Una señorita muy poco victoriana (Los diarios de Emma M. Lion 3) 4 de julio
7%

4 de julio

Archibald lleva todo el día ordenándole a Parian que cante Dios salve a la reina mientras él —Archibald, no Parian— maldice las Colonias. Y además se ha vestido de luto estricto.

La situación va casi más allá de los límites de la resistencia humana.

—No es que tenga nada contra la reina, señorita Lion —me dijo Agnes mientras trabajaba la masa del pan—. Pero si oigo a Parian cantar esa canción una vez más…

Le pregunté a Archibald si su razón para vestir de luto estricto era mi reciente regreso a Londres, a lo que respondió con voz quejumbrosa:

—¡Tú no tienes nada que ver con esto! ¡Llevo cincuenta años vistiendo de luto estricto en una fecha como la de hoy!

—Muy conveniente. Si hoy falleciera alguien en St. Crispian’s, uno de los dos ya iría correctamente vestido.

—¿Has averiguado la pista de la canica verde? —me preguntó con desdén mientras se alisaba su batín de seda negra. (¿Batín de abuelo o batín de duelo? Vaya usted a saber).

—No, primo —respondí—. ¿Y tú?

A lo que contestó subiendo con fuertes pisotones al segundo piso y cerrando la puerta de su dormitorio con tanto ímpetu que resonó por toda la casa.

En este momento estoy disfrutando de una taza de té yo sola, mirando por la ventana y sintiéndome sorprendentemente impasible.

Mi loco primo se ha encerrado en su habitación.

Tengo por delante una semana repleta de acertijos para conseguir entradas para Julio César .

Si a eso le sumara un nuevo libro, me sentiría más que contenta.

Entretanto, estoy leyendo de nuevo la traicionera obra antes mencionada.

Por extraño que parezca, Julio César está incluida en Las comedias de Shakespeare. Íntegras . Sin duda alguna, el editor que hizo esa selección debía de ser un hombre muy oscuro.

Más tarde

Acabo de llegar de un paseo por Primrose Hill. Al cruzar el recibidor, oí un estruendo considerable proveniente del gran salón. Después de dudar un instante, llamé a la puerta.

El Inquilino dijo enseguida:

—Pase.

Y eso hice.

El señor Pierce había abierto las cortinas y la luz que entraba en la estancia dejaba ver las motas de polvo que flotaban en el aire.

Había eliminado una parte de la pared que separa el salón de Lapis Lazuli Minor.

El amigo del señor Pierce —el que parece un pirata— emergió entre el polvo, con el parche que le cubría el ojo ligeramente ladeado.

Mi sonrisa amable fue recibida con un ceño fruncido.

Supongo que lo del ceño es comprensible cuando uno tiene una pata de palo y un parche en el ojo. Queda justificado. Sin embargo, el color rojo intenso de su pelo me dificultaba tomarme esa expresión en serio.

Ve de pirata, si no hay otro remedio, pero no intentes hacerlo siendo pelirrojo.

Volqué entonces mi atención en el señor Pierce, que estaba con un pincel en una mano y una lata pequeña de pintura en la otra, concentrado en la pared que tenía delante de él, como un adivino decidido a cambiar el tiempo.

—¿Qué opina, señorita Lion? —preguntó sin más preámbulos.

Había dos colores: pinceladas en gris carbón y en azul medianoche.

—Son bonitos. Los dos. El azul me parece especialmente encantador.

El Pirata refunfuñó y el señor Pierce se quedó mirándolo.

—Señorita Lion, permítame que le presente a mi amigo Ben Chambers. Chambers, te presento a Emma Lion.

—Hola —dije.

El Pirata… no dijo nada. Se limitó a lanzar una mirada fulminante más o menos en mi dirección. Tras una mirada incisiva del señor Pierce, el señor Chambers dijo en tono totalmente plano:

—Encantado.

Muy poco convincente.

Me propuse ser elegante.

—Veo que la puerta va… —lo que imaginaba que era el marco de la puerta eligió justo ese momento para caer al suelo— avanzando.

—Sé lo que me hago —gruñó El Pirata.

—Estoy segura de ello, señor Chambers.

El señor Pierce sonrió y siguió aplicando más pintura a la pared.

—Tenía intención de preguntarle, señor Pierce —dije a continuación—, si desea que mantenga esta puerta cerrada con llave, para que nadie de la casa pueda entrar en su estudio a su antojo.

El señor Pierce se encogió de hombros y removió la brocha en el bote de pintura que seguía sujetando.

—No es necesario. Si Agnes se encarga de limpiar, siempre será más fácil dejar la puerta sin llave de por medio. ¿Se lo ha preguntado? Además —me miró, y de la brocha que tenía en la mano cayó una gota sin que se diera cuenta—, ¿cómo iba usted a visitar mi estudio si cierro la puerta con llave?

—A través de la puerta principal, supongo —respondí—. Aunque me gusta la idea de poder pasarme por aquí de vez en cuando para ver qué hace.

