Una segunda oportunidad (Serie Costanzo nº 3) CAPÍTULO DIECINUEVE
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CAPÍTULO DIECINUEVE

MELINA

Melina se despierta a la mañana siguiente más o menos cuando llegan a Chicago.

Sale de la cabina del dormitorio y se dirige a su asiento.

Mientras observa a Thomas usar el teléfono, se pregunta si la reprenderá por haberse mostrado tan necesitada la noche anterior.

No era su intención. Simplemente necesitaba que alguien la acompañara después de la pesadilla.

Le sorprende que él la cuidara. Una parte de ella se preguntaba si todo había sido un sueño, porque era el Thomas que recordaba.

Como él no le dice nada, sonríe conforme pasan los minutos, convencida de que no está enfadado. Quizás las cosas le vayan bien mientras estén en Chicago.

Salen del avión en cuanto aterriza. Melina sonríe al respirar el aire fresco de Chicago, feliz de estar de vuelta.

Echaba de menos Estados Unidos. En Sicilia apenas salió de la finca, así que es agradable volver a estar en la ciudad.

De camino al coche que espera junto al jet privado, Melina le da las gracias a Leo por sujetarle la puerta.

Una vez acomodada en el asiento trasero, alguien le agarra la mano y tira de ella.

Al girarse, descubre que es Thomas. No se había dado cuenta de que había subido al coche.

—Solo voy a decir esto una vez. No intentes huir bajo ninguna circunstancia mientras estemos aquí. Si lo intentas y te encuentro... oh, Melina, desearás de verdad no haberme conocido nunca. ¿Entiendes? —le advierte Thomas con tono amenazador. Ella asiente y traga saliva con dificultad.

Como dijo en Sicilia, no tiene intención de huir porque estará perdida si él la encuentra.

Su objetivo mientras estén aquí es convencerlo de que no robó su dinero para que la deje libre.

¿Cómo va a conseguirlo? No tiene ni idea, pero confía en que se le ocurrirá algo.

Thomas le suelta la mano y se acomoda en su asiento.

Ella exhala un suspiro de alivio cuando el olor de su colonia se aleja.

Al acomodarse en su asiento, el estómago le empieza a rugir.

Se lleva la mano al vientre y le suplica que se calle.

Durmió casi todo el vuelo, así que no ha comido desde ayer.

Levanta la vista del estómago rugiente y mira a Thomas, esperando que no lo haya oído.

—Busca el sitio más cercano donde podamos comer, Dave.

—De acuerdo, señor —responde el conductor.

Ella sonríe y se relame. No ve el momento de llevarse algo a la boca.

***

Melina y Thomas entran en el restaurante, seguidos por los guardaespaldas.

Todas las miradas se vuelven hacia ellos al entrar.

Melina prefiere no imaginar lo que estarán pensando.

Seguro que la mayoría se pregunta qué hace ella con hombres tatuados de pies a cabeza; no es que tener tatuajes sea malo, pero todos sabemos cómo el mundo prejuzga a las personas con tatuajes como los suyos.

Y en este caso, tienen razón, porque son personas con las que no conviene meterse; si ella lo hubiera sabido, quizá no estaría aquí hoy.

Thomas es el único cuyos tatuajes no están a la vista, pero también es el más aterrador del grupo. Como hombre de negocios, se aseguró de hacérselos solo en zonas que la ropa pudiera cubrir.

Thomas y Melina se sientan en la primera mesa vacía que encuentran mientras los guardaespaldas se colocan a su alrededor.

Melina no entiende por qué hoy ha entrado en el restaurante con ellos.

Cuando salían juntos, Thomas nunca iba a restaurantes con sus guardaespaldas.

Debe de haber una razón para que lo haya hecho hoy.

Se le pasa por la cabeza preguntarle, pero sabe que es mejor no hacerlo.

Un camarero se acerca a su mesa, temblando, y les pregunta qué van a tomar.

Melina le sonríe con dulzura al joven para tranquilizarlo.

Debe de tenerle miedo a Thomas porque es un hombre peligroso, pero Thomas no es despiadado sin motivo.

Está segura de que el pobre chico cree que Thomas le hará daño si dice algo inapropiado.

Tartamudea incluso al tomarle nota. Ella pide fettuccine cremoso de calabaza y avellanas con champiñones salteados. Thomas no pide nada.

Melina mira por la ventana mientras espera la comida.

Han pasado meses desde la última vez que estuvo aquí para ver a su hermana.

Sabe que Franky debe de estar muy preocupada por ella.

Seguro que ya ha denunciado su desaparición a la policía.

Se gira hacia Thomas y se pregunta si la dejará visitar a Franky. Le haría muy feliz que lo hiciera.

Melina vuelve a la realidad al oír su nombre. Aparta la mirada de la ventana y ve que una antigua compañera de clase se acerca a su mesa.

—Melina, ¿por qué no me dejan acercarme a ti? —Los guardaespaldas impiden que Claire se acerque a la mesa.

—Es una antigua compañera de clase, Thomas.

—Dejadla pasar —ordena Thomas.

—Gracias. —Melina se levanta y sale al encuentro de Claire.

—¿Cómo estás? —pregunta Claire mientras la abraza.

