3 de julio #2
Alguien escribiría un verso para conmemorar el suceso.
El señor Pierce, arrepentido, bajaría renqueante la puerta al gran salón y la envolvería con una cinta negra, deseando que su orgullo no se hubiera apoderado de sus actos.
Ay.
Todos debemos vivir con el resultado de nuestras decisiones…
Pasado el cuarto piso, decidí dejar que fuera él quien juzgara por sí mismo si poseía la capacidad física necesaria para llevar a cabo con éxito la tarea.
En consecuencia, conservé mi joven vida.
Después de escalar la montaña, llegamos al descansillo y nos encontramos con que la puerta de la buhardilla oeste estaba cerrada, mientras que la de la buhardilla este estaba entreabierta.
No había manera de cerrarla con elegancia, así que, al ver que no había nada incriminatorio a la vista —solo un extremo de la alfombra, el silloncito y sus cojines desparejados y la ventana al fondo—, señalé hacia allí y dije:
—Ahí está mi sanctasanctórum.
—Cojines de colores. Nunca imaginé que las paredes pudieran estar pintadas de blanco. —Y luego—: ¿Dónde está la puerta?
Bueno, si su curiosidad no va más allá…
Abrí la puerta de la buhardilla oeste y le indiqué que pasara delante de mí.
Lo hizo, pero se paró entonces tan bruscamente que casi tropiezo con él.
—Siento auténticas tentaciones de ir a buscar mi cámara —dijo el señor Pierce casi para sus adentros.
Miré a su alrededor intentando descubrir qué podía haber llamado su atención.
Una buhardilla con escondrijos extraños y viejas historias, con solo una ventana y media para darle presencia y forma. El señor Pierce se adentró en la buhardilla y yo me quedé apoyada en el marco de la puerta observando su regocijo.
Había olvidado lo que es vivir con un artista. Las pausas inesperadas delante de lo que la mayoría consideraría trivial.
Un recordatorio agridulce.
Mi padre nos lo hacía constantemente a mi madre y a mí. Cuando algo le llamaba la atención, no podía dejarlo correr hasta que lo capturaba en su cuaderno de dibujo. Y luego, meses después, yo alcanzaba a verlo de reojo en el periódico o junto a un artículo en una revista.
Disfruté con aquella oleada inesperada de recuerdos, de cuando la vida era feliz y carente de complicaciones, y conseguí sonreír, aunque por debajo de aquella sonrisa sintiera nostalgia.
Pasados unos momentos, el movimiento volvió a la habitación: el señor Pierce abriéndose paso entre el caos, ignorando con discreción el armario abierto donde yo guardaba mis vestidos de día y de noche, sumidos en una indisciplina pareja a la de su propietaria.
Señalé la esquina de detrás de un escritorio, dos cajas y varios marcos de cuadros, el lugar donde estaba recostada la puerta.
Despejamos rápidamente un camino de acceso entre los dos y, cuando me disponía a proponerle que cada uno de nosotros la cogiera por un extremo y avanzáramos despacio, el señor Pierce se agachó, levantó la puerta lo suficiente como para deslizar por debajo la mano izquierda y, al incorporarse, la levantó con mucha más facilidad de la que yo habría sido capaz.
—Usted delante, señorita Lion.
Y me puse en marcha.
Bajamos las escaleras (el señor Pierce, bendito sea, cuidando en todo momento de no dar golpes a las paredes) y, cuando llegamos al gran salón, apoyó la puerta contra la pared a la vez que emitía un sonido masculino, se enderezaba y se frotaba las manos.
—Buen trabajo —dije.
—Antes de que se me olvide… —Y extrajo un sobre del bolsillo—. El alquiler del estudio, por seis meses. Y también el de Lapis Lazuli Minor. Esto debería cubrir mi estancia en ambos hasta final de año.
El sobre estaba bastante lleno.
Y entonces Parian llamó a la puerta. Recién salido del jardín, con las manos todavía cubiertas de tierra, como si fuese un explorador que acabara de llegar de la selva.
—Me envían a buscarla para que acuda al salón de recibir —dijo resoplando.
—Gracias, Parian. Veo que ha empezado a domesticar el jardín.
Su respuesta fue no verbal y posiblemente insultante.
—Si hay algo más que necesite, señor Pierce… —dije.
—Saldré en unos minutos, señorita Lion. Y luego, si no le importa, empezaré con la puerta a última hora de hoy o mañana por la mañana.
—Por supuesto.
Entré en el salón con la mano que sujetaba el sobre estratégicamente escondida a mi espalda y encontré a Archibald sentado en la mesa redonda, junto a la ventana.
