Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 3) 9 de julio
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9 de julio

Esta mañana, mientras planchaba mi enagua, dijo Agnes:

—Mi madre comentó en una ocasión que, si Bruto hubiera sido escocés, jamás habrían descubierto que era el asesino de Julio César.

—Claro, por supuesto —repliqué, distraída como estaba cosiendo un botón medio suelto de mi vestido—. Aunque, si Bruto hubiera sido escocés, no habría estado en posición de cometer un asesinato en el Senado romano, ni el de César ni el de nadie.

Agnes arrugó la nariz y reflexionó seriamente sobre lo que yo acababa de decirle.

Más tarde

Ayer me negué en redondo a seguir nuestra pista —es, efectivamente, el número setenta y uno, tal y como atestiguaba un pedazo de papel escrito con mi letra agotada— y me excusé porque era fiesta de guardar.

—Estaré en la iglesia, primo Archibald, y después tengo intención de pasar el resto del día en solemne introspección con mi alma —declaré.

—Pues no te pierdas en el negro lodazal que encontrarás allí —contestó.

Me pareció que el comentario era el reflejo perfecto de su caso.

Hoy, con las energías recuperadas después de mi viaje por el negro lodazal que es Emma M. Lion, he bajado al salón después de desayunar, lista para la batalla.

Para mi leve decepción, el primo Archibald me estaba esperando, cejijunto como un villano.

Un ser mortal inferior habría deseado que falleciera silenciosamente en el transcurso de la noche.

Yo, sin embargo, me habría conformado con que el fallecimiento hubiera sido más bien ruidoso.

Juntos —físicamente, aunque no en espíritu—, el primo Archibald y yo recorrimos todas las calles de St. Crispian’s.

Al no detectar nada más, llegamos a la conclusión de que el setenta y uno debía de hacer referencia al número de una casa. Y tanto en Traitors Road como en la Diagonal había casas con dicho número. Empezamos por Traitors.

El primo Archibald, que se negó —y aquí cito literalmente— «a correr el riesgo de adquirir pulgas», se quedó en la acera mientras yo subía la escalera y me servía de la aldaba de latón para dar a conocer mi presencia. Necesité tres intentos antes de obtener respuesta.

—¿Sí? —dijo el hombre que abrió la puerta.

—Hay motivos para creer que podría tener usted alguna cosa para mí.

El hombre, que parecía un pelín agobiado, parpadeó un par de veces y dijo:

—¿Forma ese hombre de ahí parte de su investigación?

Miré por encima del hombro al primo Archibald, que seguía en la calle y trataba de espantar una mosca que intentaba atacarle la cara.

—Sí —admití a regañadientes—. Por desgracia.

—De acuerdo pues. Pase.

Lo seguí y accedimos a un recibidor pintado en tonos oscuros donde el hombre se detuvo delante de una mesita en la que reposaba un cuenco.

—Me han ordenado que le entregue esto.

Me dio un papel. Tenía un sol dibujado y las palabras « Theā́ Philopátōra ».

—¿Y eso es todo? —pregunté—. ¿No hay ningún otro mensaje?

—Ningún otro mensaje.

—¿Tiene idea de lo que esto podría significar?

—Ninguna, señorita.

Le di igualmente las gracias y me fui.

Archibald me arrancó la pista de las manos en cuanto pudo y la leyó en voz alta. Se quedó blanco de repente y gritó:

—¡Maldito sea este juego perverso!

Le pregunté si conocía el significado de la pista.

—¿Cómo quieres que lo conozca?

Y, después de tal pronunciamiento, se limpió la nariz con el dorso de la mano, dio media vuelta y echó a andar por Traitors Road sin esperarme.

¿Theā́ Philopát ōra?