12 de julio
No creo que lo que sucedió en The Cleopatra fuera enteramente por mi culpa.
Hay quien podría opinar lo contrario que eso aún está por ver.
Una Visión Subjetiva del Día
por Emma M. Lion
Cuando informé al primo Archibald de que la pista nos llevaba a The Cleopatra, esperaba que él pasara a tomar las riendas, puesto que yo jamás he entrado en ese pub, un lugar frecuentado por los varones de nuestro vecindario.
Si bien St. Crispian’s es muy tolerante con las peculiaridades, y la dura lente de la crítica social es de un color extremadamente rosa, persisten todavía ciertas actitudes ligadas al género femenino y al Lugar Apropiado que puede visitar.
Como mujer, tengo sin duda mayor libertad para tomarme ciertas libertades, por así decirlo; sin embargo, existe un lugar donde tales ideas progresistas no son bienvenidas: The Cleopatra.
La única mujer deseada en The Cleopatra es Cleopatra, representada por una escultura colocada al lado de la puerta de entrada que los solteros suelen adornar con bisutería barata porque dicen que da buena suerte.
Cuando le sugerí al primo Archibald que fuera él al pub y se tomara una pinta mientras intentaba echarle el lazo a una nueva pista —esa elección de palabras me hizo imaginarme a Archibald como un vaquero del Lejano Oeste, una forma de entretenerme ante la perspectiva de un día aburrido—, vi que se ponía nervioso.
Acto seguido, cayó presa del pánico.
Y luego intentó aflojarse el cuello de la camisa.
Algo iba pero que muy mal.
—Primo —le pregunté—, ¿tienes algo que decir?
—No puedo —gimoteó—. No puedo ir a The Cleopatra.
—¿Y por qué no? —quise saber.
—Estoy vetado. Estoy absolutamente vetado. Hasta el fin de los tiempos.
—¿Por qué razón?
—Fue hace mucho. Y no tengo ningún deseo de rememorar tan abominable experiencia.
Por mucho que me apeteciera presionarlo para que me contara esa historia, fruncí el ceño y me llevé las manos a las caderas, un gesto que me hizo pensar en mi madre.
—En menudo aprieto estamos metidos entonces.
El primo Archibald, por una vez, dio casi la impresión de albergar cierto sentimiento de contrición.
—Podríamos enviar a Parian —sugirió, después de lo cual tosió para aclararse la garganta.
—No funcionaría. Iré yo.
—¿Y harás qué? —replicó.
—Pediré una pinta si es necesario.
Entonces resopló y dijo:
—Para las de tu especie no hay nada sagrado.
—¿Mi especie?
¿Estaría de nuevo atacando a mi generación, en términos generales?
Pero por desgracia no.
—La especie de las mujeres. La Maldición de Adán. El Sexo Débil.
Fue en aquel momento cuando torcí la boca y fijé la mirada. En La Cicatriz.
Huelga decir que, mientras preparaba mis cosas, recogía los mechones que se me habían soltado y salía de casa, mi primo siguió proclamando a voces sus opiniones sobre Mi Estado Degenerado y la Costilla de Adán.
El trayecto hasta The Cleopatra no duró ni mucho menos tanto como pensaba. Más pronto de lo que me habría gustado, me encontré en la esquina de Traitors con la Diagonal, y allí estaba. La estimada reina egipcia de St. Crispian’s.
—Esto va por Julio —murmuré para mis adentros antes de enderezar los hombros y abrir la puerta.
Era un local escasamente iluminado. Al entrar, me fijé en la pobre Cleopatra que quedaba a mi derecha, cargada de bisutería, baratijas y cuentas. No parecía muy contenta, la verdad. Lancé una mirada compasiva a la escultura de madera.
Cuando avancé unos pasos hacia la barra, el murmullo de voces masculinas diurnas cambió a un volumen más bajo hasta acallarse. Acababan de identificar a una mujer en su entorno.
Me pareció que algunos no le daban importancia. Otros, en cambio, no parecían nada complacidos de verme allí.
El camarero estaba secando vasos, y necesité hacerme sitio en la barra, entre dos hombres, y carraspear un poco para que por fin levantara la vista.
—¿Se ha perdido, señorita?
—Oh, pues no. De hecho, estoy buscando…
Y fue entonces cuando, con una exagerada sonrisa de suficiencia, el hombre me sugirió:
—¿Una pinta?
Antes de que me diera tiempo a poner en orden mis ideas para poder preguntar por la pista, dije:
—Sería estupendo. Me sentaré en esa mesa de allí.
No me apetecía en absoluto una pinta, y mucho menos sentada a una mesa.
Uno de los clientes se echó a reír.
Podría haberle comentado que tenía comida entre los dientes. No lo hice.
Por muy tentada que estuviera.
Mi madre me había educado para no hacer esas cosas.
Lo cual es una lástima.
Viendo que no me quedaba otra que enfrentarme a una pinta —como mínimo—, giré sobre los talones y me dirigí hacia una mesa que había pegada a la pared del fondo. Todo habría sido mucho más impresionante si un hombre no me hubiera pisado la falda.
El desgarrón del dobladillo solo sirvió para llamar aún más la atención.
—Disculpe, señorita —dijo el autor del crimen.
Otro hombre dijo:
—Tranquilo, colega. Déjale un poco de espacio a la señorita.
