3 de julio
Acabo de despertarme y descubro en el suelo una nota que alguien me ha pasado por debajo de la puerta.
Está escrita con una caligrafía puntiaguda y egocéntrica y me informa de que debo esperar .
Bajo ninguna circunstancia debo hacer nada que pueda poner en peligro la campaña.
Tengo que quedarme en casa tal y como, aquí cito textualmente, «una mujer decente haría» mientras el primo Archibald se encarga de recoger los zapatos en Philosopher’s y regresa con la pista.
Bien.
Un momento lamentable para lanzarse a actuar por su cuenta, considerando que competimos contra todo el vecindario.
Después de desearle mentalmente buena suerte a ese tonto, me dispongo a abordar mi correspondencia, que incluye —reconozco que eso es algo que me encanta— una pregunta que hace un momento se ha colado a través de la pared.
TENGO PENSADO EMPEZAR A TRABAJAR EN EL ESTUDIO HOY MISMO . VIENDO QUE TODAVÍA NO EXISTE UNA PUERTA ENTRE EL GRAN SALÓN Y LAPIS LAZULI MINOR, CONFIABA EN PODER ENTRAR A TRAVÉS DE LAPIS LAZULI HOUSE. A MENOS, CLARO ESTÁ, QUE DESEE USTED QUE LE DÉ UNOS CUANTOS MARTILLAZOS A LA PARED , A CIEGAS.
Por tentadora que resulte la idea de sentarme en el sofá y verle pelear para abrirse paso, le dejaré entrar a través de Lapis Lazuli House.
Mi mañana está repentinamente libre porque me han ordenado comportarme como Una Mujer Decente durante al menos unas horas.
He decidido seguirle la corriente a quien me ha dado esa orden no porque tenga algún tipo de autoridad sobre mí, sino porque espero que fracase estrepitosamente en lo que se ha propuesto hacer solo y porque mi lado menos refinado busca divertirse un rato.
¡La retiró! El señor Pierce deslizó una respuesta a través de la pared y, justo cuando iba yo a recogerla, ¡la retiró!
Al no haberse establecido un Reglamento para la Comunicación en la Buhardilla en el Año 1883, desconozco la legalidad de un acto de este calibre.
Y así se lo hice saber.
¿Se puede retirar una comunicación? Me da la impresión de que ha hecho usted trampa.
EVIDENTEMENTE, LA POSIBILIDAD DE RETIRAR UNA COMUNICACIÓN DEBE SER UN DERECHO IMPLÍCITO.
SI SE HA DEMORADO USTED EN RECOGER LA COMUNICACIÓN, Y YO TENÍA EN MI MANO EL PODER PARA RETIRARLA, NO DEBERÍA HABER NINGUNA PROHIBICIÓN AL RESPECTO .
¿Derecho Implícito? ¿Poder para Retirar la Comunicación? Habla usted como un estadounidense.
SON PRÁCTICOS.
¿Los estadounidenses?
LOS DERECHOS.
DEBO RECONOCER QUE HAY ESTADOUNIDENSES QUE NO ESTÁN MAL.
Qué poco británico por su parte.
NO TODOS PODEMOS SER TAN RESPETABLES COMO LA SEÑORITA LION.
Más tarde
El día ha sido demasiado largo, pero agradable.
Lo de «demasiado largo», gracias al primo Archibald.
Lo de «agradable», gracias al señor Pierce.
Después de nuestro debate sobre el Reglamento para la Comunicación en la Buhardilla en el Año 1883 —el señor Pierce no me ha contado aún lo que decía la nota original—, bajé al salón de recibir.
Agnes, cuando se enteró de a quién estaba esperando, palideció y huyó corriendo a la cocina.
Parian estaba ocupado —ocupado de verdad— en el jardín trasero, puesto que le había encomendado la tarea de someter aquel Edén a la fuerza si valoraba su vida, su puesto y sus confortables estancias en el tercer piso.
Así pues, me tocó a mí abrir la puerta cuando llamaron. Lo hice, y allí estaba el señor Pierce. Una tormenta de verano en el umbral de mi casa, con su porte indiferente pero a la vez melancólico. Fue casi como si pudiera oler la lluvia.
—Pase, señor Pierce.
—Gracias.
Cuando entró en el salón, me vino a la cabeza aquella cena de mayo.
Me estremecí, pero entonces el recuerdo del primo Archibald encaramado en la silla me arrancó una sonrisa.
El señor Pierce me vio.
—¿Le hace gracia alguna cosa? —preguntó.
Podría haberle mentido y haber respondido: «Una mañana agradable, eso es todo».
Pero, ay de mí, la sinceridad salió triunfante.
—Estaba pensando en aquella cena tan desastrosa. Muy galante por su parte el haberme perdonado.
—Fue… memorable. ¿Han tenido más visitas de su fantasma?
—¿Del Romano? Me parece que se pasa el día por Traitors Road.
—Una lástima.
Aunque no me pareció que el señor Pierce lo dijera en serio.
Giré el pomo, abrí la puerta y entramos en el gran salón. Todas las cortinas estaban cerradas, excepto una, pero el polvo seguía siendo evidente.
—Ay, Dios. Debería haberle pedido a Agnes que le limpiara un poco todo esto.
El señor Pierce pasó por mi lado.
—No es necesario, señorita Lion. Anticipo que habrá cierto desorden si tengo que instalar una puerta nueva y pintar las paredes.
Cuando haya terminado, quizá le pague algo a Agnes para que me ayude a limpiarlo, siempre y cuando ella tenga ganas de hacerlo y disponga de tiempo. Y cuente con su permiso, por supuesto.
