11 de julio
Acabo de recibir una misiva de Roland. Después de no tener ni la más mínima noticia suya desde hace casi una quincena, me he dado cuenta de que lo he echado de menos. Hay que ver cómo se desvanecen las deleznables travesuras de la infancia.
Emma:
Estoy pasando unas semanas con un amigo del alma en el campo.
Resulta agradable, ya que en Londres hace un calor sofocante.
¿Recuerdas que le prometí (le prometimos) una ópera a la señorita Hunt y a su hermano?
(Independientemente de lo mercenarias que sean sus intenciones).
Le he suplicado perdón, he justificado mi huida en términos de emergencia personal y le he jurado que cumpliría mi promesa en agosto, cuando comiencen las representaciones de La flauta mágica .
Y, dado que tú eres en parte responsable de que me encuentre atrapado en esta red de engaños, espero que asistas al acto rebosante de energía.
¿Quieres que te envíe alguna cosa? ¿Un poquito de sol campestre? ¿ Un bosquecillo? ¿Un fresco arroyo? ¿Una flor?
Tu humilde servidor,
Roland Sutherland
Roland:
Eres un crápula. Si tu yo de niño hubiera leído tal exhibición de poesía, habría cavado un hoyo y te habría metido dentro.
En cuanto a La flauta mágica , no la he visto nunca y siempre he deseado verla.
Os acompañaré a ti y a los Hunt. (Me pediste ayuda, te lo recuerdo).
Sugiero reclutar a Arabella. Si tu deseo —aunque tal vez no lo sea— es que la señorita Hunt pierda el interés, la mera presencia de Arabella infundirá miedo en su corazón mercenario. Quedamos, pues, en agosto.
En lo referente a los regalos que me propones: puesto que no tengo espacio en mi buhardilla ni para un bosque ni para un arroyo, por preciosa que me parezca la idea, me encantará recibir una flor de tus viajes.
Pero ten en cuenta que, aun sin poseer un ejemplar de Emblemas Florales o de El lenguaje de las flores , los he leído ambos.
Y, por lo tanto, si me envías una rosa de la bahía o un zapatito de la Virgen, sabré que me deseas una tumba temprana.
Si me envías un tanaceto, me ha brás declarado la guerra.
Emma
Me dispongo a salir para asistir a una cena con tía Eugenia y Arabella.
Es decir, si el primo Archibald no me asesina antes de que cruce la puerta.
Está muy enfadado porque no he resuelto la pista.
No lo he hecho, es la verdad. Anoche asistí a una cena que imaginaba que sería complicada pero que acabó resultando agradable.
Algo que no me esperaba. (Culpo a Archibald Flat de ese desequilibrio universal).
Si le apetece andar gritándole «¿ Theā́ Philopátōra ?
» a todo aquel que quiera escucharlo, allá él.
Voy a cenar con la expectativa de disfrutar de una comida exquisita.
Más tarde
La comida estuvo bien, pero la cena se alargó tantísimo que una viuda se desmayó entre plato y plato como consecuencia de la fatiga. Fue un regalo inesperado que me divirtió bastante.
Un poco de alboroto en el comedor siempre se agradece.
Arabella y yo pudimos encontrar un rincón tranquilo cuando las mujeres nos separamos de los hombres.
Tiempo suficiente para mantener una conversación privada.
Después de ofrecerle a Arabella una breve sinopsis de la saga de Julio César, contándole la búsqueda de pistas con enorme dramatismo, le expliqué que la última pista que había entrado en mi posesión me tenía sin respuesta.
—¿Y cuál es esa pista?
Saqué el papelito que llevaba escondido en el guante —porque, claro está, cuando una asiste a una cena, cualquier tipo de mensaje críptico debe llevarlo escondido en el guante— y se lo entregué a Arabella.
—« Theā́ Philopátōra » —dije en voz alta, y vi que Arabella se quedaba pensando—. Imagino que tendré que encontrar una biblioteca y un libro de griego.
Arabella se ruborizó, algo excepcional en ella, y levantó el papelito sujetándolo entre dos dedos.
—Oh, Emma, deberías haber acudido a mí antes. Conozco el significado.
—¿Tú? —exclamé con un tono cargado de intención.
—Yo —respondió Arabella arrastrando la palabra—. Muchos piensan que no soy más que una cara bonita, pero tú sabes que no es así, querida prima. Theā ́ Philopátōra significa «diosa que ama a su padre».
No la creí.
—No pretendas engañarme con tu perverso sentido del humor, Arabella.
Arabella soltó una risa burlona…, bueno, todo lo burlona que se puede ser mientras se mantiene una expresión completamente lánguida a la vez que agradable.
—No me creas si no quieres, Emma, pero Theā ́ Philopátōra significa «diosa que ama a su padre».
