Una segunda oportunidad (Serie Costanzo nº 3) CAPÍTULO VEINTE
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CAPÍTULO VEINTE

MELINA

Melina sale de su habitación y va a la sala de estar a ver la tele mientras espera que le traigan el almuerzo.

Está disfrutando de su estancia en el hotel Costanzo, ya que Thomas le permite comer lo que quiera y ver la televisión todo lo que le apetezca.

Es mucho privilegio para alguien en su situación.

Se sienta en el sofá de la zona de estar de la suite, coge el mando y enciende la televisión.

Cambia de canal buscando algo interesante que ver.

A Melina le encantan las películas antiguas porque cree que el esfuerzo invertido en producirlas las hace geniales incluso sin toda la tecnología disponible hoy en día.

Se decide por un programa de cocina, ya que no hay ni películas antiguas ni series de investigación; también le gusta darse algún maratón de vez en cuando.

Alguien entra en la habitación e interrumpe su tranquilidad.

—No puedo creer que te haya traído con él —dice Kimberly desde detrás de Melina. Esta se da la vuelta y la ve de pie frente a la puerta del estudio. Melina no la ha visto en semanas. Se pregunta dónde habrá estado todo este tiempo o cuándo llegó.

—Kim, hola. ¿Cómo estás? —Melina se levanta del sofá y se gira para mirarla. Kimberly viste diferente hoy. Lleva pantalones a juego con una chaqueta de traje y tacones negros. No lleva los labios pintados de rojo, pero sí un brillo rosa, y el pelo recogido en una coleta tirante.

—No me hables como si fuéramos amigas, joder —le gruñe Kim.

—De acuerdo. —No está segura de en qué momento le habló como si fueran amigas, así que decide no volver a dirigirle la palabra. Le tiene miedo a Kimberly y no quiere enfurecerla.

—Debería haberte matado hace mucho tiempo. —Kimberly se acerca a Melina junto al sofá—. No sé por qué todavía te mantiene con vida. —La fulmina con la mirada.

Melina tampoco lo sabe, pero no se lo dice. Con gente como ella, es mejor quedarse callada y dejarla hablar.

—¿Por qué no dices nada? —sisea, agarrándola del cuello de la camisa y atrayéndola hacia sí. El odio le baila en los ojos mientras la mira fijamente.

—No sé qué decirte —responde Melina con sinceridad.

Kimberly le roza la cara con sus largas uñas negras, bien cuidadas y pintadas.

Melina traga saliva mientras se las arrastra por la mejilla.

—Debería haberte destrozado esta carita ese día.

—Un sudor frío le brota en la frente mientras Kimberly le clava las uñas en la mejilla, a punto de sacarle sangre.

—Veo que hoy no estás suplicando ayuda. Debes de saber que, por mucho que quiera destrozarte la cara, él no me dejará.

Melina permanece en silencio porque sabe que darle la razón solo empeorará las cosas, aunque tampoco cree que callarse sea la mejor idea.

Kimberly le abofetea la mejilla izquierda con tanta fuerza que el pelo le golpea la cara.

La marca de una mano empieza a formarse en su mejilla, que arde y se enrojece.

A Melina se le escapa un gemido mientras se toca la mejilla ardiente.

La invade una rabia sorda al darse cuenta de que le arde la cara porque Kimberly tiene envidia de su belleza.

¿Acaso es culpa mía ser más guapa que tú?

Desea decir algo, pero se muerde la lengua.

Sabe que es mejor no hacerlo. Respira hondo tres veces antes de encarar a Kimberly.

—Por favor, no vuelvas a abofetearme.

—¿Qué acabas de decirme?

—Por favor, no vuelvas a pegarme. —Melina cierra las manos en puños apretados, que le tiemblan con las ganas de devolverle la bofetada a Kimberly.

—Sei una troia del cazzo. —Le abofetea la mejilla derecha con más fuerza que la izquierda.

Esa pequeña rabia crece y se extiende hasta lo más profundo de su ser. Le hierve la sangre de furia y odio hacia Kimberly. Sin pensarlo, Melina levanta la mano derecha y le cruza la cara.

Kimberly jadea ante lo que Melina acaba de hacer, pero esta no espera a que su cerebro procese lo que está pasando antes de darle otra bofetada, y otra más. Tres en total. Está harta de que la odie por su belleza. Por el amor de Dios, tiene que madurar de una vez.

—¡Me has abofeteado! —grita Kimberly, sujetándose la cara magullada. Melina incluso le ha partido el labio. Bien, se merece algo mucho peor.

Las uñas de bruja de Kimberly se lanzan hacia Melina para destrozarle la cara, pero esta retrocede. Sin embargo, no es eso lo que detiene a Kimberly. Thomas la agarra por la cintura y la aleja de Melina.

—¿Qué cojones pasa aquí? —les grita Thomas a las dos.

Las dos mujeres se miran fijamente, matándose con los ojos. Melina abre la boca para explicarse, pero Kimberly se le adelanta con sus lágrimas de cocodrilo. Estoy jodida.