Agnes preferiría morirse antes que eso, pensé.
—Se lo preguntaré, desde luego —repuse—. ¿Piensa pintar entonces?
A lo que el señor Pierce me respondió:
—Sí, si no le importa.
—En absoluto —dije—. Me apetece ver un cambio. Por lo general, me gusta el amarillo, pero no creo que sea un tono que cuadre mucho con esta estancia. Resulta un poco funesto, como un viejo arrugado que insiste en que todo el mundo sea feliz.
—Le da un toque italiano, a mi entender. Resultaría encantador si estuviéramos en Venecia, pero no creo que encaje con el estilo de Londres.
Venecia.
Pronunció la palabra con completa naturalidad. Como si fuese una referencia de lo más común.
Siento una gran curiosidad —y es comprensible, defiendo— por esos fragmentos sueltos de su pasado.
—¿Y qué hay de Nueva York?
El señor Pierce, sin dejar de deambular por la sala, replicó:
—¿Qué pasa con Nueva York?
—¿Tenía allí un estudio?
—Más o menos.
—¿De qué color estaba pintado?
—Rojo intenso.
Pronunció aquellas palabras de tal modo que fue como si en vez de sobre su antiguo estudio estuviera hablando de otra mujer. De una mujer en general, quiero decir. No de otra mujer. Cielos. Para tener otra, primero debería haber tenido una, ¿no?
Reservándome exclusivamente para mí esos pensamientos, dije:
—Entonces ¿pintará también de rojo este estudio?
—No, tengo otra cosa en mente. Lo que habría hecho en Nueva York de disponer de estas ventanas.
—Ah, ¿sí?
Lo dije a modo de invitación para que me revelara el color que pensaba utilizar. Pero lo que hizo el señor Pierce, en cambio, fue caminar hacia la pared que separaba el gran salón de Lapis Lazuli Minor. Sus ojos, del color de las nubes de tormenta, capturaron la luz que entraba por las ventanas.
—La pared que compartimos en la buhardilla carece de calidad, es evidente, pero esta parece sólida.
Como no soporta peso, creo que podría poner fácilmente una puerta.
—Dio unos golpes a la pared—. ¿Qué tal aquí?
Siempre que le parezca bien, señorita Lion.
El truco está en encontrar una puerta que combine bien con la que da al recibidor.
Y entonces llegó mi momento de esplendor. Porque recordaba que había tenido que mover una puerta al ordenar la buhardilla oeste de la casa.
—Permítame que acuda en su ayuda —dije—.
Tengo una puerta que encaja con todas las demás de la casa.
Está arriba, en la buhardilla. Puede utilizarla si lo desea, pero necesitaré su ayuda para bajarla, pues pesa bastante.
Es de madera maciza, de la mejor calidad y esas cosas.
Imagino que podrá con ella, ya que es usted muy…
Me interrumpí. Era un lugar embarazoso en el que quedarse callada. Me sentí mucho más incómoda de lo que habría imaginado, a lo que había que sumar el terrible temor de estar transformándome en Agnes. Al ver que no iba a decir lo que realmente pensaba, terminé la frase con la palabra «alto».
Muy alto.
Ya que es usted muy alto.
Eres una triunfadora, Emma M. Lion.
El señor Pierce me había prestado su atención desde el momento en que había empezado a hablar y, con cada frase adicional que yo pronunciaba, las comisuras de sus labios parecían curvarse un poco más y sus ojos entrecerrarse proporcionalmente, hasta que, cuando por fin llegué a la palabra «alto», vi que su rostro reflejaba algo que podría ser incredulidad, o quizá que se lo estaba pasando en grande.
—Estupendo —dijo—. ¿Lo solucionamos ahora?
—Por supuesto.
Me quedé un momento pensando, intentando recordar si la buhardilla oeste estaría demasiado desordenada con mis objetos personales.
Pero ya era tarde para retirar la invitación.
Podría haber dicho perfectamente que no era el momento ideal y que ya le pediría a Parian que me ayudara a bajar la puerta; pero entonces pensé en Parian —en aquel hombre tan flaco que apenas era una sombra, teniéndose que pelear con cuatro tramos de escaleras— y decidí que era mejor confiar en el señor Pierce.
Al diablo con las medias tiradas de cualquier manera sobre toda aquella porquería.
Vaya. Qué lenguaje más escandaloso.
¿Debería borrarlo para que no conste?
Pues digo que no. Si está en la Biblia, también puede estar escrito en mi diario.
Tampoco es que pretenda clavar en el suelo la cabeza de nadie con una estaca…, eso sí sería muy del Antiguo Testamento.
Estoy divagando.
Salimos del salón. Empecé a subir los cuatro tramos de escaleras. El señor Pierce no iba exactamente a mi lado ni tampoco detrás de mí, sino más bien en diagonal; era como si fuéramos piezas de ajedrez que conspiran sobre el tablero. Una extraña sensación de camaradería.
Entre el tercer y el cuarto piso se me ocurrió que, estando mi vecino aquejado de una misteriosa y claramente dolorosa cojera, quizá debería haberle preguntado antes si mover una puerta pesada le resultaría conveniente.
Aunque de hacerlo tal vez heriría su orgullo.
Pero corría el riesgo de lesionarse aún más la pierna.
No se me ocurría ninguna manera de sacar el tema a colación sin poner en entredicho sus capacidades.
Lo que podría llevar al señor Pierce a retarme en duelo.
Aceptaría, y le pediría a Agnes que fuera mi madrina.
El señor Pierce y yo nos batiríamos en duelo en la calle.
Y yo moriría.