Una segunda oportunidad (Serie Costanzo nº 3) CAPÍTULO DIECIOCHO
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CAPÍTULO DIECIOCHO

—¿En qué estás pensando? —pregunta Thomas desde el sillón de enfrente, con un vaso de whisky en la mano.

—En nada.

—¿Estás pensando en él? —pregunta antes de dar un sorbo a su bebida. Melina no necesita que diga el nombre para saber a quién se refiere.

—No —responde, preguntándose por qué lo pregunta.

—Deberías aprender a mentir mejor.

—Lo siento —dice, esperando que no le dé demasiada importancia.

—¿Cómo os conocisteis? ¿Acaba de preguntarme eso? —Cuéntame —dice, dando otro sorbo a su bebida—. Quiero saberlo todo, ya que volvemos adonde empezó todo. Erais novios del instituto, ¿verdad? —Se recuesta en el asiento, impaciente por escucharla.

—Sí. —A Melina no le gusta que sienta tanta curiosidad por cómo se conocieron ella y James. Cualquier cosa que diga podría alterarlo, y en el avión no tiene adónde huir.

—Os enamorasteis cuando teníais dieciséis años y os casasteis nada más terminar el instituto. ¿Correcto?

—Sí. Si ya lo sabe, ¿por qué pregunta?

—Vaya, eso fueron... ¿seis años juntos?

—Sí.

—Supongo que te prostituyó durante esos seis años. —Thomas aprieta el vaso con fuerza. Melina siente que una bala le atraviesa el corazón. Le duele que Thomas la llame prostituta.

—No.

—¡No! —exclama, fingiendo sorpresa.

—Empezamos a estafar a la gente cuando cumplimos diecinueve —explica Melina—, y luego él empezó a expresarse más con los puños.

—Bien —dice, apurando el resto de la bebida y dejando el vaso en su soporte. Clava la mirada en Melina—. Durante ese tiempo, ¿te enamoraste de alguno de los hombres a los que te prostituyó?

—Sí —responde Melina, sosteniéndole la mirada.

—¿Cuántos? —pregunta, cerrando el puño con fuerza. Melina está segura de que, si aún tuviera el vaso en la mano, se habría hecho añicos, a juzgar por lo blancos que tiene los nudillos.

—Solo uno.

—Solo uno —dice con una risa forzada—. Déjame adivinar: James.

—No, a él no lo estafé.

—Entonces, ¿quién?

—Tú.

Thomas se queda paralizado en el asiento. Se nota que no esperaba que dijera eso.

—¿Me amabas? —pregunta con una risa seca.

—Sí, te amé. —Las lágrimas le escuecen en los ojos. Se da cuenta de que esta conversación está destrozando a Thomas. No entiende por qué ha decidido sacar el tema.

—Tienes una forma muy curiosa de demostrarlo, Melina.

—Lo sé —admite, sorbiéndose la nariz y parpadeando para contener las lágrimas.

—¿Sabes que fuiste la primera mujer de la que me enamoré?

Las lágrimas se le escapan. No puede creer lo que acaba de oír. Empieza a preguntarse cuántos vasos habrá bebido desde que despegaron, porque Thomas jamás se abriría así.

Continúa:

—Crecer en una familia de la mafia me hizo desconfiar de la gente, así que casi nunca salía con nadie. Hasta que llegaste tú, solo me acostaba con mujeres y nunca les entregaba mi corazón. —Melina percibe el dolor en su voz. No tenía ni idea de nada de esto.

—Lo siento. —Más lágrimas le corren por las mejillas. No puede imaginar el dolor que debió de sentir cuando lo traicionó. Debe de pensar que la primera mujer a la que le entregó su corazón nunca lo correspondió.

—Había algo en ti que atrajo hacia ti este corazón de hielo. ¿Qué coño era? Ni idea.

—No sé qué decir —responde Melina, y lo dice de verdad; se ha quedado sin palabras. Todo lo que dice la pilla desprevenida.

—No digas nada; lo hecho, hecho está —dice mientras se levanta—. Los hombres de la mafia como yo ni siquiera deberíamos saber qué significa esa palabra ni cómo se siente —añade mientras se aleja.

Al oír eso, a Melina se le encoge el corazón. Comprende que, si Thomas no vuelve a enamorarse jamás, será culpa suya. Las lágrimas le caen por las mejillas como una cascada. Nunca quiso hacerle esto. Se siente fatal.

Melina llora hasta quedarse dormida. El corazón le sangra por lo que le hizo a Thomas.

THOMAS

Thomas se despierta sobresaltado al oír a alguien gemir de dolor.