—Estoy bien. ¿Y tú?

—Bien. ¿Qué tal James? Hace siglos que no os veo. —A Melina se le hiela la sangre. No puede creer que Claire haya mencionado a James. Espera que esto no le estropee el humor a Thomas. La ha estado tratando como a un ser humano estos dos últimos días, y espera que eso no cambie.

—Bien, supongo. Hace tiempo que no sé nada de James.

—¡Dios mío! No me digas que es verdad. —Claire debe de haberse enterado del divorcio.

—Por desgracia, sí.

—Qué pena; erais una pareja encantadora —se lamenta.

Los ojos de Melina se dirigen instintivamente hacia Thomas para ver cómo reacciona. Palidece al ver que se le ponen los nudillos blancos de apretar el puño. Esto pinta mal. Thomas se la va a hacer pagar cuando estén a solas.

—A veces, hasta las cosas más bonitas llegan a su fin —dice Melina con una sonrisa forzada. Espera que Claire no haya notado que por dentro está muerta de miedo. Las cosas solo empeorarían si Claire se diera cuenta y preguntara.

—Sí, es verdad, y espero que estés bien.

El divorcio puede ser muy duro. —Claire mira a Thomas, que tiene la atención puesta en el teléfono.

Melina se da cuenta de que le está mirando los tatuajes.

Lleva las mangas remangadas, así que están a la vista.

Seguro que se pregunta qué hace Melina con alguien como Thomas.

—Todo está bien.

—¿Segura? —La mira a los ojos como si buscara la respuesta en ellos.

—Sí, de verdad. —Melina espera que no sepa que lleva un tiempo desaparecida.

Franky debe de haberlo denunciado a la policía, pero espera que no haya llamado a Claire para preguntar por ella.

Claire no sería la primera persona a la que llamar, pero la última parada de Melina antes de Portland fue Los Ángeles.

Tendría sentido que Franky la llamara para preguntarle, pero eso solo complicaría las cosas.

—De acuerdo, si tú lo dices —responde mientras abre el bolso y saca una tarjeta—. Supongo que perdiste el teléfono, por eso no has llamado ni me has contestado. Llámame cuando quieras. Siempre estoy disponible para ayudar —añade entregándole la tarjeta de visita.

—Gracias, Claire —Melina le da un beso en cada mejilla a modo de despedida.

Cuando Melina vuelve a su asiento, Thomas coge la tarjeta y le prende fuego.

—No vas a necesitar ninguna puta ayuda —dice.

Los ojos de Melina se llenan de terror mientras observa arder la tarjeta—.

Si intentas pedirle ayuda para escapar, quemaré su negocio igual que acabo de quemar su tarjeta delante de ti.

No se te ocurra hacer ninguna estupidez, Melina.

A buen entendedor, pocas palabras bastan.

Melina asiente.

THOMAS

Han pasado algunos días desde que llegaron a Chicago.

Se alojan en el hotel de la familia de Thomas, aunque tienen una casa de la mafia en la ciudad.

Él pasa mucho tiempo fuera ocupándose de los mexicanos, y no se fía de que los soldados de la casa no intenten tirarse a Melina en su ausencia.

Thomas sale a la terraza de la suite para llamar a su hermano.

—Hola, hermano, ¿cómo va todo con los mexicanos? —pregunta Stefano al descolgar.

—Como era de esperar, jodido.

—Rafael va en serio a por nosotros, ¿eh?

Rafael es el capo de uno de los cárteles mexicanos más poderosos del mundo. También es quien está causando problemas a la mafia Costanzo. Tiene cuentas pendientes con Thomas.

—Sí —suspira Thomas, pasándose la mano por el pelo.

—Sabes que esto no habría pasado si no te hubieras follado a su mujer, ¿verdad?

—¿Cómo coño iba yo a saber que era su mujer? Estaba en nuestro club, joder.

Los cárteles mexicanos nunca pisan los clubes de los italianos. Llevan años enfrentados y tenían un pacto para no invadir el territorio del otro. Por desgracia, eso cambió la noche en que Thomas se acostó con la mujer de Rafael.

—Es verdad, ella no tenía nada que hacer en nuestro club, pero allí estaba esa noche. Si no fuera porque te conozco, diría que Rafael la envió para seducirte.

—No me extrañaría nada de ese hijo de puta. Me odiaba y necesitaba una excusa para declararnos la guerra.

Rafael odia a Thomas porque lo considera un creído.

Rafael no se casó con su exmujer por amor, sino para heredar el cártel del padre de ella.

Que la enviara a acostarse con otro no sería ninguna sorpresa, dado que ni siquiera le gustaba.

Seguramente nunca la tocó durante el matrimonio, y la muy zorra estaba tan desesperada por que le echaran un polvo que aceptó hacer lo que Rafael le pidió.

Thomas, siempre calentorro, no tenía ni idea y cayó de lleno en la trampa.

—Eso también es verdad, pero ahora da igual. Tenemos que pararles los pies cuanto antes.

—No te preocupes, lo haré.

—Bien, nos vemos cuando vuelvas —dice Stefano antes de colgar.

Thomas vuelve a la suite para trabajar un rato antes de acostarse.