Una salida para Stratford (El club Bucknall 6) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Harold cogió las tijeras y cortó un trozo de cuerda.

James resistió el impulso de enderezarse, de darse la vuelta, de intentar ver qué pretendía.

Harold dejó las tijeras en el sofá y le frotó la espalda.

James se arqueó ligeramente para seguir la mano; Harold no le regañó, así que James se apretó más contra su tacto hasta que Harold se rio y arrastró las yemas de los dedos por la parte trasera del vestido, lo que hizo que James se estremeciera.

Levantó uno de los brazos hacia atrás y le ató la cuerda alrededor de la muñeca.

Colocó esa mano en la parte baja de la espalda, y James suspiró al sentir la suave muselina contra su mano.

Luego le empujó para que sus rodillas quedaran sobre el sofá y su barbilla descansara sobre el respaldo.

La mirada de James se desenfocó, y trató de seguir los movimientos de Harold.

Parecía inseguro, pero no ansioso. Tomó la otra mano y la llevó a la parte baja de su espalda, enrolló la cuerda hasta que las muñecas de James quedaron bien atadas de modo que solo le quedaba el mentón para mantener el equilibrio si quería permanecer en esa posición.

Su corazón latía con fuerza por la emoción.

Sus piernas ya estaban algo cansadas y le encantaba la idea de intentar permanecer en esa posición durante lo que Harold tuviera planeado.

Había una parte que ansiaba luchar y que le obligara a someterse.

Pero esa noche, esa noche quería ser la dulce chica de Harold, quería obedecer.

Nunca se había sentido tan bien como con ese vestido, en esa posición.

Y la sensación de ser tan deseable, tan irresistible, le generaba tranquilidad al saber que podría hacer cualquier cosa que Harold le pidiera.

Una vez más, Harold le acarició el trasero, recogió y soltó puñados de muselina, agarrándole ocasionalmente la carne a través de la tela y retorciéndola hasta que James gimió.

—¿Tendré que amordazarte para que te calles mientras te azoto? —preguntó.

El corazón de James dio un vuelco y no supo si temía o ansiaba tal cosa. Podía sentir la mirada de Harold, así que negó con la cabeza.

—No, no lo creo —continuó Harold con suavidad—. Te estás portando muy bien. —Le acarició la mejilla y la nuca. Después, se inclinó y lamió el cierre del collar, haciendo que James jadease. Pensaba que su polla nunca había estado tan dura ni tan pesada.

—Quiero recordarte quién es el amo, mi señora —susurró él contra su piel—. Quiero convertirte en mi puta obediente.

James jadeaba, con la madera del respaldo del sofá clavándose con fuerza en la parte inferior de su barbilla.

Harold cogió la correa de cuero y James sintió un vuelco en el estómago.

¿Y si no era capaz de hacerlo? ¿Y si no podía convertir el dolor en algo más suave y cálido, en ese placer visceral que ansiaba, en el recordatorio de que era el objeto de su amor?

¿Y si había olvidado cómo hacerlo? Recordó los agudos estallidos de agonía cuando el puño de Frederick le había golpeado la nariz y la mandíbula.

Recordó el cristal rompiéndose contra el cráneo de Paar.

—¿Harold? —Ni siquiera sabía si podría oír su apocada voz.

—¿Sí, amor?

No quería que él se detuviera; no quería que se preocupara ni que lo tratara con delicadeza.

Pero de repente le pareció algo extraordinario renunciar voluntariamente al control.

No recordaba cómo lo había logrado tantas veces en el pasado.

Apretó los ojos, confundido por sus propios deseos.

Flexionó la mano derecha atada, buscando, y pronto la mano de Harold se cerró sobre la suya, y el pulgar de Harold le frotó los nudillos.

—Estoy bien —susurró después de poco.

Harold le sostuvo la mano un instante más, la soltó y le dio una palmadita en la cadera.

—Buena chica —susurró, y el elogio le proporcionó a James la calidez que buscaba y ahuyentó los recuerdos desagradables.

Harold volvió a dejar a un lado la correa y su amplia palma se estrelló contra el trasero de James, que gruñó.

Unos cuantos golpes más firmes y constantes, y una pausa para frotar, difuminando el escozor.

Empujó la falda y la camisa entre las piernas para acariciar su polla a través de la tela.

Llegó otra serie de golpes, cada vez más fuertes; James tiró de las ataduras de sus muñecas en un intento instintivo de resistirse.

Harold acarició su cuerpo durante más tiempo esa vez, llevó a James casi al punto de correrse, y luego se retiró con una crueldad inhumana.

El gemido de frustración de James le provocó una risita, y James sintió cómo el placer se extendía por su cuerpo al recordar su propia impotencia.

Cuando levantó la correa, James arqueó la espalda, sacó más el trasero y se mordió el labio para evitar suplicar que le azotara.

El primer chasquido del cuero hizo más ruido que daño.

Los dos golpes siguientes le hicieron abrir un poco más las rodillas para no golpearse la barbilla contra el sofá.