Mira a su alrededor en el avión, buscando el origen del sonido.

Ve a Melina dormida en el asiento, empapada en sudor y con el rostro crispado de dolor.

Se pregunta por qué no fue a dormir al dormitorio.

Se acerca más y observa que mueve los labios.

Acerca el oído a su boca para escuchar lo que dice.

—Por favor, déjame en paz, Matteo; yo no le dije a Thomas que te castrara —dice Melina, apretando el puño. Thomas comprende de inmediato que está soñando con lo que pasó y empieza a despertarla.

—Melina, abre los ojos —dice con suavidad, tocándole el hombro con cuidado.

—No, por favor, para. Por favor, no me violes —grita Melina, sobresaltando a Thomas. Presa del pánico, le sacude los hombros con fuerza mientras grita su nombre.

—¡Abre los malditos ojos!

—¡No! —grita ella aún más fuerte, revolviéndose en el asiento.

—¡Melina! —grita Thomas, sujetándola para que deje de moverse.

—Thomas —llama Melina, con los ojos aún cerrados.

—Sí, soy yo. Estoy aquí.

—Has venido a salvarme.

Thomas percibe la esperanza en su voz, y el hielo que rodea su corazón empieza a resquebrajarse. No puede creer que su voz despierte esperanza en Melina.

—Sí, he venido; abre los ojos, Melina —dice, acariciándole suavemente el cabello para calmarla. Los ojos de Melina se abren despacio, con un leve aleteo.

—Thomas —solloza, mientras las lágrimas le anegan los ojos.

—Sí.

—Por favor, no me dejes —dice Melina mientras le rodea el cuello con los brazos.

Thomas abre los ojos de par en par ante el atrevido gesto de Melina.

Su cuerpo se tensa, embriagado por el aroma de ella.

No puede creer que, aunque la odia, su aroma siga siendo lo más jodidamente dulce que haya olido jamás.

Intenta alejarse, pero se detiene al sentir las lágrimas de ella en su hombro.

Decide pasar la noche con ella. Se lo merece después de lo que pasó ayer.

La levanta de la silla y le coloca las piernas alrededor de su cintura, llevándola al dormitorio del avión. Se acerca a la cama e intenta acostarla, pero ella se niega a soltarlo.

—Melina, tienes que soltarme para que puedas quitarte la ropa y ducharte.

Ella niega con la cabeza y le aprieta los brazos alrededor del cuello. Debe de seguir bastante afectada por la pesadilla.

Thomas decide llevarla así hasta el baño.

Entran en la ducha con la ropa puesta. Melina no lo suelta.

Thomas intenta de nuevo bajarla, y esta vez Melina se lo permite, pero permanece cerca de él.

Le quita la camisa con suavidad, pasándosela por la cabeza, y le baja los pantalones.

Verla medio desnuda le endurece la polla dentro de los pantalones.

Ignorando la erección, continúa quitándole la ropa interior antes de quitarse la suya.

Le limpia el cuerpo con el pequeño frasco de gel de ducha y le lava el cabello con champú.

Thomas la mira y se pregunta cómo lo estará llevando.

Lo que pasó fue una pesadilla, y eso sin contar que él fingió casi violarla hace dos semanas.

Pero sería un error creer que a Thomas le importa Melina.

Es humano, joder. Cualquiera que hubiera presenciado lo que él presenció ayer habría hecho lo mismo.

La sangre le hierve solo de pensar en lo que esos hombres casi le hicieron.

Thomas incluso piensa que la muerte de esos tipos fue demasiado fácil por haber tocado a su Melina.

Se limpia cuando termina con ella y hace ademán de salir a buscar toallas, pero Melina le agarra el brazo.

—Voy a buscar toallas. No tardaré más de un minuto —le asegura Thomas con suavidad.

—De acuerdo —dice ella, en apenas un susurro. Thomas nota que no se ha recuperado del todo. Sale del baño y regresa con dos toallas.

Seca el cuerpo de Melina antes que el suyo y la lleva de vuelta al dormitorio con ella pegada a sus caderas. La ayuda a ponerse la ropa interior y el pijama antes de arroparla en la cama. Melina, por supuesto, no lo suelta y lo obliga a sentarse en la silla junto a la cama.

Mientras la observa quedarse dormida, Thomas se da cuenta de que sus demonios no hicieron ningún intento de regodearse en su miseria.

No estaban por ningún lado. Es como si hubieran desaparecido.

No volvió a sentir ni una pizca de ira hacia ella.

No le gusta. Joder, no le gusta nada, y tendrá que arreglarlo mañana porque nada ha cambiado.