14 de julio
Esta mañana mandé a un Parian de expresión hosca a informar al primo Archibald de que había resuelto la pista.
Parian resopló y me informó entonces de que el primo Archibald había salido.
—¿Salido? —dije.
—Salido, sí.
—¿Ha salido a buscar una pista? ¿O para ir a otro lugar?
—Simplemente ha salido, señorita Lion. No sé nada más.
No lo creí, aunque tampoco puedo negar que prefería ir a The Hound sola. Cuando entré en la tienda, vi que era la única clienta. A pesar de que me había armado de valor para enfrentarme a El Pirata, ver detrás del mostrador a un joven con aspecto de estudiante fue un auténtico alivio.
—Buenos días —dijo—. ¿Desea comprar algún regalo para su esposo?
A lo que respondí:
—Me parece una idea magnífica. ¿Qué me recomendaría?
—Como verá, tenemos pitilleras, libros encuadernados en piel personalizados, guantes, pañuelos para el cuello, un estuche para los productos del afeitado chapado en oro…
—Santo cielo. Cuando lo encuentre, si es que lo encuentro, volveré por aquí con el único propósito de adquirir uno de sus elegantes productos.
El joven se quedó perplejo.
—¿Lo ha perdido usted, señora?
No era mi intención que mi humor se volviera sombrío.
—He perdido a un joven, sí. Y, en cuanto a un segundo, bueno, la verdad es que a veces dudo de su existencia. —Al no recibir respuesta, saqué la tarjeta de mi ridículo y la dejé en el mostrador—. Hoy vengo solamente por esto.
—¡Ah! —El joven estaba claramente agradecido de poder cambiar de tema—. ¿Una o dos?
—Una o dos ¿qué?
—Entradas.
—¿Se ha acabado, pues? Qué alivio. Que sean dos.
El joven abrió un cajón, extrajo de su interior dos entradas de color rojo y me las entregó.
Hay momentos en la vida en los que una sabe que está exactamente en el lugar donde debe estar y sientes como si un coro de ángeles en la inmensidad de la eternidad estuviera aclamándote.
Aquel fue uno de esos momentos.
La Gran Tragedia Shakesperiana
JULIO CÉSAR
15 de julio de 1883
Miré el reverso de la entrada y vi una dirección (en Sterling Street), una hora asignada de llegada (las ocho y trece de la tarde) y una amenaza de desgracia inmediata en caso de compartir la información con cualquier ser viviente.
¡Qué alegría!
Al llegar a casa le he dicho a Parian que mande al primo Archibald a mi buhardilla en cuanto entre por la puerta.
Me siento aliviada ante la perspectiva de que nuestra frágil sociedad haya llegado casi a su fin.
Ya no me queda otra cosa que hacer que esperar.
Hace calor. Incluso para el mes de julio.
Creo que abriré las puertas de las dos buhardillas para intentar crear una mínima corriente de aire.
Más tarde
Ha sido un día regido por el destino, porque ¿cómo explicar, si no, una cadena de acontecimientos que parece haber sido víctima de algún maleficio?
La verdad es que soy incapaz de encontrarle explicación.
Era casi mediodía cuando me vi sorprendida por la repentina aparición del primo Archibald en el umbral de la puerta de la buhardilla. Yo estaba sentada junto a la ventana, leyendo.
—Tú, holgazana —dijo con desdén; tenía la frente empapada de sudor—. ¿Has descifrado la pista?
¿Holgazana yo? Aquel hombre necesitaba un espejo.
Lo miré como si fuera a echarle un mal de ojo —un gesto digno de tragedia griega—, cerré de mala gana el Shakespeare de mi padre y lo dejé en el asiento de la ventana. Me acerqué a mi escritorio, abrí el cajón y saqué una de las entradas de color rojo.
—No solo he descifrado la pista, primo, sino que he conseguido una entrada para cada uno. Tal y como acordamos, y aunque no te la merezcas en absoluto, aquí tienes la tuya.
Se la mostré.
Mi primo experimentó un cambio repentino. Cuando cogió la entrada, parecía cincuenta años más joven.
Habría jurado que aquello tenía categoría de objeto sagrado para él.
