12 de julio #2
Cuando Gibbs nos dejó solos, volqué mi atención en aquella bendita limonada y le di las gracias al Joven Hawkes. Le expliqué que llevaba horas sin comer y que, la verdad, no me apetecía tomarme una pinta con el estómago vacío.
—Disculpe la pregunta, señorita Lion, pero ¿qué hacía aquí tomándose una pinta con el estómago vacío? No me imaginaba que frecuentara The Cleopatra.
—Se trata de una proverbial Primera Vez —respondí—. Y le contaría encantada por qué estoy aquí, pero resulta que en su sermón del domingo nos pidió de forma muy clara que no le habláramos para nada de Julio César .
—De modo que es eso. ¿Y qué pista anda buscando?
Extraje la moneda de plata de mi ridículo y la deposité sobre la mesa.
Hawkes la cogió y estudió una cara, luego la otra.
Me preguntó si se la había mostrado a Gibbs.
Le respondí que no, que no lo había hecho.
Entonces, el Joven Hawkes llamó a Gibbs y le enseñó mi moneda.
—Pertenece a la señorita Lion. ¿Tienes algo para ella?
Gibbs se ruborizó.
—Lo tengo, sí, pero…
—Lo necesito, Gibbs —respondí por mi cuenta—. Es la razón por la que estoy aquí.
El camarero se quedó mirándome un buen rato, como si fuera el heraldo de mi destrucción.
—Muy bien, señorita Lion. Lo que necesita usted no es ninguna pinta. Ni ninguna limonada. Tiene que pedir una Cleopatra.
Hawkes, guía espiritual y líder religioso, cerró los ojos y emitió un sonido de incredulidad. Murmuró algo que sonó similar a «Solo Emma Lion querría…», aunque no estoy del todo segura.
—¿Qué es una Cleopatra?
El hombre no respondió.
El Joven Hawkes esbozó una mueca y preguntó:
—¿Es necesaria esa Cleopatra, Gibbs?
—Yo no hago las reglas, Hawkes. Y las reglas son las reglas. Si la señorita hubiese encontrado las otras pistas, habría elegido un camino distinto, pero estas son las que encontró y por eso está aquí. Pensándolo bien, creo que esta pista estaba pensada para un caballero.
Fue un momento de iluminación.
En primer lugar, no sabía que hubiera más de un camino que condujera a Roma.
Y, en segundo lugar, caballeros y damas recibían pistas distintas. O eso parecía. El hombre que me dio la pista de The Cleopatra debió de pensar que sería el primo Archibald el que asistiría.
Curioso.
Cuando Gibbs se marchó para preparar lo que supuse que sería mi perdición, le pregunté al Joven Hawkes:
—¿Tan mala es esa Cleopatra?
No respondió y no dijo nada hasta que Gibbs reapareció unos minutos después y dejó delante de mí un vaso con lo que parecía alquitrán negro de la calle.
—¿Qué demonios es esto?
—La Cleopatra, señorita.
—Ay, Dios mío.
—Yo no hago las reglas —repitió poniéndose un poco a la defensiva.
Miré unos instantes aquel brebaje y me armé de valor.
—¿Unas últimas palabras antes de mi inminente final? —le pedí al Joven Hawkes.
—¿Desea recibir los últimos sacramentos?
Aquello era de muy mal agüero.
—Si tiene alguna bendición para mí, Hawkes —dije cogiendo el vaso—, ahora es el momento.
El Joven Hawkes suspiró.
—Señorita Lion, la bendigo para que venza al dragón.
—Amén —murmuró Gibbs, palabra que fue seguida por varios amenes más, momento en el cual me di cuenta de que todos los ojos del local estaban fijos en mí.
Fruncí los labios, maldije mi estómago vacío y, con una oración que sonó muy semejante a un gemido, engullí la Cleopatra de un único y viscoso trago.
Aquello era la muerte en un vaso. Miseria y porquería, seguidas de un toque de pimienta, regaliz y quién sabe qué más. Casi no consigo tragármelo. Mi estómago se removió dos veces y, mientras me esforzaba por conservar la Cleopatra dentro de mí, todos los presentes contuvieron la respiración.
Excepto Hawkes, que me observaba con atención, concentrado plenamente en mí.
Tener al clero como ayudante en semejante aventura me proporcionó un extraño consuelo.
Cuando supe que había ganado, devolví el vaso a la mesa dando un golpe y recibí una ronda de aplausos.