Pronto la correa azotaba la parte trasera de su falda a un ritmo constante, y James gemía y trataba de no mover las caderas.

La piedra del collar se balanceaba como un péndulo, y James respiraba con dificultad, curvaba los dedos detrás de la espalda y rogaba a Dios poder frotar su polla contra algo, cualquier cosa.

Harold se inclinó y levantó el dobladillo del vestido.

—No… —susurró James.

Harold levantó la prenda muy despacio, colocó la falda sobre la espalda de James y cubrió sus manos atadas. Hizo lo mismo con la camisa, hasta que el culo de James quedó al descubierto.

—¿Qué es esto? —preguntó Harold, al pasar una mano entre las piernas, apretarle los testículos antes de recorrer con el puño el pene de James, untando el líquido de su punta—. Estás chorreando, querida. Cualquier persona pensaría que has disfrutado con los azotes.

El rubor de James se extendió desde la raíz del cabello hasta el pecho. Sin embargo, la humillación no le impidió intentar empujar la mano de Harold.

—Mmm —le regañó él—. No seas codiciosa. —Apretó hasta que James gimió, soltó su pene y volvió a colocarse en posición, dio golpecitos con la correa contra el culo de James para apuntar en el blanco.

El golpe del cuero contra la piel desnuda le escoció con tanta intensidad que lo sintió en la garganta.

Tiró de sus ataduras, quiso deslizar las manos hacia abajo para protegerse, pero se encontró sin otra opción que soportar cada golpe.

Harold dio un paso adelante y sujetó su tembloroso cuerpo con un brazo alrededor de la cintura mientras los golpes se hacían más fuertes, y oh, eso era el cielo, el tacto de Harold y el implacable escozor, la sensación de seguridad y temor al mismo tiempo.

Se perdió en la sensación, una familiar neblina se apoderó de su mente, hasta que no fue consciente de nada más que de Harold.

Dio un respingo cuando le azotó los muslos y se golpeó la barbilla con el respaldo del sofá.

Harold se puso a su lado de inmediato, olvidando los azotes, le sujetó la mandíbula y le ayudó a incorporarse.

—¿Estás bien? —preguntó.

James se rio, con una risa burbujeante. No sabía si podría articular palabra; solo miraba a los ojos de Harold, y reía en ráfagas cortas y suaves.

Harold también sonrió y le acarició con el pulgar la barbilla.

—Ah, Jimmy. No quiero que te hagas daño.

—Lo dijo en voz baja, con gran ternura, y James pensó en las veces que había oído esa voz a lo largo de los años.

Incluso estaba perdido en una neblina como aquella, en la que apenas podía entender las palabras, reconocía esa voz.

Siempre amable, siempre llena de amor, incluso si discutían, incluso si intentaba ser severo.

Desearía saber cómo decirle lo que sentía, pero su mente estaba cegada como por la luz radiante del sol.

Sus faldas habían vuelto a caer hasta sus tobillos y le dolía el trasero. Esperaba que no hubieran terminado el juego. Intentó decirle a Harold sin palabras cuánto lo quería, cuánto lo querría siempre. Volvió a reírse, y el sonido se convirtió en un murmullo.

—¿En qué año estamos? —preguntó Harold con voz ronca—. ¿Quién soy yo?

—Harold.

James intentó alzar la mano y tocarle la cara, pero la cuerda no se lo permitió, y el esfuerzo lo desequilibró.

Unos brazos fuertes lo sujetaron y lo atrajeron hacia sí y le apretaron la piel. Un beso brusco le rozó la sien a través del pelo.

—Ven aquí. Vamos al dormitorio.

—No —protestó James.

—Haz lo que te digo, mi señora, y te prometo que te someteré a tortura hasta que tu corazón quede satisfecho.

Ante eso, James se rio aún más fuerte, y Harold apretó con más fuerza, frotándole la espalda enérgicamente.

Las emociones de James se desplomaron sin aviso, y no estaba seguro de si se sentía alegre o triste; parecía sentir muchas cosas y todas a la vez.

Lloriqueó contra la camisa de Harold, y él murmuró: «Lo sé», como si lo supiera de verdad.

El momento pasó y James volvió a sentir solo calidez y amor.

Harold lo levantó como si fuera la delicada y menuda Ada, y lo llevó al dormitorio.

Acostó su maltrecho cuerpo en la cama, cogió las tijeras y cortó la cuerda que le ataba las muñecas.

James se sentía ahora en paz. No se movió mientras él le frotaba cada muñeca con los pulgares hasta que las marcas rojas se desvanecieron.

Le dolía el trasero y la piedra del collar se había enredado en algún lugar de su cabello.

Harold le besó las muñecas y volvió a atarlas con la cuerda, esa vez a los postes de la cama.

James observó en silencio cómo Harold enlazaba cada tobillo de la misma manera, de modo que su cuerpo quedó extendido sobre el colchón.

Harold dio un paso atrás y evaluó su trabajo.