Al borde del éxtasis, o de las lágrimas, se llevó la entrada al pecho y exclamó:
—¡La tengo! ¡Tengo una entrada! ¡He encontrado la entrada!
—¿Tú? —dije.
—¡Julio, vengo a por ti!
Sonreí a regañadientes.
Desvergonzado y Ladrón, eso seguro, pero el primo Archibald parecía feliz, algo que no había visto en mi vida.
Cuando se puso a bailar, reconozco que me eché a reír.
Empezó a hacer piruetas entrando y saliendo de mi habitación. Canturreando. Sin necesidad de pareja de baile. Le bastaba con bailar solo.
Su egoísmo está profundamente arraigado.
Y entonces llegó el momento fatídico. Justo cuando Archibald se disponía a girar hacia la escalera, Teobaldo, con un ratón colgando de la boca, salió corriendo de la buhardilla oeste.
Y antes de que me diera tiempo a gritar para advertirlo, antes de que Archibald pudiera agarrarse a cualquier cosa, ya había tropezado con el gato y caído de cabeza por la escalera.
Cuando recuerdo aquel momento, no puedo evitar sentirme impresionada por la capacidad pulmonar de ese hombre mientras rodaba por los aires. Sus alaridos habrían despertado a un muerto, estoy segura.
Todos los miembros de la casa se congregaron en el cuarto piso.
Parian y Agnes, sin aliento y colorados, y yo, blanca como el papel (Agnes me lo dijo después), nos agachamos alrededor de la figura desplomada.
Archibald estaba inmóvil, con los ojos muy abiertos.
Y entonces, en un instante de reconocimiento de que algo iba terriblemente mal, estalló en un ataque de rabia.
Dirigió su rabia contra mí. Dirigió su rabia contra Dios por haber creado los gatos. Dirigió su rabia contra el Joven Hawkes (no sé por qué). Dirigió su rabia contra las escaleras en general. Volvió a dirigir su rabia contra mí.
—¡Estúpida, maldita mujer egoísta! —vociferó—. ¡Mi pierna! ¡Mi pierna!
Yo estaba de rodillas en aquel momento y, después de echar un vistazo a la mencionada pierna, el estómago me dio un vuelco. El pie apuntaba en una dirección que de natural no tenía nada, ya que la pierna se había roto formando un ángulo recto.
—¡Parian, corre a buscar un médico! ¡Agnes, llama al señor Pierce! ¡Vamos, moveos! Y luego pon agua a hervir y trae también trapos. ¡Venga, Agnes!
Se fueron y me quedé a solas con un hombre desquiciado, pálido, tembloroso y que no paraba de gritar.
Al poco tiempo, oí el retumbar de pasos en la escalera y, al instante, el señor Pierce estaba agachado a mi lado.
—Es la pierna izquierda —dije.
Archibald seguía gritando.
—¡Mire lo que ha hecho esta mujer! ¡Mire lo que me ha hecho!
No paraba de balbucear, pero el señor Pierce lo ignoró. Deslizó las manos por la pierna de Archibald y se estremeció cuando se encontró con la fractura.
—Es grave, Emma —dijo mirándome fijamente y aún jadeando después de tanto correr—. Lo que voy a hacerle ahora le provocará un dolor de mil demonios. Sujete los hombros del señor Flat contra el suelo.
Obedecí, y mientras Archibald gritaba «¡No, no, no!
», sonó el crujido más horripilante que creo haber oído en mi vida.
Y el primo Archibald, con los ojos saliéndosele de las órbitas, se tambaleó primero hacia delante, luego se quedó inmóvil, como si una fuerza invisible lo hubiera detenido, y acabó desmayándose en el suelo.
Me eché hacia atrás y miré al señor Piece, que estaba inclinado sobre la pierna que acababa de recolocar.
—Vaya a buscar algo recto —me ordenó—. Y una cuerda o un trapo.
Entré corriendo en el dormitorio prohibido más cercano del cuarto piso y cogí el atizador de la chimenea. Pero pesaba demasiado y lo descarté. Abrí entonces un armario y rebusqué hasta dar con un bastón.