Haciendo acopio de todo mi orgullo irlandés, me volví hacia el culpable y, en vez de articular una réplica elegante, me limité a emitir el sonido de un «Hummm».
Tomé asiento de cara a la sala. Pensé en la tarjeta que el Joven Hawkes me había entregado años atrás. «Impasible», decía.
Pues impasible me senté.
Aun así, muchos se quedaron mirándome.
Resultaba desmoralizante encontrar el estado mediocre de nuestra sociedad encerrado en mi encantador y excepcional St. Crispian’s.
Debo reconocer, sin embargo, que no todos los hombres parecían molestos por mi presencia.
El señor Hathaway, un vecino de Whereabouts, levantó la mano y me sonrió. Le devolví la sonrisa.
Cuando el camarero me trajo la pinta, la depositó sobre la mesa con tanta fuerza que se derramó la mitad de su contenido, lo que no me supuso ninguna contrariedad. No tenía intención de beber mucho tan temprano.
Pero el camarero se quedó allí plantado, con los brazos cruzados, como si quisiera ponerme en evidencia.
Lo que aquel hombre no sabía era que yo me enfrentaba a la gran lady Eugenia Spencer cada semana y que había vivido con la prima Matilde durante tres extenuantes años. Y que, en consecuencia, él no me daba ningún miedo.
Agarré la jarra por el asa y le di un buen trago.
Cuando la dejé de nuevo en la mesa, dije:
—Decente. Las he tomado mejores.
Fue entonces cuando el camarero echó la cabeza hacia atrás y rompió a reír.
Lo cual no fue en absoluto de mi agrado, puesto que todos los pares de ojos presentes se volvieron hacia nosotros.
—¿Quiere que le sirva alguna cosa más? ¿Una sidra fuerte, quizá? ¿O algo lo bastante exótico como para quemarle las entrañas? Una vez haya terminado su pinta, claro está.
Justo cuando abría la boca para responder, se oyó la voz de otra persona.
—Gibbs, veo que ya le has dado la bienvenida a mi invitada. ¿Me sirves una limonada? ¿Señorita Lion? ¿Le apetecería también una para acompañar su… pinta?
Alcé la vista y me encontré con la cara del Joven Hawkes en persona.
—Una limonada estaría bien —repliqué.
Gibbs mostró expresión de arrepentimiento al instante y retiró la pinta.
—Hawkes, no sabía… Lo siento… —Hawkes lo miró de arriba abajo hasta que Gibbs terminó con—: Enseguida me ocupo de usted y de la señorita.
—Espléndido —respondió—. Me parece que la mesa requiere cierta atención. ¿Te importaría…?
Y antes de que Hawkes pudiera decir nada más, Gibbs ya había limpiado la mesa y se había largado corriendo para preparar nuestras insípidas limonadas.
El vicario no habló de inmediato, sino que se limitó a tomar asiento delante de mí, con su pelo peinado de cualquier manera y una mirada que no delataba nada. Cuando la atención del local recuperó su familiar zumbido y ya nadie podía oírnos, dijo:
—Señorita Lion.
—Joven Hawkes.
—¿Se ha aficionado ahora a beber por las mañanas?
¡Cielos, no!, pensé. Aunque, si el primo Archibald tuviera que arrastrarme a algún vicio, a buen seguro sería este.
—He pedido una pinta por error. Pero imagino que debo de parecer algo así como la personificación del mal, ¿verdad?
Hawkes se quedó mirándome un momento y dijo:
—Creo que la personificación de la travesura sería más pertinente para una tal Emma Lion. Su primo, sin embargo, diría que es la del mal.
—Cielo santo. —Creo que inserté un suspiro a continuación—. ¿Ha estado escuchando de nuevo sus confesiones?
—Lo he limitado a diez quejas sobre usted por visita.
Me entraron ganas de estrangular al primo Archibald.
—¿Solo diez? Qué limitante. ¿Y qué le ha contado sobre mis pecados?
El Joven Hawkes apartó la vista y tamborileó sobre la mesa como si de un instrumento se tratara.
—Eso tendría que ser considerado confidencial, incluso en el caso de que atacara usted al señor Flat con una espada.
No podía estar hablando en serio.
—¡No fui yo! ¡Fue el general Braithwaite!
Por fin, la expresión habitual de Hawkes, filosófica y algo apenada, se alteró con una sonrisa.
—Pues es una lástima. Porque me quedé bastante impresionado con su potencial como espadachina.
—Bueno, nunca he dicho que careciera de potencial como espadachina.
Pienso que gran parte de los sucesos de mi vida me han dirigido hacia algún tipo de piratería.
Aunque eso no lo dije.
El Joven Hawkes ya sabe demasiado sobre mí.
Gibbs reapareció con dos vasos de limonada y una simpática invitación destinada a Hawkes para que pidiera lo que quisiera: invitaba la casa.
—No, no. Gracias, Gibbs. La señorita Lion es una amiga especial, y me complace que tu establecimiento la haya atendido tan bien.
Disimulé mi resoplido con un ataque de tos bastante convincente y Gibbs tuvo la gentileza de aparentar sentirse avergonzado.
—Solo lo mejor para sus amigos, Joven Hawkes. ¿No es eso, chicos? —vociferó dirigiéndose al resto del pub.
Un grito de aprobación corrió entre todos los hombres como un caballo renqueante. ¡Menudo entusiasmo! Por lo visto, Hawkes goza de un enorme prestigio en The Cleopatra.