8 de julio
Anoche me quedé dormida en mi escritorio. Me he despertado a las tantas de la madrugada —creo que fue porque oí al señor Pierce subiendo por su escalera— y ahora tengo el cuello dolorido. Sé que me costará mantener la cabeza erguida para escuchar el sermón del Joven Hawkes.
Me puse a repasar lo que había escrito estos últimos días en mi diario y me sorprendió, y a la vez me hizo gracia, ver la cantidad de tiempo que me lleva anotarlo todo.
Había estado acostándome tarde todas las noches, cosa que no haré la semana que viene, puesto que tengo diversas obligaciones con tía Eugenia.
Los sucesos acontecidos anoche en casa del general Braithwaite me resultan confusos.
Recuerdo que oí hablar sobre la línea de suministros de las Fuerzas Armadas de Su Majestad mucho más de lo que nunca me habría imaginado, y también me acuerdo de que el general nos dijo que guardáramos nuestra moneda y que recordáramos el número…
¡Ay, Dios! ¿Era el setenta y uno? Me parece que sí.
Luego nos reprendió por estar fuera de nuestros barracones a aquellas horas y nos despachó sin miramientos. Puede que sea demasiado maravilloso para ser verdad, pero creo recordar que, al salir, el general le atizó en el trasero al primo Archibald con la punta de su espada.
Delicioso, de ser cierto.
Más tarde
El Joven Hawkes dio un sermón breve y un poco aburrido sobre el ciego que guiaba al ciego —una referencia tanto bíblica como a Julio César —, tras lo cual cerró su Biblia de golpe, nos miró a todos los allí reunidos y declaró sin rodeos:
—Quiero dejar constancia de que no sé nada sobre Julio César y que no volveré a mantener comunicaciones con respecto a ese tema.
En caso de que se produzca un fallecimiento en cualquiera de sus familias, les ruego que se pongan en contacto conmigo; de lo contrario, volveremos a vernos el domingo próximo. Amén.
Y no se cantó siquiera un salmo.
Luego, en vez de quedarse esperando para estrechar las manos de los feligreses, el Joven Hawkes cruzó la puerta, salió a la calle y —si debemos creer lo que cuentan los testigos— se fue directo a The Cleopatra.
Vaya.