2 de julio
Según lo que recuerdo que decía mi padre, la clave para conseguir una entrada para ver Julio César es no dejar entrever que estás intentando conseguir una entrada para ver Julio César .
Y para ello tienes que mostrarte indiferente a la vez que concentras absolutamente toda tu atención en seguir cada una de las pistas.
Se trata del Arte de Aparentar Desinterés.
Ayer, después de aceptar a regañadientes los términos que le impuse para trabajar juntos —a saber, que no habrá intento alguno de matar o mutilar a Emma M.
Lion, y también que tiene que mantener la boca cerrada—, el primo Archibald y yo decidimos empezar con una visita a Philosopher’s Sole, Cordwainer and Cobbler, el zapatero remendón del barrio, ya que el Joven Hawkes había citado al zapatero que sale en la obra.
El primo Archibald estaba decidido a esperar en la acera delante de la tienda hasta que abriesen. Aunque no me creyó, intenté explicarle que los demás buscadores de pistas lo verían como una torpeza.
—La sutileza es la tradición, primo, y no pienso llegar a Philosopher’s Sole antes de que abran. Llegaremos a las nueve en punto con un par de zapatos para arreglar. Como si siempre hubiera sido nuestra intención pasar por allí.
No puedo decir que anoche descansara muy bien. Archibald se está comportando como un niño a escasos días de las vacaciones de verano, algo que resulta contagioso incluso cuando el susodicho niño es un malcriado sin escrúpulos.
Ahora son las nueve menos cuarto de la mañana y estoy esperando en el salón de recibir con mis botas viejas listas para arreglar. Archibald tiene que reunirse aquí conmigo. Confío en que ambos salgamos con vida yo salga con vida de esta alianza.
Ah, ahí está. El sonido de la maldición descendiendo por la escalera.
Más tarde
Archibald Flat no fue creado para pasar desapercibido.
Los sucesos de esta mañana han servido para corroborarlo.
Mi primo hizo su entrada en el salón y empezó a alternar el peso de su cuerpo de un pie al otro y a acariciar la tela de seda del batín que llevaba debajo del abrigo mientras yo recogía mis cosas.
Cabía preguntarse, y era una pregunta de lo más razonable, cómo había logrado meter un batín de seda entero dentro del pantalón.
Pues atención. Al parecer, había cortado la mitad inferior del batín para así poder disfrutar de «la comodidad de la alcoba en la calle».
O eso me contó. Lo llama su Recordatorio para Salir a Dar una Vuelta.
Resulta un tanto alarmante descubrir esta rareza tan simpática en mi primo.
Cualquiera que llame a algo su «Recordatorio para Salir a Dar una Vuelta» tiene que poseer una pizca de poesía en el alma.
Una pizca . La más mínima expresión. Porque el resto del alma de Archibald es de un gris hollín deprimente, estoy convencida.
Justo en el momento en que cerré mi diario, Archibald me preguntó:
—¿Qué es eso?
—Mi diario personal —respondí guardándolo rápidamente.
Archibald carraspeó un poco antes de decir:
—Matilde me habló acerca de esta obscena costumbre.
¿Obscena costumbre?
Tal acusación me hace desear releer mi diario por si acaso me he perdido algo maravilloso.
En Philosopher’s había un grupillo de clientes, zapatos en mano, que parecían estar simplemente ocupados con sus propios asuntos y trataban de mostrar la mayor naturalidad posible.
El señor Argyll fingía estar molesto ante tal afluencia de público —se recolocaba continuamente los anteojos, ordenaba y desordenaba su pelo canoso pasándose de forma repetitiva la mano por la cabeza—, aunque es de suponer que tanto movimiento es bueno para el negocio.
Cuando por fin llegó nuestro turno de ser atendidos, deposité mi par de botas en el mostrador y Archibald hizo su aportación con un par de zapatos usados, aunque en buen estado, que no necesitaban ningún tipo de arreglo.
El señor Argyll nos saludó con un gesto de asentimiento.
—¿En qué puedo ayudarles?
—Rápido, hombre, denos la pista —dijo Archibald subiendo excesivamente la voz.
—No tengo ni idea de a qué se refiere —repuso el señor Argyll en tono de desaprobación.
—Venga —continuó Archibald—. Aquí tiene botas y zapatos. No me haga perder el tiempo. Esto me parece un atraco a mano armada.
Y entonces fue cuando le di un codazo a mi primo y le dije entre dientes que quizá preferiría esperar fuera.
En cuanto Archibald desapareció, ofrecí la más dulce de mis sonrisas al señor Argyll.
—Un par de botas, necesitadas de un buen repaso. Y un par de zapatos, menos necesitados.
Con un nuevo gesto de asentimiento, el señor Argyll tomó nota de la información del pedido y luego me preguntó:
—¿Está usted por encima de toda sospecha, señorita?
Aquello era una pista, evidentemente. Pero no estaba segura de cómo responder.
Me decidí por mostrarme poco elocuente, quizá algo corta de entendimiento.
—Yo…, eh…, ¿qué?
El hombre parpadeó.
Repasé mentalmente el texto de la obra y respondí con las palabras de la esposa de César:
—Estoy por encima de toda sospecha para algunos, señor Argyll. Aunque me temo que otros lo pondrían en duda.
El movimiento afirmativo de su cabeza resultó casi imperceptible.
—Recoja sus botas mañana y tendré algo para usted.
Volvimos a casa. El primo Archibald, cuyo mal genio había evolucionado en lo que podría catalogarse como un ataque de histeria, pasó más de un cuarto de hora reprochándome a gritos que mi incompetencia iba a costarnos la primera pista, que era un crimen tener que esperar hasta mañana y que yo era una inútil.
Mi respuesta fue recordarle que, según los términos de nuestro acuerdo, tenía que mantener la boca cerrada.
Después de eso, desapareció escaleras arriba.
Me quedé allí pensando que, de ser una persona sensata, disolvería aquella absurda sociedad de inmediato.
En cuanto mi primo se retiró detrás de las puertas cerradas de la segunda planta, le dije a Agnes, que estaba en el pasillo retorciéndose las manos con nerviosismo:
—¿Ves, Agnes, lo Ilógico que es el señor Archibald Flat?
Frunció el entrecejo.
—Mi madre diría que está perturbado y necesitado de la intervención divina, señorita Lion. Pero no me gusta hablar mal de los vivos.
Acompañé mi sonrisa con una ceja arqueada.
—Eso suele reservarse para los muertos. ¿Qué pasa con ellos?
—Que no creo que les importe que alguien les suelte alguna insolencia de vez en cuando.
Quizá no, Agnes.