Capítulo 18 #3
James lo miró fijamente. No podía describir la seguridad que sentía al sentirse vulnerable. Su alma brillaba en paz con el agradable dolor de su trasero, el vestido pegado a su cuerpo, la certeza de que no tenía que ir a ningún sitio ni hacer nada. Que podía quedarse allí y Harold le cuidaría.
Harold levantó otra cosa que había traído del estudio: una pluma nueva, cuya punta aún no se había mojado en tinta y cuya plumilla aún no se había desgastado.
Se acercó, se sentó en la cama y dejó la pluma a su lado.
Desenredó el collar de James de su cabello y alisó el corpiño del vestido sobre su pecho.
—No tienes que volver todavía —murmuró Harold—. Solo necesito saber que aún puedes decirme que pare.
—Para —dijo James con voz ronca.
Él se rio.
—No nos sirve de mucho, amor. Habrás gritado eso cien veces antes de que termine contigo. —La cuerda crujió cuando James movió los dedos y levantó dos de ellos, en el símbolo nacional de «que te den»—. Mejor. —Harold sonrió.
—No voy a decir que pares —le informó James.
—¿No?
James negó con la cabeza.
—Tú prefieres que te suplique por más.
—Bueno, debo admitir que sería un sonido muy agradable. —Le recorrió la clavícula con un dedo—. Solo ten en cuenta que no te correrás hasta que yo te lo permita. Por mucho que me lo supliques.
—No suplicaré.
—Ya lo veremos, preciosa.
—¿Me amas? —susurró James.
—Desde el día en que te vi por primera vez.
James asintió.
—Yo también a ti. Siempre.
La palma de Harold se deslizó por el corpiño de James, sobre su vientre, entre sus piernas. Acarició el contorno del pene de James a través de la muselina.
—Mi buena chica. De verdad que voy a hacerte suplicar.
Le levantó las faldas, las subió alrededor de su cintura para dejar al descubierto su parte inferior, de modo que el montículo de tela le impidiera ver lo que Harold hacía.
James suspiró cuando le frotó el interior de cada muslo, provocándole hasta la base de su pene.
Se retorció, moviendo las caderas, pero Harold solo le acarició un parche de vello con un dedo, sin llegar a tocar nunca donde James necesitaba que lo hiciera.
James emitió un pequeño sonido de frustración. No suplicaría. No suplicaría, no suplicaría…
Una sensación aguda en la parte interna de su muslo derecho le hizo jadear.
Harold había clavado la punta de la pluma en la suave y tierna carne.
—Oh… —James abrió más las piernas mientras Harold le recorría el muslo con la punta, con tanta suavidad que al principio le hacía cosquillas, pero luego aumentó la presión lo suficiente como para dejarle un arañazo.
Después volvió a recorrer el mismo camino con la punta de la pluma, y James arqueó la espalda, se tensó contra las cuerdas.
Harold se tomó su tiempo, dejó largos y palpitantes arañazos en sus piernas y, después, los calmó con caricias de la pluma.
Acarició con esta el pene de arriba abajo; dejó pequeños puntos doloridos con la punta en el vientre y escribió su nombre como una marca en la piel.
James se retorció, pero no podía ir a ninguna parte, y pronto comenzó a empujar con las caderas, gimiendo tan lastimosamente que no sabía cómo Harold podía resistirse.
Harold se puso a cuatro patas en la cama, y su peso hizo que el armazón crujiera.
Besó a James por encima del escote del vestido, con la cara sin afeitar rozando la piel sensible en un delicioso contrapunto al roce de la pluma a lo largo del muslo.
Le besó el borde de la oreja y presionó con muchísima suavidad la punta contra el costado del pene. James gritó y trató de apartarse, pero las ataduras le mantuvieron inmóvil. Harold apretó la punta allí, como una navaja en la garganta de un rehén.
Lentamente, muy lentamente, arrastró la punta hacia arriba, hasta llegar a la cabeza del pene erecto de James.
Volvió a clavarla apenas. James tensó los brazos contra las ataduras.
Jadeaba, quería girar las caderas, pero sabía que solo se haría daño.
Mientras la pluma estuviera presionada allí, el dolor resonaría en cada nervio de su cuerpo, y el miedo a que Harold presionara más fuerte le mantenía la garganta demasiado tensa como para suplicar. Entonces, por suerte, retiró la punta.
Y repitió el movimiento en el otro lado de su miembro.
James no reconocía los ruidos que hacía.
Tenía unas ganas desesperadas de suplicar, de maldecir —a la mierda con tener la boca cerrada, y a la mierda con portarse bien—, pero se mordió la lengua para evitar que las palabras se le escaparan.
Durante un rato, la punta presionó en varios puntos de sus testículos y en la delicada piel detrás.
Se clavaba como el aguijón de una avispa en cualquier parte del trasero magullado de James a la que Harold pudiera llegar. Y, aun así, no suplicó. No protestó.