No logré interpretar la expresión de Hawkes —básicamente porque mantuve los ojos cerrados mientras me juraba que nunca jamás volvería a comer o beber nada—, pero fue él quien le dijo a Gibbs:
—Si tienes algo para la señorita Lion, tráelo ya. Es hora de irnos.
Gibbs le entregó una tarjeta, que Hawkes se guardó en el bolsillo. Se puso entonces en pie y me ayudó a levantarme.
Creo que lo gestioné bastante bien, pues eché a andar con la barbilla bien alta y la mirada vidriosa fija en la puerta. Imagino que la mano de Hawkes sujetándome por el codo también colaboró.
En cuanto emergimos a la luminosa luz del día —excesivamente luminosa—, Hawkes me preguntó qué tal estaba.
—Tengo la sensación de que acaba de pasarme un tren por encima.
—Y ha pasado. La Cleopatra está pensada para dejar tumbados a hombres grandes y robustos, y lo ha conseguido más de una vez. Volvamos a casa; la acompañaré personalmente hasta Lapis Lazuli House. ¿Tiene alguna obligación esta tarde?
—Una partida de cartas con mi tía.
—Cancélela. Envíe una nota diciendo que tiene dolor de cabeza.
—No estoy segura de si tengo todavía una cabeza susceptible de sentir dolor, Joven Hawkes —repliqué—. Creo que la he perdido.
La expresión del Joven Hawkes era de pura compasión, incluso cuando levantó un dedo para tocarme la cabeza y demostrarme que sí, que aún la conservaba.
—Mi tía no acepta excusas.
—Escribiré yo la carta. Vamos. Enlace su brazo con el mío y ande con cuidado por el suelo irregular de la Diagonal. No vayamos a echarle más sal a la herida.
Me dio la impresión de que pasaba una eternidad hasta que enfilamos la escalera de Lapis Lazuli House. Hawkes fue directo a la puerta y llamó a Agnes, que salió corriendo de la cocina.
—¡Está muerta! —exclamó cuando me vio colgada del brazo del Joven Hawkes.
—¡Por supuesto que no, Agnes! Todavía me sostengo en pie —farfullé.
—Más o menos, señorita Lion.
Entramos en el salón de recibir, donde el Joven Hawkes tuvo la gentileza de acompañarme hasta el sofá verde. Me derrumbé sobre el brazo mientras Hawkes le recitaba a Agnes una lista de cosas. Mi mente confusa no le encontraba a nada ningún sentido.
Agnes desapareció y Hawkes tomó asiento delante de mí, en el sillón rosa. Se pasó la mano por su rebelde cabello. Nos quedamos en silencio hasta que Agnes regresó removiendo un vaso con algo de aspecto espantoso.
—Creo que me he acordado de todo lo que me ha indicado —le dijo Agnes al Joven Hawkes.
—Gracias. Y ahora, señorita Lion, le ruego que me disculpe, pero, si quiere mantenerse en pie mañana por la mañana, tendrá que beberse esto ahora mismo.
—Es usted un villano —murmuré.
Después de una pequeña eternidad pensando que la sociedad teatral de St. Crispian’s era una organización cruel, me incorporé un poco en el sofá y acepté aquel veneno.
Solo fui capaz de beber la mitad —estaba casi tan malo como la Cleopatra—, pero, en cuanto el Joven Hawkes consideró que había tomado la cantidad suficiente, dejó el vaso en la mesa y le sugirió a Agnes que me ayudara a subir a mis habitaciones.
—Tengo que escribir a tía Eugenia.
—Ya me encargo yo de redactar la nota y Agnes me facilitará la dirección.
No recuerdo si le dije adiós o no, pero sí que Agnes me ayudó a subir por la escalera y que caí dormida antes incluso de llegar a la cama.
Me desperté a las doce menos cuarto de la noche sintiéndome bastante bien, teniendo en cuenta lo que me había pasado, y encontré un sobre de color melocotón esperándome en el escritorio.
He estado evitándolo, pero supongo que ya va siendo hora de abrirlo y leerlo.
Mi querida Emma:
Lamento mucho que te sintieras indispuesta después del gran servicio que prestaste a tu parroquia. Con agrado te he excusado para esta noche, pero confío en que te encuentres lo bastante bien como para poder acompañarnos mañana.
Tu tía
Parpadeé varias veces, me lavé la cara y leí la nota dos veces más. El lenguaje no era ni siquiera propio de tía Eugenia. ¿Qué le habría escrito el Joven Hawkes?
¿Acaso mienten los vicarios…?
Santo cielo, creo que debería volver a la cama.