El Pirata emitió un sonido de desdén, momento en el cual pasé a mirarlo fijamente sin disimulo. Seguramente es el hombre más maleducado que he conocido en mi vida. Dejando de lado a Archibald, claro está.

—¿Qué tal va su búsqueda? —preguntó el señor Pierce, y creo que lo hizo para cambiar el rumbo de la conversación.

—Si se refiere a Julio César , la primera pista nos llevó a Philosopher’s Sole, donde tuvimos que presentarnos con algún calzado para reparar. Estoy segura de que el zapatero ha hecho una pequeña fortuna con esto.

—Mejor para él —dijo el señor Pierce.

El Pirata puso los ojos en blanco y murmuró algo sobre las degeneradas influencias estadounidenses.

El señor Pierce, ignorando totalmente a El Pirata, volvió a concentrarse en el color de pintura de la pared.

—No acabo de decidirme entre uno y otro.

—¿Suele hacer los retratos con fondos tan oscuros? —pregunté.

—No tan a menudo como me gustaría. Solo a veces —respondió el señor Pierce—. Utilizo telones de fondo pintados para los débiles de corazón. Pero los retratos con un toque melancólico me gustan. Prefiero las paredes de tonalidades oscuras para la mayoría de las estancias.

Oscuro, inquietante. Un poco a lo señor Rochester.

Un pensamiento que no tenía la más mínima intención de expresar en voz alta.

Oh, qué frágil es la lengua humana…

Tomé asiento en el sofá de color ciruela, dispuesto en diagonal en mitad del salón, me crucé de brazos y observé los dos colores.

Sugerí lanzar una moneda al aire.

El señor Pierce me miró por encima del hombro el tiempo suficiente como para poder decir:

—Nunca echo a suertes mis decisiones, por triviales que sean.

—¿Por qué no? —repliqué—. Independientemente del lado del que caiga la moneda, el color le gustará. Seguirá siendo oscuro. Seguirá siendo inquietante. Seguirá siendo muy señor Rochester.

Sí. Lo dije en voz alta.

Sin pensar.

Horroroso.

El señor Pierce se quedó inmóvil y tensó los hombros.

Cuando se volvió, lentamente, tenía los ojos entrecerrados y en sus labios se dibujó una leve sonrisa de desdén.

En mi defensa, debo decir que también había un brillo en su mirada solo atribuible al hecho de que interiormente se lo estaba pasando bien.

—¿Inquietante? —repitió—. ¿Rochester? ¿Qué tipo de monstruo se imagina que soy?

¿Monstruo? No. Por supuesto que no. ¿Persona misteriosa con un pasado? Desde luego que sí. No puede negarse.

—Nada de monstruo, señor Pierce —dije agitando la mano en un gesto despreocupado, un intento audaz de disimular mi vergüenza—.

Por lo que hoy nos concierne, Rochester no es más que un adjetivo.

Es un estado de ánimo, un estilo. Cualquier hombre forzado a elegir entre azul medianoche y gris plomo se expone a semejante afirmación.

El Pirata, a quien probablemente debería referirme por su verdadero nombre, Chambers, resopló y le dio un martillazo a alguna cosa. El señor Pierce mantuvo la mirada clavada en mí.

—¿Y si me decantara por un color radicalmente distinto, como el verde?

Pensé que la respuesta era de lo más obvia.

—En ese caso, abandonaríamos por completo a Charlotte Brontë y nos adentraríamos en sólido territorio Austen.

Su carcajada fue rápida.

—No he leído a ninguna de las dos, pero creo que Austen escribía sobre hombres mejores que yo.

—Eso depende de si es usted el héroe, el villano o el tonto —repliqué.

—Es el tonto —murmuró Chambers desde el otro lado de la estancia.

El señor Pierce frunció los labios y, después de lanzarle una mirada de soslayo a su amigo, se giró y pintó otra franja de color azul en la pared.

¡Vaya!

Más tarde

¿Ha decidido el color de la pintura?

NO.

COMO LAS CORTINAS SON ROJAS Y EL SOFÁ MORADO, Y  CONSIDERANDO QUE NO TENGO INTENCIÓN DE SUSTITUIRLOS, ME PREGUNTO QUÉ COMBINACIÓN QUEDARÍA MEJOR.

Ciruela.

¿DISCULPE?

El sofá es ciruela, no morado.

¿Y EXISTE ALGUNA DIFERENCIA SIGNIFICATIVA?

Mi padre habría dicho que sí.

¿SE DEDICABA AL NEGOCIO DE LA TAPICERÍA?

No. Era artista. Y ahora, volviendo al asunto que tiene entre manos, creo que debería elegir el azul. Equilibrará la calidez de las cortinas y de la tapicería.

EN ESE CASO, UTILIZARÉ EL GRIS PARA LAS PAREDES DE MI BUHARDILLA OESTE.

¿ Pintar dos habitaciones? Su ambición me asombra y me impresiona.

MI MOTIVACIÓN NO ES OTRA QUE LA SUPERVIVENCIA.