Temblaba mientras Harold usaba la pluma para limpiar las gotas de líquido que rodaban por su pene. Se encontró con la mirada de Harold y vio el amor que había en ella, la admiración. Pasó la pluma humedecida por la mejilla de James, le mordisqueó la oreja antes de susurrarle:
—¿Te gustaría correrte, mi pequeña?
James, que temblaba por el esfuerzo de estar inmóvil y tenía el cuerpo húmedo por el sudor, podría haberse desmayado de alivio.
—Si eso le complace, señor —susurró en respuesta.
Harold le besó la frente.
—Eres tan buena, tan obediente… Y nada me complacería más.
Se puso de pie. James lo observó aturdido y fascinado mientras se quitaba la ropa y volvía a subirse a la cama, ya desnudo, con el pene tan rígido como el suyo.
Harold se inclinó sobre James, apoyando la mayor parte de su peso en los antebrazos.
Besó a James, le rozó con la lengua los labios hasta que este se abrió a él.
El beso se volvió imprudente, desordenado, las lenguas se entrelazaron, el gemido de placer de Harold vibró a través del cuerpo.
La cama protestó cuando James tiró de las ataduras, necesitaba tocar a Harold, necesitaba que no hubiera ningún espacio entre ellos.
Harold comenzó a frotar su pene contra el de James, que suplicó, las palabras perdidas en la boca de Harold, una serie de ruegos y maldiciones que le habrían valido otra azotaina si Harold hubiera podido oír con precisión lo que decía.
James casi entró en pánico cuando el placer aumentó y aumentó y no tuvo forma de controlar su intensidad.
Pero el peso de Harold inmovilizó su cuerpo, y su suave voz acalló su boca.
Un momento después, su semilla fluyó cálida y pegajosa entre ellos y la confusión de sensaciones disminuyó.
James yacía sin fuerzas sobre el colchón, había sido tan satisfactorio como cualquiera de las conquistas de Slyfeel.
No recordaba que Harold le desatara las cuerdas.
Ni que le hubiera quitado el vestido y el corsé.
Lo siguiente que supo fue que volvía a la cama y que los brazos de Harold le rodeaban con tanta fuerza que apenas podía respirar.
También era consciente de los pequeños dolores en su carne y del recuerdo de un placer tan intenso que le había robado las fuerzas del cuerpo.
De estar en el único lugar donde se sentía de verdad a salvo, el único lugar donde nunca tenía que fingir.
De amar y que le devolviera ese amor con tal fuerza que no podía hacer nada más que dejarse llevar por ese sentimiento.
Se acurrucó más cerca, aunque era imposible, ya que estaban piel con piel.
Apretó una de las piernas entre las suyas.
Intentó decirle sin palabras que no había ningún otro lugar en el mundo en el que prefiriera estar.
H arold se despertó poco antes del amanecer en una cama vacía y con un ruido metálico en la cocina.
Cuando se alzó, la cocina estaba vacía, aunque la puerta que daba al exterior se encontraba entreabierta, y James estaba en su estudio, arrodillado en camisón frente a la chimenea, atendiendo el fuego.
La gata naranja estaba sentada a su lado y observaba las pequeñas llamas; salvo por un movimiento de su cola, no prestó ninguna atención a la llegada de Harold.
Una tabla del suelo crujió cuando entró en la habitación y James se volvió.
—¡Oh!
—Me he despertado y no estabas allí —dijo Harold, consciente de que sonaba menos como un amo severo y más como un niño malhumorado.
—Se me ha ocurrido una idea maravillosa para Ada —explicó James—, así que he pensado que debía escribirla antes de que se me olvidara. Cuando he ido a por un poco de té, la gata ha maullado tan triste que he tenido que dejarla entrar.
La gata se giró y parpadeó.
Harold miró el libro encuadernado en cuero que había sobre el escritorio de James, con la tinta y el papel secante ya preparados junto a él.
—¿Qué hora es?
—Casi las cuatro. —James parecía un poco avergonzado—. No pensaba que te despertarías. Lo siento.
A veces, James estaba tan absorto en una idea que le resultaba imposible dormir hasta que pudiera plasmarla en el papel, como si fuera a expulsar un espíritu inquieto de su mente.
No había tenido un episodio así desde la muerte de Frederick, así que Harold decidió guardarse sus preocupaciones solo por esa vez.
Se alegró de que, al fin y al cabo, la musa de James no lo hubiera abandonado, aunque hubiera decidido reaparecer a una hora tan inoportuna.
Harold se sentó junto a él, frente a la chimenea, y lo abrazó.
James se recostó contra su pecho y juntos contemplaron el fuego.
La gata se acercó, y James le acarició el lomo con los dedos.
Ella ronroneó, un sonido fuerte y vibrante, mucho mayor de lo que su pequeño cuerpo debería ser capaz de producir.
—¿Y si no quiero volver a Londres? —preguntó James al cabo de un rato.
Harold sintió una punzada de culpa.
—Deberías hacer lo que te haga feliz. Deja de hacerme tanto caso.