—¿Y cómo lo sabes? —dije en tono desafiante—. Tú no dominas el griego.
Arabella me miró como si sus ojos escondieran un pensamiento muy profundo.
—Lo sé porque así es como me llamaba mi padre: Theā́ Philopátōra . Es uno de los nombres de aquella cuyo otro nombre era «gloria de su padre», conocida también como Cleopatra. Pues ya lo tienes. ¿Te dice algo todo esto?
Arabella no invoca el nombre de su padre a la ligera, pero aun así le dije:
—¿Me tomas el pelo?
—No —respondió—. ¿Por qué?
—Porque The Cleopatra es el nombre del pub de St. Crispian’s.
—Pues, entonces, te he resuelto la pista. Y ahora, por mucho que me fascinen los emperadores muertos, que no es mucho, la verdad, preferiría que me contaras qué tal le va a tu Inquilino.
Cuando Arabella arquea ambas cejas es para informarte de que acabas de hacer una tontería. Cuando arquea solo una es para informarte de que estás haciendo algo interesante.
Arqueó solo una.
Y, viendo que me había resuelto una pista, decidí depositar una ofrenda en el altar de la diosa.
—Creo que a El Inquilino le va bien. Me gusta. Lo que sé de él, me refiero. Si me prometes guardar el secreto, te contaré que he accedido a alquilarle el gran salón como estudio para realizar sus retratos. Me ayudará a complementar mis ingresos.
—¡Emma! Qué ingenioso por tu parte, y totalmente inapropiado dadas las circunstancias.
—¡En absoluto! —Creo que mi defensa fue excesivamente robusta, puesto que tía Eugenia nos lanzó una mirada fulminante a las dos antes de retomar su conversación.
Me incliné hacia delante y bajando la voz añadí—: Está instalando una puerta de acceso a Lapis Lazuli Minor, y entrará y saldrá por allí.
Básicamente, pasará a formar parte de sus habitaciones.
—¿Y la puerta que da a tu recibidor?
—Permanecerá respetuosamente cerrada durante mucho tiempo, imagino.
—¿Estáis uniendo las viviendas?
—¡De ninguna manera!
La sonrisa que lentamente se dibujó en el rostro de Arabella me dio a entender que ella no lo veía así.
—Se trata de un hombre que ya ha superado los treinta, Emma. ¡Eres un escándalo! Cuéntame cómo es. No te guardes nada. Quiero la descripción de una artista. Teniendo en cuenta que has compartido un oporto con ese hombre, feo no puede ser.
—Tu lógica no se sostiene por ningún lado —repliqué en un susurro—.
De acuerdo. Si quieres que te sea sincera, me parece muy guapo.
No es un Apolo, como Roland; es de un tipo totalmente distinto.
Tiene facciones afiladas. El cabello oscuro, algo más largo de lo que está actualmente en boga.
Bien afeitado, sin bigote, a Dios gracias.
Sus ojos…, me cuesta saber cómo son: plateados la mayoría de los días y como nubes de tormenta el resto.
Arabella se acomodó mejor en su asiento e intentó disimular una sonrisa.
—Continúa.
—La verdad es que no me paso el día sentada mirándolo, Arabella. No hay mucho más que contar.
—Por lo que dices, parece un ángel vengador.
Ahí estaba. Arabella acababa de pronunciar las palabras que encajaban con el señor Pierce con una precisión casi aterradora.
—Ángel Vengador —repetí—. A lo mejor lo es.
Su persona está envuelta en una potencia especial, y me resulta imposible descifrar si es como el temblor que se produce justo antes de la tormenta o el alivio incierto que se vive cuando la tormenta amaina.
¿Miedo? ¿Sobrecogimiento? La verdad es que no se parece a ningún otro hombre que haya conocido.
—Emma, querida…
—¿Sí?
—Solo te lo diré una vez…
Pero, justo en ese momento, tía Eugenia nos reclamó y nuestro tête-à-tête se interrumpió de repente. Con toda nuestra dignidad, nos unimos de nuevo al grupo al mismo tiempo que llegaban también los hombres, y ya no volvimos a quedarnos solas.
Terminada la velada, tía Eugenia y Arabella me acompañaron hasta la puerta, donde había un carruaje esperándome para llevarme a casa. El motivo de la atención de mi tía era preguntar por mi inexistente carabina.
—¿Se siente muy mal por haber sido excluida, Emma?
—Está encantada por mí, tía. Sin embargo, se sentiría incómoda tanto en una cena como en un baile. Se alegra de esperarme en casa.
—Qué lástima. Siempre está bien despertar la envidia en el corazón de los criados. De este modo es más fácil manipularlos. Debes fomentar ese tipo de sentimientos, Emma.
—Sí, tía.
Me marché sintiéndome más escandalosa que cuando había llegado.