Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 3) 7 de julio
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7 de julio

¡Lo he logrado! He encontrado la primera pista.

¡Inglaterra es mía! ¡El Reino Unido entero es mío! Como mínimo, St. Crispian’s. ¿O tal vez solamente mi buhardilla? Pero el sentimiento de victoria sigue presente.

Esta mañana he ido a Everett’s y he elegido una cajita de pastas para darme apoyo moral después del ataque sufrido ayer contra mi reputación.

Estoy segura de que mi banquero, el señor Penury, no habría aprobado la media docena de pastelitos que me he comprado, pero hay que tener en cuenta que siempre existen momentos de desesperación y esas cosas.

Y entonces, cuando volvía a casa por Whereabouts, una pandilla de chicos que cruzaba corriendo la calle para colarse por el agujero de una valla que quedaba a mi izquierda casi me atropella.

Andaban hechos unos zorros y gritaban como posesos, pero parecían felices así.

Superada la amenaza, seguí mi camino, pero entonces me paré.

Chicos. Canicas. Los chicos juegan a las canicas, los chicos que van en pandilla, que corren por las calles y que saben dónde se localizan las tablas sueltas de las vallas.

Desanduve mis pasos, observé la valla, luego la calle y, viendo que nadie me prestaba atención, retiré la tabla y los seguí.

Me encontré en un callejón lleno de maleza que discurría entre dos vallas y desembocaba en un pequeño solar de tierra. Y allí estaban los chicos reunidos.

Agnes me está llamando desde la escalera. (Su madre no lo aprobaría).

Me pregunto qué necesita.

Más tarde

Agnes quería contarme un chiste. ¡Un chiste!

Esperé pacientemente mientras se preparaba y me formulaba la pregunta.

—¿Cómo llamaría a una mujer sin sombrero?

Después de varios intentos, dije:

—No tengo ni idea. ¿Cómo?

Y entonces, cuando se disponía a responder, puso cara de haberse quedado en blanco.

—¡Señorita Lion! —Se tapó la boca con las manos—. ¡Se me ha olvidado!

—No podemos ganar todas nuestras batallas —le dije con una sonrisa, esforzándome por consolarla.

Veamos. ¿Por dónde iba?

Ah, sí. Había encontrado a los chicos en el solar del callejón.

El líder —el que imaginé que era el líder, porque se había apoderado de la única rama de un árbol medio talado— te­­nía una pierna descansando sobre la rama mientras balanceaba la otra.

Se quedaron mirándome.

Me di cuenta enseguida de que era una invitada muy poco grata.

Mi instinto para tratar con aquella tribu de nativos poco amistosos me indicó que lo mejor era no intentar hablar su jerga, so pena de caer en algún tipo de malentendido.

Me decidí pues por la estrategia del trueque.

Saqué la canica del bolsillo, la puse a contraluz —tenía un verde realmente precioso— y entonces se la lancé al chico que me observaba desde el árbol.

La cazó al vuelo con una mano, la hizo rodar entre dos dedos y dirigió un rápido gesto de cabeza a uno de los chicos que estaban en el suelo.

El chico, tocado con una gorra ladeada, buscó en su bolsillo mientras caminaba hacia mí.

Cerró el puño. Entendí enseguida su lenguaje, extendí mi mano enguantada abierta y me quedé a la espera.

El chico depositó en mi mano una moneda de plata.

En vez de quedarme mirándola —no, estaba en compañía de gente con demasiado mundo para hacer eso—, me la guardé en el bolsillo, les entregué la caja de pastelitos a modo de agradecimiento, me toqué con elegancia el sombrero y desaparecí hacia el callejón para cruzar de nuevo la valla.

Un trabajo bien hecho.

Más tarde

El primo Archibald y yo hemos mantenido un cónclave esta noche durante la cena con el fin de dilucidar el significado de la moneda.

(Casi lamento decir que no hubo heridos en la familia).

No es de acuñación inglesa, ya que tiene la silueta de César en una cara y la silueta de alguien que deduzco que es Bruto en la otra.

Alrededor de la cabeza de César puede leerse: « Et tu, Brute?

», las famosas últimas palabras que pronunció nuestro querido Julio.

Es una cosita preciosa y, de no ser una pista, mandaría que hicieran un colgante con ella.

El primo Archibald estaba fuera de sí con el misterio de la moneda. Tuve que explicarle tres veces cómo me había hecho con ella. Le molestó que hubiera niños implicados. Por principio, no le gustan los niños.