—Me ha abofeteado, Thomas —se queja Kimberly como una niña. Melina la mira asombrada de que vaya a jugar esa carta ahora.

—¿Que hiciste qué? —grita Thomas, mirando a Melina con las cejas arqueadas.

El miedo se apodera de Melina al darse cuenta de que devolverle la bofetada a Kimberly quizá no haya sido la mejor idea.

—Ella me abofeteó primero. —Melina intenta defenderse. Sabe que no servirá de nada, pero tiene que intentarlo.

—¿Y eso te hace pensar que tienes el puto derecho de devolverle el golpe?

Mientras sus palabras calan en el cerebro de Melina, una bala perdida le atraviesa el corazón. Nunca se ha sentido más traicionada por Thomas que en este momento. Sabe que no debería esperar que él se ponga de su parte, pero eso no hace que duela menos.

—No, no me da derecho. —Se le llenan los ojos de lágrimas.

—Discúlpate con ella.

—¿Qué? —Melina sabe que él no se pondrá de su parte, pero esto es demasiado. El corazón se le rompe un millón de veces más. No puede creer que le haga esto.

—Discúlpate con ella, joder. —Las lágrimas le resbalan por las mejillas. Melina se estremece cuando él grita.

—Lo siento.

—Repítelo, perra —gruñe Kimberly, agarrándola del pelo y tirando con fuerza. El cuero cabelludo de Melina arde, pero ella no lo siente. El corazón le dolía demasiado como para sentir dolor físico alguno.

—Lo siento.

—Arrodíllate y suplica perdón —sisea Kimberly. Melina abre los ojos de par en par. Mira a Thomas, preguntándose si de verdad la obligaría a hacer eso.

—He dicho que te arrodilles, joder. —La empuja al suelo y las rodillas de Melina ceden.

Melina no aparta la mirada de Thomas; lo mira fijamente. No puede creer que esto esté sucediendo.

—Discúlpate y suplícame perdón —dice Kimberly, pero Melina la ignora.

—Estoy hablando contigo, joder —dice, agarrándole la cara y obligándola a mirarla.

—Lo sien... —Melina se interrumpe cuando Thomas hace algo inesperado.

—Oh, vaffanculo. —Thomas se agacha y levanta a Melina del suelo.

—Thomas —dicen ambas mujeres, sorprendidas por lo que acaba de hacer. Melina mira a Kimberly, cuyo rostro muestra la misma expresión de asombro, pero solo durante unos segundos antes de enrojecer de ira. Kimberly se vuelve hacia Thomas e ignora a Melina de momento.

THOMAS

—La stai proteggendo di nuovo —dice Kimberly con los dientes apretados.

—No non sono —gruñe Thomas.

—Entonces, ¿cómo llamas a lo que estás haciendo? —Continúan hablando en italiano.

—Te estoy salvando de avergonzarte más.

—¿Avergonzarme? ¿Me estás tomando el pelo?

—No, sigues avergonzándote con tu obsesión por su belleza.

El rostro de Kimberly palidece ante las palabras de Thomas. Se acerca a él con los ojos llenos de lágrimas y le clava el dedo en el pecho:

—Si alguien está obsesionado con su belleza, eres tú. El hombre que sigue enamorado de ella aunque le rompió el corazón.

—Kimberly —gruñe Thomas, cerrando los puños.

—¿Qué? ¿Acaso miento? Sigues enamorado de ella. Si no, ¿por qué no está muerta?

—Cierra tu maldita boca o te la cierro yo.

—Ahora quieres callarme porque estoy diciendo la verdad —dice Kimberly con una risa fingida.

—Si me callas, solo confirmarás que lo que digo es verdad, Thomas.

—¡Fuera!

—¿Qué?

—Vuelve a Italia. Ya no te necesito aquí.

—No puedes hablar en serio —dice Kimberly, mirándolo con incredulidad.

—Leo —llama Thomas, y este entra en la habitación.

—Dile al conductor que prepare el coche. Llevará a Kim al aeropuerto en una hora.

—De acuerdo, señor.

—¿En una hora? ¿Me estás tomando el pelo?

—No. Te sugiero que vuelvas a tu habitación y empieces a hacer las maletas. —Thomas se da la vuelta, toma la mano de Melina y se aleja de Kim.

—Vaya, ¡todo por culpa de esta perra!

—Adiós, Kimberly —dice Thomas mientras entra en su habitación. Señala la cama a Melina.

—Siéntate.

—¿Puedes decirme qué decían? —pregunta Melina.

—No —dice Thomas, agachándose frente a ella.

—¿Te duele? —pregunta, mirando la mejilla magullada. No sabía por qué, pero no le sentaba nada bien ver su piel de porcelana amoratada.

—No. —Él levanta la mano y le toca la mejilla; Melina hace una mueca.

—Se te da fatal mentir. Te traeré algo para eso.

—Gracias.

—Si de verdad estás agradecida, mantente alejada de Kimberly. —Camina hacia la puerta para salir.

—Lo haré —dice Melina antes de que salga.