Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 3) 6 de julio
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6 de julio

Archibald envió a Agnes a buscarme antes del desayuno.

—Dice que ha sido usted insolente, señorita Lion, y que quiere verla en el salón de recibir para hablar sobre la pista.

¿Insolente?

Intercambié una mirada de resignación con Teobaldo, que estaba acurrucado en la cama.

—¿Insolente o indolente, Agnes? —repuse mientras seguía vistiéndome—. ¿Estás segura de que no ha dicho «indolente»?

Agnes me miró como si no entendiera qué estaba diciéndole y luego negó con la cabeza y se encogió de hombros.

—No podría decírselo con total seguridad, señorita. Ha dicho muchas palabras más, pero no creo que mi madre fuera a aprobar que se las repita ahora, no sé si me explico.

Sonreí. Me encanta cuando habla sin disimular su acento escocés.

Le pedí que me sirviera el desayuno en el salón. Terminé de recogerme el pelo —de forma poco favorecedora, diría a buen seguro tía Eugenia— y bajé al nivel del primo Archibald, en to­dos los sentidos de la expresión.

Estaba sentado en la mesita redonda que hay al lado de una de las ventanas que dan a la calle, con aspecto nervioso, moviendo sin parar las rodillas.

—Hace dos días que tenemos la canica —balbuceó—. ¡Dos días! Y el tiempo pasa. ¡Hoy estaremos todo el día dando vueltas por St. Crispian’s hasta que averigüemos qué significa esa pista!

El espectro de tía Eugenia con el entrecejo fruncido se materializó en una esquina, y me vi obligada a decir:

—Tengo un compromiso previo, primo Archibald. He quedado para tomar el té con mi tía. Pero podemos dedicar la mañana a ver qué encontramos.

Vi que se quedaba horrorizado.

—¿Piensas dejarme solo en un momento tan crucial como este? ¿Decides ahora no cumplir con tu parte del trato? «¡Fragilidad, tienes nombre de Mujer!» —exclamó el hombre que se había pasado un día entero encerrado en su habitación.

—Te doy la nota máxima por la cita de Shakespeare —repliqué—. Pero por desgracia se trata de un compromiso ineludible. Como bien sabes, lady Spencer es implacable.

Archibald se pasó la mano por la cara, derrotado.

—Espero que se te ocurra algo antes de marcharte —declaró—. Eres, como siempre, una tremenda decepción.

Innecesariamente, pensé.

Más tarde

Veamos.

El té fue divertido para Arabella, al menos.

Fui recibida en el Primer Salón, buena señal. Tía Eugenia ya estaba allí, sentada en un pequeño escritorio.

—Ah, Emma. Ya has llegado. Veo que sigues esquelética a pesar de que te he concedido una semana o más de descanso.

—Sí, tía.

Llegó el té, mi tía me ordenó que preparara dos tazas, se acercó y lo olisqueó.

—No está muy bien preparado, pero ¿qué cabe esperar? ¿Has elaborado la lista con tus peores cualidades? Supongo que la llevarás por escrito, teniendo en cuenta lo extensa que es.

Reconocí que no lo había hecho.

Mi tía chasqueó la lengua.

Fue entonces cuando Arabella hizo su aparición, entrando en el salón como si estuviera flotando. Le dirigí una mirada pesarosa y ella, con la risa brillando en sus ojos, tomó asiento delante de mí.

—Me han dicho que hoy vamos a hablar de tus defectos, Emma.

—Eso parece.

—El propósito de este ejercicio —empezó a explicar tía Eugenia— es arrancar de raíz aquellos que no nos sirven de nada y apoyar los que hacen brillar a Arabella.

Sugeriré el primero de esos defectos. Das la impresión de que sabes demasiado.

Y eso no te sirve de nada; tampoco a Arabella. ¿Qué podemos hacer al respecto?

Abrí la boca y volví a cerrarla enseguida. Miré a Arabella, que se había recostado en el sofá y se lo estaba pasando en grande, y dije:

—Pensaba que mi lamentable formación se encargaba por sí misma de esas preocupaciones, tía. Le aseguro que hay muchísimas cosas que desconozco.

Tía Eugenia levantó la vista hacia el cielo, como si le estuviera pidiendo a Dios Todopoderoso que le diera fuerzas.

—Sé lo Ignorante que eres. ¡El problema es que no lo pareces! Y tu vocabulario es un veinte por ciento más inteligente de lo que debería ser. ¿Qué sugieres que hagamos?

—¿Repetir las palabras más banales de mi arsenal…? —sugerí.

—Bien, bien. ¿Cuáles?

Me encorvé.

—¿Qué palabras, quiere decir?

—Sí, dame un ejemplo. Y no te encorves.

Titubeé unos instantes y, acto seguido, me esforcé en hablar como una simplona.

—Oh, lord West, opino que la lluvia es una cosa repetitiva en un país donde llueve mucho. ¿No le parece?

Arabella aplaudió y le lancé una mirada amenazadora.

—Bien —dijo tía Eugenia mientras se preparaba otra taza de té—. Simple, repetitivo, insustancial. Y ahora dime: ¿qué vamos a hacer con ese gesto tuyo de poner los ojos en blanco?

Y seguimos así durante todo el té.

Se me permitió conservar mi cara —gracias a Dios, porque me pregunto cuál habría sido la alternativa—, así como mi pasado.

—Que Arabella se compadezca de una prima huérfana habla muy bien de ella. Cuéntale a toda la gente que quieras lo sola que estás y lo pobre que eres.

(Si ella supiera… Le hice prometer a Arabella que guardaría el secreto sobre mi pérdida de fondos).

Se me ha permitido asimismo conservar mis modales en la mesa y mi sonrisa, siempre y cuando no la utilice demasiado a menudo, aunque debo tenerla preparada cada vez que tía Euge­nia me ordene utilizarla.

—Durante la próxima quincena, debes mostrarte contenta, aunque nunca excesivamente feliz. Quiero que te conviertas en un objeto de lástima. Eso hablará muy bien de Arabella, que posee, francamente, todo lo que tú tienes y todo lo que no tienes.

Considero que mi habilidad para reírme de los insultos de tía Eugenia es relativamente robusta, pero, cuando me dejó de nuevo en libertad para volver a casa, comprendí que mi gran talento había superado una prueba de fuego.