía un aspecto cansado. Yo estaba sentada en una esquina del sofá verde y él se sentó también ahí, en el otro extremo.
—Ya se ha dormido —dijo.
—Gracias. Le recompensaré con la Cruz de Honor de Lapis Lazuli en cuanto tengamos una.
Siguió un silencio de varios minutos. Y entonces el señor Pierce preguntó casi con ferocidad:
—¿Es cierto?
La fuerza de sus palabras me tomó por sorpresa; su enojo era palpable. Sonaba como el ángel vengador de Arabella.
Al principio pensé que su ira iba dirigida contra mí.
—¿El qué es cierto? —pregunté un poco a la defensiva.
—¿Dilapidó su fortuna el señor Flat?
Y, por el modo en que pronunció «señor Flat», tuve claro que el blanco de su ira no era yo, sino el primo Archibald.
—¿Dilapidó su fortuna el señor Flat? —repitió.
No se me ocurre ningún caballero capaz de formular tal pregunta. Pero el señor Pierce ni es un caballero ni teme las dificultades. Y, teniendo en cuenta que el recato no es mi punto fuerte, no me anduve con contemplaciones para utilizar una de las expresiones favoritas de Maxwell.
—Nunca hubo una fortuna que dilapidar —declaré—. La verdad es que no. Lo que quedaba de la susodicha fortuna era una pequeña renta vitalicia. Y sí, es verdad: tenía que ser mi sustento. Mi banquero me ha dicho que, en caso de no encontrar una solución, tengo para vivir dos años.
—¿Está diciéndome que ese hombre dilapidó su sustento a sabiendas? —preguntó con una indignación tan sincera que casi podía verlo envuelto en un halo amenazador.
El señor Pierce se levantó. Cerrando los puños, abriéndolos de nuevo, cerrándolos otra vez, cruzó la estancia y casi me imaginé que iba a subir a darle una paliza a Archibald mientras dormía. Me hizo temer incluso por la vida de mi primo.
Lo cual es una hazaña extraordinaria.
Mientras deambulaba de la puerta a la ventana y de la ventana a la puerta, pronunció diversas frases selectas que, dado que es domingo, he decidido que es mejor no dejar plasmadas en este diario.
Aunque eran maravillosas.
Debo dejar constancia de que no necesito que el señor Pierce acuda a mi rescate —aparte de lo que paga por el alquiler de Lapis Lazuli Minor y el estudio, cosa que sí necesito desesperadamente—, y así se lo hice saber en tono desenfadado:
—No es necesario preocuparse, señor Pierce. Me las arreglo.
—¿De verdad? —preguntó con cierto recelo.
—Mi banquero y yo hemos elaborado un plan. Una especie de plan. —Levanté la barbilla en un gesto de confianza en mí misma—. No hay necesidad de que se preocupe por mí.
El señor Pierce se apoderó del sillón rosa, levantó la mano para taparse la cara y dijo algo sobre los ladrones de caballos, algo así como que se merecían que les pegasen un tiro.
Muy estadounidense.
Permanecimos un buen rato sentados sin decir nada.
Y yo, Emma M. Lion, la chica que en una ocasión congregó a todos los estudiantes de una residencia masculina, Stoicism, escuela preparatoria para muchachos, para asaltar las cocinas y robar los pasteles de carne reservados exclusivamente para el profesorado, me sentí de repente cansada… y con unas ganas enormes de llorar.
Habían sido dos semanas agotadoras.
—¿Ha pasado ya Fairchild por aquí? —preguntó el señor Pierce, rompiendo aquel deprimente silencio.
—Sí. Y volverá a última hora de la tarde, gracias a Dios. Tengo algunas preguntas que plantearle.
El señor Pierce frunció el entrecejo.
—¿Pero no tenía usted que asistir a la representación esta noche?
Levanté las manos, derrotada.
—No puedo irme de aquí y…
—Puede. ¡Y debe! Parian está en casa, también Agnes. El viejo estará drogado. Y ya me encargaré yo de estar presente cuando llegue Fairchild. —Esbozó entonces una curiosa sonrisa—. La entrada que se tragó no era la de usted, ¿verdad?
No pude evitar soltar una carcajada.
—No, por supuesto. Mi entrada sigue sana y salva en mi buhardilla.
—Vaya a ver la obra, señorita Lion. Diviértase. Quédese allí todo el tiempo que quiera. Yo me ocuparé de todo.
—Creo que iré —dije por fin.
El señor Pierce hizo un gesto de asentimiento para dar su aprobación.
Y entonces mi curiosidad empezó a comportarse de forma similar a la suya.
—¿Conoce bien al doctor Fairchild? —pregunté.