Agnes, que ya había llegado con vendajes cuando yo reaparecí, estaba mirando a Archibald. Al ver que empezaba a balancearse de un lado a otro, corrí para pillarla al vuelo y evitar que cayera.
—¿Está muerto? —preguntó agarrándose a mis brazos.
—No, no lo está. Siéntate y haz todo lo que te diga el señor Pierce.
Le pasé el bastón a El Inquilino. Lo cogió enseguida y lo partió contra su rodilla.
El crujido fue similar al que había emitido el hueso al volver a su lugar y cerré los ojos un momento fugaz antes de concentrarme en preparar un vendaje y entregárselo al señor Pierce, que sujetó el bastón a la pierna de Archibald.
—Agnes, ¿tiene algo de hielo en el refrigerador?
—No, señor.
—Pues es una lástima. —Me miró entonces a mí—. Necesitamos instalarlo en alguna cama.
—Hay una justo en esa habitación de ahí —dije señalando el dormitorio vacío—, pero está muy apegado a su habitación en el segundo piso.
—Si se queda justo debajo de usted, le aseguro que no va a poder dormir. Lo bajaré mientras está inconsciente. Muéstreme dónde tengo que ir, señorita Lion. Agnes, corre a ver si ya llega el médico. Y, cuando llegue, hazlo subir de inmediato a la habitación del señor Flat. Una, dos…
Y a la de tres, cogió a Archibald en brazos y se incorporó. Aparté de un puntapié lo que quedaba de bastón y guie al señor Pierce hacia el segundo piso.
Acabábamos de acostar al primo Archibald en su cama cuando empezamos a escuchar las voces de Parian y el médico.
—¿Está aquí? —Oí que preguntaban.
Entró entonces Parian, seguido por el doctor.
—Déjeme pasar —dijo este examinando con la mirada al primo Archibald y, acto seguido y a gran velocidad, al señor Pierce y a mí. Y entonces se quedó paralizado—. ¡Que me aspen! ¡Pero si tenemos aquí a Niall Pierce!
Aquello me pilló por sorpresa.
El señor Pierce, que tenía todavía toda su atención concentrada en Archibald, miró de nuevo al doctor.
—Pero ¿qué…? ¿Fairchild? ¿Qué demonios haces tú aquí?
—Lo mismo podría preguntarte yo. ¿Quién es el paciente?
—El señor Archibald Flat. Se ha partido tanto el peroné como la tibia. Me temo que he actuado como lo habría hecho de estar en el campo de batalla: he recolocado los huesos antes de que se inicie el proceso de inflamación.
—Bien, bien. ¿Cuánto lleva inconsciente?
—Desde que le he recolocado la pierna. Unos minutos, calculo.
Y siguieron intercambiando fragmentos de información. El doctor Fairchild estudió la pierna.
—Bien hecho. Justo como la habría recolocado yo.
Mañana puedo traer una férula mejor, pero con el bastón ya vale por el momento.
Cuando recupere la consciencia, sentirá mucho dolor.
—Fue entonces cuando Fairchild miró a su alrededor hasta que dio conmigo—.
Durante los primeros días de recuperación, necesitará láudano. ¿Sabe cómo se administra?
Al ver mi gesto de negación, el señor Pierce dijo:
—La ayudaré yo. ¿Qué dosis?
—Empezaremos con doce gotas cada cuatro horas. Y lo ajustaremos en caso de necesidad. Ya sabes lo que tienes que controlar, ¿recuerdas, Pierce?
El señor Pierce asintió.
—¿Irás a buscar el frasco?
—Creo que tengo en el maletín. Tú no tienes, ¿verdad?
—No volveré a tocar jamás esa cosa maldita, si puedo evitarlo.
Me sentía casi invisible, y por eso me sorprendió ver que entre ellos se transmitía algo más. Una historia tácita. Que, a juzgar por la expresión del semblante de Fairchild, no era agradable.
El doctor Fairchild dedicó unos minutos más a examinar al primo Archibald, entregó a Pierce el frasco de láudano y preguntó:
—¿Qué es eso que tiene en la mano?
Forcé los dedos del primo Archibald para abrirle el puño cerrado y allí, arrugada pero sujeta con fuerza, estaba la entrada roja para ver Julio César .