—No ha querido darme la pista —anunció.
—¿Disculpa?
Tomé asiento en otra silla, delante de él.
Archibald se pasó una mano grasienta por la cara y emitió un extraño sonido que me recordó a un gruñido.
—El señor Argyll. Le he preguntado, pero es un imbécil. No entendió nada de nada de lo que le dije, por mucho que le gritara.
Sopesé cuidadosamente si debería explicarle a mi primo cómo se sostienen las frágiles relaciones humanas, siendo la ausencia de gritos un componente clave para su gestión. Pero, después de llegar a la conclusión de que sería una pérdida de tiempo, me levanté y dije:
—Voy yo.
—Sí, vamos —dijo él corriendo a coger el sombrero.
—No, primo Archibald. Voy yo, he dicho. Y tú te quedarás aquí. Tal y como un hombre decente haría —recalqué con una sonrisa que no me fue devuelta.
Subí y escondí debajo del colchón el dinero que el señor Pierce me había entregado en concepto de alquiler —un gesto típico de huérfana desesperada— y me cambié el vestido viejo que llevaba por mi vestido de día de color verde botella.
Después de coger mi sombrero y los guantes, salí de casa.
Llegué a Philosopher’s y pregunté si mi primo había recogido mis botas junto con sus zapatos.
—Solo ha recogido su par —respondió el señor Argyll—. Y ha dicho que usted pagaría el total.
—¿Ha dicho eso?
—Pero no se lo he permitido. Le he hecho pagar por sus zapatos.
El señor Argyll me observó con una mirada elocuente y me guiñó el ojo, como si fuéramos ambos espías del mismo país y él estuviera intentando pasarme algún tipo de señal.
Le respondí también con un guiño.
Después de pagar por mis botas, que lucen ahora mucho más espléndidas que cuando llegué a Londres, el señor Argyll volvió la cabeza hacia la trastienda y dijo:
—Quizá le gustaría pasar para ver a mi mujer. Estará encantada de charlar un rato con usted.
Sé que el señor Argyll no tiene esposa, a menos que siga la tradición de nuestro querido señor Rochester y la tenga recluida en la buhardilla.
He dejado que Jane Eyre se me suba a la cabeza.
—Y a mí me encantaría visitarla —repuse.
En cuanto accedí a la trastienda, vi un maniquí de esos que utilizan las modistas, vestido como una dama de alta alcurnia, y a su lado un cuenco dorado lleno de canicas. Nada más.
Elegí una, de cristal verde transparente, y la guardé en mi ridículo.
Cuando llegué a casa, encontré al primo Archibald esperando preocupado en el recibidor.
—¿Y bien? —me gritó.
Saqué la canica y la deposité en la consola. Tuve que correr a atraparla de nuevo antes de que cayera rodando al suelo.
—Una canica verde —dije.
—¡Una canica! ¡Vale, pues vámonos!
—¿Irnos?
—¡A dar vueltas por St. Crispian’s! Podemos hablar sobre la canica al mismo tiempo que buscamos pistas.
Debo reconocer que algo de razón tenía.
Así que nos fuimos.
Recorrimos juntos todo St. Crispian’s: Whereabouts Lane entero dos veces, cortamos por la Diagonal, subimos por Sterling, rodeamos Baron’s Square, bajamos por Sterling, volvimos a subir por Sterling, recorrimos Traitors, nos metimos por las calles secundarias y luego volvimos a Whereabouts, y al llegar a Jacob’s Well caímos casi desplomados.
Hacía bastante calor.
El primo Archibald solo me insultó en trece ocasiones. Y yo le recordé siete veces que dependía económicamente de mi generosidad y que, siendo como era un sinvergüenza, debería —por todo lo que es bueno y sagrado— haberlo puesto de patitas en la calle.
Me dijo que no fuera vulgar.
Y yo le dije que debía elegir entre mi vulgaridad o mi crueldad más intencionada, la cual podía o no incluir enviarlo a Bornemouth con la prima Matilde.
No dijo nada más, sino que se limitó a apartarse el pelo de la frente, dejando totalmente al descubierto La Cicatriz.
Al final, tanto trabajo para nada.
Ni una sola señal en ningún escaparate, ni una sola pista escondida en ninguna casa que indicara el significado de la canica verde.
Que tengo ahora a mi lado en el escritorio, mirándome con aires de suficiencia.
He estado a punto de dar por terminado nuestro precario, estúpido , perverso intento de asociación, pero reconozco que la iniciativa me está resultando entretenida. Para plasmarlo en palabras de nuestra querida obra: «¡Maldad, ya estás en pie! Toma el curso que quieras».
Empezaremos de nuevo mañana.