Después de sortear el embrollo de palabras que el primo Archibald soltó mientras insistía en que TIENE QUE HABER OTRO MENSAJE GRABADO EN LA MONEDA, me decanté por un enfoque más práctico.

—¿Qué se puede hacer con una moneda? —planteé—. Se puede comprar algo con ella. O se puede arrojar a una fuente para tener buena suerte.

Nos quedamos un momento sentados, mirándonos, hasta que los dos exclamamos:

—¡Baron’s Square!

Un excepcional momento de pensamiento paralelo.

Porque en Baron’s Square se encuentra la única fuente de todo St. Crispian’s.

Se trata de una réplica de la famosa escultura de Cellini que representa a Perseo sosteniendo la cabeza de Medusa; trágica, grotesca y curiosamente conmovedora, ya que nuestra versión fue diseñada de tal modo que el agua cae de los ojos cerrados de Medusa.

Resulta desgarradora. El espectador no aclama tanto al vencedor como se maravilla ante la cabeza llorosa de mujer que sujeta la mano de Perseo.

Archibald y yo decidimos que la fuente era merecedora de una misión de investigación inmediata.

—No me gusta nada ser visto contigo en público —dijo con fervor.

—Por suerte para los dos, está oscuro —repliqué.

Después de reunir todo el equipamiento necesario, salimos de Lapis Lazuli House al amparo de la mencionada oscuridad y pusimos rumbo hacia Baron’s Square.

En la fuente no había nadie. Lo cual, dada la hora, no era de extrañar.

La rodeamos, miramos en el agua para ver si alguna de las monedas lanzadas allí coincidía con la nuestra y Archibald solo profirió tres insultos.

Mi primo, con la chaqueta arremangada —en lugar de quitársela, como haría cualquier persona normal—, se entretuvo metiendo la mano en el agua para ir sacando puñados de monedas.

Yo, por mi parte, me dediqué a estudiar a Perseo y a nuestra Medusa llorona.

Resulta grotesco en muchos sentidos ver a Perseo de pie sobre el cuerpo decapitado de Medusa y percatarse del mal trabajo que hizo, puesto que ver que el corte del cuello no fue limpio del todo siempre me ha provocado escalofríos. Sin embargo, no puedo negar que Perseo hizo bien.

Siempre recordaré lo que mi padre me contó acerca de esa historia.

Y me pone un poco triste.

Fue en ese momento cuando me di cuenta de que Archibald estaba sacando monedas de la fuente y guardándoselas en los bolsillos. Terminará logrando que una maldición caiga sobre nosotros, lo juro.

—¡Primo Archibald! ¿Pero qué haces? —le dije.

—Busco pistas —me espetó.

—¡No puedes robar los deseos de los demás! ¡Nos traerá la peor suerte del mundo! ¡Devuélvelas!

Si alguien hubiera oído por casualidad lo que estábamos diciendo, nos habría tomado por locos.

—Esto nos está diciendo claramente que debemos fijarnos en el poder del hombre —insistió el primo Archibald.

—Perseo era un semidiós. No seas tan creído —fue mi rápida réplica.

Aquello nos sumió en un breve silencio.

El primo Archibald sugirió que nos centráramos en la cabeza de Medusa, ya que matarla era el objetivo de su misión. La idea no me convencía en absoluto.

—No, el acto ya está consumado; ya no estamos hablando de poder —respondí—. Estamos aquí para actuar, así que debemos pensar en la acción. ¿La acción? ¿La espada? La espada tiene el filo apuntando hacia abajo, hasta que describe una curva perversa hacia arriba y…

Seguimos con los ojos la dirección de la punta de la espada y nos encontramos mirando directamente a una ventana de la segunda planta de la casa del general Braithwaite.

(Corre el rumor de que solo el general podría haber comprado la casa que queda justo delante de la fuente. Nadie más que él podría soportar aquel llanto constante).

Que la espada nos estuviera señalando la pista parecía una idea de lo más descabellada hasta que, en la ventana que estábamos los dos mirando, se agitó una cortina y se vislumbró un destello de luz. De pronto, se reveló y se ocultó tres veces el resplandor de una vela.

Eché a andar hacia allí.

—¿Dónde vas? —gritó Archibald.

—Es nuestra señal, primo.

—¡Es una trampa!

Creo que le respondí con unas palabras alentadoras, algo así como:

—¡No seas imbécil!

Llamamos a la puerta de la casa del general Braithwaite después de asegurarme de que el primo Archibald devolvía todas las monedas a…